Es realmente penoso que los titulares de la mayoría de los diarios de nuestro país presenten en sus portadas afirmaciones como las siguientes: "Un inicio de clases todavía en duda". "Las clases comienzan sólo en unas pocas escuelas". "Los docentes realizan hoy un paro nacional de 24 hs". "En Mendoza y otras 14 provincias este lunes no empiezan las clases". "Al menos 15 provincias se verán afectadas por medidas de fuerza de los gremios que agrupan a los docentes".
Creemos que, más allá de las coyunturas políticas y gremiales, el paro debe dolernos por la ausencia de políticas que aseguren uno de los bienes más preciados de un país: la educación de sus jóvenes y de sus niños. Si bien no hay políticas, lo que sí existe es la ya lamentable costumbre de los educadores de todos los niveles del sistema educativo de realizar paros para reclamar un salario justo. Lamentable, porque no podemos remunerar miserablemente una tarea que, bien hecha, no tiene precio, pues la formación de nuestros niños es un bien invaluable. Al panorama de incertidumbre de los docentes se suma el de los padres de familia, que oscilan entre el enojo para con los maestros y el incondicional apoyo a las medidas sugeridas por los gremios.
El informe que estudió la situación salarial de los docentes estándar de ocho países que integran la red internacional WageIndicator (Argentina, Alemania, Bélgica, Brasil, España, Estados Unidos, Reino Unido y Sudáfrica) arrojó el siguiente resultado: "De los ocho países en estudio, la Argentina es el que peor remunera a sus docentes en términos de poder adquisitivo. Con el sueldo que recibe un maestro estándar se pueden adquirir en Argentina una cantidad de bienes y servicios equivalente a lo que se puede comprar con U$S 975,14 en los Estados Unidos. En cambio, con el salario del docente brasileño promedio se adquiere en el país vecino lo que por U$S 1.329,84 se consigue en la primera potencia mundial.
Por su parte, los docentes sudafricanos cobran un salario real un 55,3% mayor que el de sus colegas argentinos. Si se extiende la comparación hacia los países europeos y Estados Unidos, la brecha salarial real se amplía hasta un 374%, señala el diagnóstico" ("El docente no logra recuperar el poder de compra de su sueldo. Comparaciones salariales con otros países" en La Gaceta, 26-2-2013).
Evidentemente detrás del reclamo docente existen necesidades innegables, pero nos parece oportuno reflexionar y ver que el problema de fondo es mucho más profundo y complejo. Se trata de poner de manifiesto qué entendemos por educación, qué función le asignamos a la escuela en nuestra sociedad, cuál es el papel del Estado en materia de garantizar una educación de calidad desprovista de intereses propios del adoctrinamiento partidario.
El problema al que hacemos referencia es que la educación no constituye hoy una verdadera política de Estado. Si lo fuera, se destinarían los recursos necesarios para poder ejercer la tal vez más noble de las tareas humanas, como es la de formar a las generaciones más jóvenes, pues como afirmaba siglos atrás el viejo Platón: "Al final del camino no le queda al alma otra cosa que su educación y su crianza".
Un dato no menor: si bien la inversión en educación en la Argentina ha tenido un progreso sostenido en los últimos años, constituyendo el país de mayor inversión educativa de América Latina (casi 6% del PBI), la misma no se refleja en una mejora de la calidad educativa. En este sentido se comprenden los resultados en las pruebas internacionales de evaluación de la calidad educativa: son escalofriantes los resultados obtenidos en PISA (Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes, que se dirige a niños de 15 años) toda vez que hemos participado: en 2000, en 2006 y en 2009, obteniendo el lugar 35º de 43 países evaluados, el puesto 51º de 57, y el 58º de 65, respectivamente. O que en PIRLS 2001 (Estudio Internacional del Progreso de Alfabetización Lectora) dirigida a alumnos de cuarto grado hayamos obtenido el puesto 31º de 35 países evaluados. Luego, las autoridades decidieron no volver a participar.
Por ello, se da la paradoja de que la Argentina posee el peor resultado educativo en relación a la inversión. En definitiva, nuestra educación carece de calidad a pesar de haber aumentado el gasto educativo. Al respecto, afirma Llach: "La literatura ha demostrado claramente que mayores recursos no garantizan mejor calidad de la educación... Advertimos que la estructura de la inversión educativa de la Argentina es una de las peores del mundo" (Juan J. Llach, "El desafío de la equidad educativa. Diagnóstico y propuestas", Granica, Buenos Aires, 2006). ¿Olvidamos tan fácilmente que sin educación de calidad no hay crecimiento?
Lo dicho lo confirma en Mendoza un informe del Consejo Empresario Mendocino. El mismo determinó que en seis años se cuadruplicó la inversión pero sin que mejorara la calidad de la enseñanza. Es decir, más escuelas, mejores estructuras, más recursos, aunque igual o peor calidad de enseñanza ("La provincia invierte más en educación, pero sin resultados" en Los Andes, 22-6-2012).
Frente a este panorama se abren múltiples interrogantes: si a las autoridades, nacionales y provinciales, que dirigen los destinos de la nación no les interesa invertir lo necesario en educación, ¿podremos pedirles a nuestros jóvenes que se esfuercen, que elijan, si su vocación así lo dictara, estudiar y perfeccionarse para el ejercicio de la docencia? ¿Podemos esperar que nuestra educación se convierta en el pilar de la recuperación de la equidad social y del crecimiento sostenido?
¿No será necesario plantear un Plan de Educación nacional y provincial en el que se jerarquice la noble tarea del educador, en el que la escuela sea el lugar de la auténtica formación y no de la mera contención? ¿No habrá llegado la hora de pensar en alternativas para que la escuela no se limite al mero asistencialismo? ¿No será el momento de sincerarnos y aceptar que tal y como estamos planteando el sistema educativo es aceptar el fracaso?
Sin una política de Estado que se prolongue en el futuro de acuerdo a un proyecto de país y de provincia pensado con seriedad, todos los años se repetirá el tremendo discurso: "Hoy no enseñamos, porque nosotros que somos en parte artífices del futuro de sus hijos, necesitamos que escuchen que con este salario no podemos vivir decorosamente, no podemos capacitarnos seriamente, no podemos mantenernos actualizados. En definitiva, porque no queremos aceptar deshonrar nuestra labor con la mediocridad".