23 de marzo de 2013 - 21:50

La educación china y la occidental

Jin Li creció en China durante la Revolución Cultural. Cuando terminó esa era de locura, los chinos se despertaron para descubrir que, lejos de haber rebasado de un salto a Occidente, se encontraban “económicamente desamparados y culturalmente estériles”. Eso inspiró una ardua campaña de recuperación, en la que se reclutó a estudiantes para que aprendieran lo que podía ofrecer Occidente.

Li fue una de esos estudiantes. En la universidad, ella abandonó los valores del confucianismo, a los que entonces se culpaba del atraso de China, y adoptó la cultura alemana. En su libro, “Cultural Foundations of Learning: East and West”, ella señala que en ese tiempo, los estudiantes chinos estaban inflamados por la emoción de la súbita apertura y del deseo de ponerse al día.

Li acabó casándose con un estadounidense y se fue a vivir a Estados Unidos, donde ejerció de profesora. No salía de su asombro. Los estudiantes estadounidenses de bachillerato tenían excelentes instalaciones pero no parecían estar muy interesados en aprender. Se reían nerviosamente en clase y bobeaban por todas partes.

El contraste entre el súper estudiante chino y el holgazán estadounidense podría describirse con los gastados estereotipos habituales. Los chinos son robots que sin ninguna imaginación memorizan datos para sacar buena calificación en los exámenes. Los estadounidenses son mocosos malcriados que les gusta la televisión pero no saben trabajar. Pero a Li no la satisfacían esos lugares comunes. Ella ha pasado su carrera, primero en Harvard y luego en Brown, tratando de averiguar lo que piensan del aprendizaje los asiáticos y los occidentales.

La forma más sencilla de resumir sus hallazgos es que los occidentales tienden a definir el aprendizaje en términos cognoscitivos, mientras que los asiáticos lo definen moralmente. Los occidentales tienden a ver el aprendizaje como algo que permite conocer y dominar el mundo externo. Los asiáticos tienden a ver el aprendizaje como un proceso arduo que emprenden a fin de cultivar las virtudes internas del ser.

Podemos tener un atisbo de estas diferencias si examinamos los lemas de las universidades. Las universidades occidentales hacen énfasis en la adquisición del conocimiento. El de Harvard es “Verdad”. El de Yale, “Luz y verdad”. El de la Universidad de Chicago es:

“Que el conocimiento crezca de más en más, y así se enriquezca la vida humana”. Las universidades chinas, por su parte, más bien toman dichos confucianos que hacen énfasis en la superación personal. El de Tsinghua es: “Refuérzate sin cesar y cultiva la virtud para nutrir al mundo”. El lema de Nanjing es: “Sé sincero y mantén aspiraciones elevadas, aprende con diligencia y practica con seriedad”.

Cuando Li les pide a estadounidenses que hablen de aprendizaje, éstos usan palabras cono razonamiento, escuela, cerebro, descubrimiento, entender e información. Los chinos, por su parte, tienden a usar frases comunes en su cultura: aprender asiduamente, estudiar como si se tuviera sed o hambre de conocimiento, ser diligente en el aprendizaje.

En el concepto occidental, los estudiantes van a la escuela con un grado innato de inteligencia y curiosidad. Los maestros tratan de despertar más esa curiosidad en temas específicos. Hay mucho aprendizaje activo, como excursiones y construir cosas. Se hace mucho énfasis en cuestionar la autoridad, en la inquisición crítica y en intercambiar ideas en las discusiones en el aula.

Por su parte, en el concepto chino hay menos énfasis en la curiosidad innata o incluso en temas específicos. Lo más importante es el proceso de aprendizaje en sí. La idea es perfeccionar las virtudes de aprendizaje para, a fin de cuentas, convertirse en sabio, lo cual es un estado igualmente moral e intelectual. Esas virtudes son, por ejemplo, la sinceridad (un compromiso auténtico con la tarea) así como la diligencia, la perseverancia, la concentración y el respeto por los maestros.

En la cultura china, el académico heroico puede poseer menos inteligencia innata pero triunfa sobre la adversidad. Li narra la historia del académico que se ata el pelo a una viga del techo para poder estudiar toda la noche. Cada vez que baja la cabeza, rendido por la fatiga, el tirón del cabello lo mantiene despierto.

Li sostiene que los occidentales hacen énfasis en el momento eureka de revelación súbita, mientras que los chinos son más dados a apreciar la ardua acumulación del conocimiento. Los estudiantes estadounidenses de bachillerato molestan a los estudiosos, a los “nerds”, palabra que no encuentra equivalente en el vocabulario chino. Las escuelas occidentales quieren que sus estudiantes estén orgullosos de sus logros, mientras que las chinas señalan que la humildad permite el autoexamen. Los estudiantes occidentales se esfuerzan más después de recibir encomios, mientras que los estudiantes asiáticos se esfuerzan más después de recibir críticas.

Estas culturas son sorprendentemente resistentes, observa Li, aun pese a la polinización mutua que ocurre en el mundo actual. Cada una tiene sus ventajas. A mí me impresiona especialmente la forma en que los impulsos intelectuales y morales se fusionan en la cultura china y se separan en la occidental.

Históricamente es fácil ver de dónde viene todo esto. La cultura helénica hacía énfasis en la investigación científica escéptica. Con nosotros, la religión y la ciencia por lo general han estado enfrentadas. La nuestra es una sociedad diversa, así que es fácil enseñar en el salón de clases nuestras normas académicas comunes y relegar nuestra moralidad diversa a la privacidad del hogar.

Yo solo señalaría que esas culturas que fusionan lo académico y lo moral, como el confucianismo y el estudio de la Torá judía, producen esas asombrosas explosiones de motivación. Sería posible abanderar otros códigos morales y académicos para fomentar la motivación en sitios donde ésta se encuentra ausente.

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