Venezuela, Cuba y Nicaragua: el fin de un eje de supervivencia

El debilitamiento del vínculo entre Venezuela, Cuba y Nicaragua no implica un colapso inmediato, pero sí el cierre de una etapa histórica. Los regímenes autoritarios pueden resistir sanciones, aislamiento y críticas, pero difícilmente sobrevivan sin recursos externos que los sostengan.

Durante más de dos décadas, la relación entre Venezuela, Cuba y Nicaragua funcionó como algo más que una afinidad ideológica. Fue, en los hechos, un sistema de apoyo mutuo, una arquitectura de supervivencia política sostenida por recursos, lealtades y necesidades complementarias. Hoy, ese entramado muestra signos claros de agotamiento, y los acontecimientos recientes en Venezuela aceleran un proceso que venía gestándose desde hace años.

Un eje con funciones diferenciadas

Este vínculo nunca fue una alianza formal ni un bloque militar clásico. Cada país cumplió un rol específico. Cuba aportó experiencia en control político, inteligencia y gestión del poder en contextos de aislamiento. Venezuela, especialmente durante los años de Hugo Chávez, actuó como proveedor central de recursos: petróleo en condiciones preferenciales, financiamiento y respaldo diplomático. Nicaragua, bajo Daniel Ortega, se integró como aliado disciplinado, útil para sostener posiciones comunes en organismos internacionales y para proyectar la idea de una continuidad regional.

Mientras Venezuela pudo sostener su papel de financista energético, el sistema se mantuvo. La crisis venezolana, profundizada en la última década, puso en tensión todo el edificio.

El petróleo como pieza clave

El corazón de la relación entre Caracas y La Habana fue el suministro de petróleo venezolano a precios preferenciales, muchas veces compensado con servicios médicos, técnicos y de seguridad cubanos. No se trataba solo de volumen, sino de condiciones excepcionales: pagos diferidos, trueque de servicios y una lógica política antes que comercial.

Ese esquema no tiene un reemplazo sencillo. Cuba carece de divisas suficientes, enfrenta severas restricciones de crédito y depende de importaciones energéticas para sostener su economía. Comprar petróleo en el mercado internacional implica costos muy superiores y riesgos financieros difíciles de absorber.

Apoyos puntuales de Rusia o Irán pueden aliviar emergencias, pero no ofrecen una solución estructural. China, por su parte, actúa con pragmatismo: invierte cuando hay retorno y garantías. Ninguno de estos actores está dispuesto a ocupar el lugar que alguna vez tuvo Venezuela.

Cuba ante un dilema histórico

La eventual pérdida definitiva del sostén venezolano coloca a Cuba frente a una encrucijada inédita. Por primera vez desde 1959, la isla no cuenta con un aliado externo dispuesto a subsidiar su modelo político y económico.

A diferencia del llamado “Período Especial” de los años noventa, hoy Cuba es más frágil. No hay liderazgo carismático, el discurso revolucionario está desgastado y la sociedad es más envejecida y conectada al mundo. Según estimaciones del propio gobierno cubano, cerca de tres millones de cubanos y descendientes de cubanos residen actualmente fuera de la isla, lo que da cuenta de la magnitud del fenómeno migratorio cubano, uno de los más significativos del hemisferio en términos acumulados.

El papel de las Fuerzas Armadas

Más allá del discurso ideológico, el verdadero sostén del sistema cubano son las Fuerzas Armadas, que controlan sectores clave de la economía, como el turismo, la logística y el comercio exterior. Funcionan como una élite cerrada, interesada ante todo en preservar el orden y sus privilegios.

Su dilema es esencialmente práctico: mantener el control en un contexto de empobrecimiento creciente o aceptar reformas económicas que podrían poner en riesgo ese poder. La ausencia de un padrino externo vuelve esta tensión cada vez más visible.

Nicaragua, el eslabón más frágil

Nicaragua cumple una función más simbólica que económica dentro del eje. No aporta recursos, pero sirve para mostrar que el proyecto aún existe. Sin embargo, el régimen de Ortega depende en gran medida de Cuba: asesoramiento en inteligencia, métodos de control y respaldo político.

Si Cuba se ve obligada a concentrarse en su propia estabilidad interna, su capacidad para sostener a Managua se reducirá. En ese escenario, Nicaragua quedaría más aislada, más dependiente de la represión interna y con menor margen de maniobra internacional.

OEA, ONU y el nuevo clima diplomático

Las recientes reuniones en la OEA y en la ONU reflejan este reordenamiento. Ninguno de estos organismos tiene capacidad para definir por sí solo el rumbo de los acontecimientos, pero sí para marcar el clima diplomático.

En la OEA, los países de la región aparecen divididos entre la defensa del principio de soberanía y la necesidad de una transición política en Venezuela. En la ONU, el debate se desplaza hacia la legalidad internacional y los precedentes que pueden sentarse. En ambos casos, lo significativo es que el viejo eje ya no articula consensos ni genera temor.

El fin de una etapa

El debilitamiento del vínculo entre Venezuela, Cuba y Nicaragua no implica un colapso inmediato, pero sí el cierre de una etapa histórica. Los regímenes autoritarios pueden resistir sanciones, aislamiento y críticas, pero difícilmente sobrevivan sin recursos externos que los sostengan.

Más que una derrota ideológica, lo que se observa es el agotamiento de un modelo de dependencia: primero la Unión Soviética, luego Venezuela. Hoy no hay un relevo claro.

Lo que se abre es un tiempo menos épico y más gris, hecho de ajustes, tensiones internas y reformas parciales o endurecimientos selectivos. Un tiempo en el que la pregunta central ya no es quién apoya, sino cómo sobrevivir sin padrinos. Y esa pregunta —cómo sobrevivir sin padrinos— es, para estos regímenes, la más incómoda de todas.

* El autor es abogado.

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