Una proscripción que no existe ni nunca existió

Quizá por eso, la lectura de ese concepto revela no sólo la inventiva de quien lo esgrime sino que, a la vez, expone la dosis homérica de deshonestidad intelectual de quien denuncia un hecho inexistente para victimizarse,

Una proscripción que no existe ni nunca existió
Cristina Fernandez de Kirchner Vicepresidenta de la Nación

Todas las formas de totalitarismo se edifican sobre el señalamiento de un enemigo al que se le adjudican cualidades demoníacas. Eso permite construir una épica de lucha que justifica cualquier exceso en nombre de los derechos de las mayorías. En el camino de sus ambiciones, esos dirigentes políticos con vocación autoritaria se adecuan a las reglas del sistema para alcanzar el poder, tras lo cual tienden a usarlo para destruir dicho sistema. Pero, sin duda, en esa gesta el hallazgo más notable es el que hace que las palabras dejen de significar lo que siempre significaron.

La primera víctima de los proyectos facciosos es el lenguaje. Y aunque parezca contradictorio, nadie hizo más para dar un nuevo sentido a las palabras que los populismos, capaces de redefinirlo todo con una creatividad por momentos deslumbrante. Obviamente, nos referimos a esa extraña fascinación que siempre suscitan las conductas negativas cuando se manifiestan en toda su desnudez.

De tal modo, las palabras dejan de decir lo que decían y adquieren nuevos sentidos, tal como sucede con el término “proscripción”, esas tres sílabas recuperadas a partir de un discurso de victimización que la actual vicepresidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, viene repitiendo ante una platea que actúa como fanáticos de un artista popular al que se le pide que siempre cante el mismo tema.

Curiosamente, la palabra “proscripción” tiene ecos siniestros en un país que a lo largo de su historia, incluso bien entrado el siglo 20, ha practicado el degüello como la mejor manera de tratar a los oponentes.

Proscribir tiene desde siempre un aura de exclusión, rechazo y negación: el proscripto es un ser sin derechos, víctima de casi todos, sujeto a la ira, el desprecio y el escarnio, tal como en la antigua Atenas se usaba al condenar al exilio. Y, para más curiosidad, el concepto se apostilla desde un espacio que supo de proscripciones tanto como de proscribir, en no pocos casos aplicando la simple fórmula de eliminar al proscripto.

Quizá por eso, la lectura de ese concepto revela no sólo la inventiva de quien lo esgrime sino que, a la vez, expone la dosis homérica de deshonestidad intelectual de quien denuncia un hecho inexistente para victimizarse, como una suerte de moderna Juana de Arco condenada a arder en la amable hoguera de un piso de categoría en un barrio de clase alta.

Lo reprobable de todo esto no es que una de las dos más altas investiduras del país use su privilegiada condición para dispensar a los suyos un relato esperado. Peor aún es que la misma persona se autoadjudique el derecho cuasi divino de ejercitar su mitomanía en público sin que le importe ofender a quienes todavía se esfuerzan por encontrar una cuota de racionalidad.

Y sin admitir que no hay por aquí proscripción alguna, salvo la del sentido común.

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