La situación social en Cuba se constituyó en los últimos días en una de las preocupaciones globales más importantes. A la crisis económica que arrastra ese país desde hace muchos años se le debe sumar la asfixia por no poder disponer más del petróleo que enviaba el régimen de Nicolás Maduro desde Venezuela.
Probablemente, la voz más importante haya sido la del papa León XIV, que públicamente pidió diálogo entre Estados Unidos y el gobierno cubano para evitar más sufrimiento en el pueblo. De esa manera, el pontífice sumó su voz al mensaje de los obispos católicos de Cuba, que alertados por las tensiones en la región llegaron a ofrecer su mediación, siempre pensando en la crisis que afecta a la gente.
Una vez más la voz de la Iglesia Católica llega en medio de un pico de tensión en las relaciones internacionales. El presidente Trump había emitido la semana pasada una orden ejecutiva (decreto) estableciendo que Cuba “constituye una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional y la política exterior” de Estados Unidos.
Se interpretó que tal pronunciamiento del presidente de EEUU no constituía otra cosa que la antesala a una eventual acción militar contra La Habana, probablemente marcada por la ansiedad del líder republicano, que supuso públicamente que el bloqueo del suministro de petróleo provocaría la caída del régimen comunista en la isla.
Sin embargo, luego del pedido del Papa en línea con los obispos cubanos, el propio Trump sorprendió afirmando que su gobierno ha encarado conversaciones con los líderes del régimen castrista. Un leve alivio.
Fue oportuna la acción de los obispos católicos, con una mirada adecuada de la realidad que les toca vivir a diario en contacto con la población cubana. No es menor que hayan reclamado “buscar caminos de diálogo y cambios estructurales. Cuba necesita cambios –dijeron en su escrito- y son cada vez más urgentes, pero no necesita para nada más angustias ni dolor”. “Queremos y anhelamos una Cuba renovada, próspera y feliz, pero sin aumentar el sufrimiento” de miles de personas pobres, ancianos y niños que viven desde hace décadas en la inexorable pendiente que profundiza la pobreza y la marginalidad.
Se desprende de la expresión de la Iglesia cubana el reconocimiento de una apertura al mundo, que ese país hubiese necesitado desde la caída de la Unión Soviética y más aún luego de la muerte del líder Fidel Castro.
Pero también el llamado para que sus autoridades y el entorno de la región reconozcan que los cubanos requieren asistencia urgente. Diplomacia, no más tirantez.