Si bien estas reflexiones no son sobre el problema salarial en la educación, no se puede soslayar que el docente necesita estar seguro de que el ejercicio de su profesión le reditúa para vivir con dignidad y que debe ser remunerado de acuerdo a la tarea que todo discurso le asigna como prioritaria para la sociedad.
Ningún docente pretenderá hacerse rico con esta profesión. Desde el inicio de la opción por esta carrera se sabe que no se la adopta por el rédito económico. Hay actividades igualmente elegibles mil veces más redituables que la docencia, pero tener vocación y aptitudes para la docencia no significa desmerecer el salario que debe percibir como si éste fuera incompatible con la vocación docente. Salario digno y condiciones dignas de trabajo para él y sus alumnos son derechos fundamentales en la actividad educativa.
Pero actualmente se necesitan otras reflexiones que tienen que ver con las metas y objetivos de la docencia que han quedado rezagados frente a la prioritaria cuestión salarial que, de tan postergada, termina convirtiéndose en única bandera de lucha.
Estas reflexiones -más allá de las estadísticas actuales sobre calidad educativa- intentan recuperar la noción de que educar es humanizar, entendiendo por esto el proceso de socialización y aprendizaje encaminado al desarrollo intelectual y ético de los alumnos. La educación es proceso y herramienta para transmitir valores, conocimientos y preparación para la vida individual y social; así ha sido considerada instrumento decisivo para todo proyecto político-social en la historia no sólo de nuestro país sino de otros países.
Hoy más que nunca éste es un objetivo prioritario en el desarrollo de la profesión docente y en la formación de los alumnos, para lo cual hay que mantener un compromiso tanto con los buenos componentes de continuidad como los de cambio social, que generen la elaboración de proyectos personales y sociales a futuro.
Para desarrollar con eficiencia este trabajo el docente debe sentirse seguro, apoyado por la institución y por una sociedad que construya la imagen del maestro defendiendo su prestigio, cimentando una alianza con padres que vean en él el socio y complemento que necesitan para que la educación logre el efecto positivo que requieren sus hijos-estudiantes. No es descalificando a los maestros como se construye el futuro educativo de los jóvenes; todos recordamos la influencia de aquellos maestros y profesores que, con la palabra o el ejemplo, orientaron nuestras vidas.
No hay diálogo solitario y tampoco se confunde con una conversación ligera. Es algo más profundo. El diálogo significa la capacidad del pensamiento autónomo pero junto a los demás con la capacidad de expresarlo y mejorarlo en comunidad.
Educar es pensar y anunciar tiempos nuevos, porque cuando se deja de pensar y de anunciar tiempos nuevos, se pierde la esperanza, se renuncia a sí mismo y se pierde la palabra. Ningún tiempo pasado fue mejor. El mejor será el tiempo nuevo para el que el docente prepara a sus alumnos, con la seguridad de sus palabras y su ejemplo.
El docente cuida primordialmente la palabra, porque es un especialista de la palabra, con la que enseña lo básico y lo profundo del conocimiento. También es un guardián de la forma, cuáles y cómo las usa, qué sentidos, significados y emociones transmite a través de ellas. La palabra es el don humano para el encuentro y reconocimiento de los demás y la vía de nuestra propia expresión. En el uso de las palabras nos reconocemos.
El maestro es un preparador de generaciones para el hoy y para lo que vendrá. Por ello trabaja con la esperanza y con la utopía como herramientas seguras para el futuro que forja y promueve. El ejemplo del maestro produce un impacto que deja huellas profundas, por su forma y por su fondo.
El alumno distingue al maestro que sabe, al profesor que conoce su disciplina y que se actualiza, que encuentra las respuestas adecuadas, que soluciona problemas de aprendizaje, que sabe enseñar y que sabe escuchar. El alumno, antes de escuchar, mira y observa al docente que, con su presencia, le transmite modales, agradable presencia, higiene, seriedad y respeto en el trato.
Y como muy importante, le transfiere la disciplina que impone con el acatamiento de las normas reglamentarias para todos, de asistencia, puntualidad, exigencia de cumplimiento de entrega de trabajos de los alumnos y de preparación de las clases de su parte. El maestro es un espejo donde los alumnos se miran para saber si les gusta esa imagen, porque la forma también educa, igual que el contenido.
El maestro es guía en el camino del conocimiento, es emisor y receptor de saberes viejos y nuevos, no es un amigo de trato vulgar, es "maestro".
A un buen maestro, a un gran profesor, la sociedad no tiene formas suficientes de agradecerle. Ellos reciben el mayor tributo cuando sus ex alumnos les recuerdan con afecto o admiración. Sólo un docente sabe la emoción que se experimenta en ese momento. Sólo un docente puede atesorar esos instantes como quien siente que puede decir misión cumplida.
La docencia es algo más que un trabajo: es el lugar espiritual y físico donde los ciudadanos entregan el mayor y más preciado bien que tienen para construir una sociedad mejor: sus hijos.
La educación es durante toda la vida y por ello los docentes necesitan actualizarse permanentemente, demostrando que poseen las competencias para seguir aprendiendo, para resolver problemas o para diseñar proyectos pero no de cualquier modo, porque a veces se someten a evaluaciones que han percibido como un acto punitivo, como una suerte de amenaza de cierre del pensamiento más que como un estímulo para el mejoramiento.
La mayoría de los docentes, cuando sienten que tienen libertad para trabajar, proponer, intentar nuevos modelos de enseñanza-aprendizaje, cuando sienten que tienen desafíos donde pueden demostrar lo mejor de sí mismos, trabajar en equipos solidarios que ayuden siempre a mejorarse ellos y a los demás, eligen capacitarse y ser más cada vez. Para ello hay un principio básico que es trabajar y desarrollarse con libertad y solidaridad para cumplir metas y objetivos evaluables que demuestren el resultado de la tarea emprendida.
Hay docentes que no son como los quisiéramos, como hay padres que no son como los quisiéramos, como alumnos mucho más difíciles que otros; la realidad es así, la sociedad es así de diversa y compleja, pero es necesario vivir con la esperanza y la utopía puesta en los buenos y capacitados docentes que trabajan con esas dos herramientas. No hay futuro si los docentes y la sociedad abandonan la esperanza y la utopía para construir la nueva realidad que está esperando generaciones con voluntad de saber, de servir y de superar los límites de lo conocido.