En una reciente visita pastoral, el papa León XIV pidió en la isla de Lampedusa, al sur de Italia, por los miles de migrantes que periódicamente llegan en condiciones precarias desde otros continentes cercanos buscando dignidad, lo que se traduce en escapar de la miseria, la explotación y las guerras, entre otros flagelos.
El Pontífice oró ante el monumento “Puerta de Europa” y rindió tributo a quienes, en esa indigna aventura, también pierden a diario la vida en el mar como consecuencia de la precariedad de sus traslados desde Africa y otras zonas.
Por otra parte, bendijo una placa en un muelle que fue renombrado en honor a su antecesor, el papa Francisco, quien durante su pontificado predicó constantemente a favor de soluciones para tanta emergencia.
De esa manera, el actual jefe de la Iglesia le dio continuidad a la prédica encarada por el papa argentino, que se hizo cargo siempre de orar y, sobre todo, reclamar a la comunidad internacional una solución para semejante precariedad y flagelo.
Consideraba Francisco, con fundamentos, que “el mundo actual es cada día más elitista y cruel con los excluidos”, entre los que contaba, precisamente, a quienes llegaban precariamente en busca de una vida digna.
Los miles de personas que periódicamente llegan a través del Mediterráneo a las costas del sur de Italia forman parte, en definitiva, de los más de 117 millones que hoy viven desplazados en el mundo, según datos oficiales, como consecuencia de guerras, violencia o persecución racial o ideológica. Dentro de esa cantidad es también significativo el número que vive en situación de vulnerabilidad por extrema pobreza o falta de documentos.
Es por ello que en estos momentos el papa León XIV pide que se abran vías legales para los inmigrantes. Exige que sean tratados con dignidad y no como números. Además, advierte a las naciones que deben evitar que el Mediterráneo y el Atlántico sigan siendo como cementerios.
Al mismo tiempo, también les pide a los migrantes colaborar ante el difícil contexto respetando las leyes vigentes en el lugar que los recibe.
Se trata, en definitiva, de un drama que se potencia con el transcurso de los años en medio de una notable insensibilidad de quienes tienen la obligación de accionar a favor de las poblaciones más vulnerables en el mundo.
Un mundo en guerra y preocupado, como consecuencia de los conflictos bélicos, más que nada por las consecuencias para la economía de los grandes países y no de la humillación y destrucción para las poblaciones alcanzadas.
En definitiva, salir al cruce de las desigualdades que originan el drama de la pobreza en el mundo, como también de la precariedad de miles de migrantes, es una obligación moral, además de política.