El decisivo enfrentamiento entre la Argentina e Inglaterra, en el marco del Mundial de Fútbol 2026, potenció una vez más la rivalidad que en nuestro país fomenta la permanencia británica en Malvinas. El fútbol, deporte que se nutre de pasiones, fue como el termómetro que midió la temperatura indicada para templar los ánimos en la previa de la semifinal copera.
Una rivalidad fuerte del lado argentino, en especial a partir de la guerra de 1982. Y, tras el resultado favorable del miércoles, un lógico desahogo no sólo por haber ganado el partido, sino, especialmente, por el malestar que generó que no se permitiera ingresar al estadio con símbolos alusivos a las Malvinas. Un error. Una cosa son inaceptables leyendas con términos agraviantes y otra muy diferente expresar con imágenes el fervor por una legítima reivindicación soberana.
El sentimiento popular quedó exteriorizado en los gestos de una multitud de argentinos presentes en el estadio de la ciudad de Atlanta para alentar al seleccionado nacional en una ocasión tan especial. La gente respetó, como corresponde, la contienda deportiva, pero con toda razón hizo sentir el afán de triunfo ante un adversario que representa mucho más que una simple contienda deportiva.
Hubo algunas expresiones previas inadecuadas, imprudentes, pero también expresiones que sirvieron para que se comprendieran los límites necesarios ante la eventualidad. En ese sentido se debe reconocer la postura adoptada por las organizaciones de los veteranos de guerra, que pidieron prudencia y madurez colectiva en la previa del partido con el equipo inglés.
Concretamente, la Federación de Veteranos de Guerra “2 de Abril” emitió un comunicado en el que destacó que “el deporte no es la guerra”, puntualizando que la rivalidad histórica potenciada por el justo reclamo argentino de soberanía sobre las islas Malvinas no puede tener similitud con el desarrollo de una competencia deportiva.
Loable postura, por otra parte, proviniendo de quienes en su gran mayoría participaron de los enfrentamientos contra las tropas británicas en aquellas feroces batallas para defender nuestros derechos sobre la superficie insular.
En ese contexto se puede incluir la actitud de varios jugadores argentinos que una vez finalizado el partido mostraron la leyenda “Las Malvinas son argentinas” inscripta por algún simpatizante de nuestro país sobre una sábana. Fue la adhesión del plantel nacional al sentir mayoritario de nuestro pueblo y una sutil pero directa respuesta a la prohibición de portar leyendas o emblemas de nuestras islas.
La eventual sanción económica que FIFA le aplicaría al fútbol argentino de ninguna manera debe apaciguar la decisión de reclamar en forma pacífica, pero a viva voz, como ocurrió en el reciente partido, lo que nos pertenece. La diplomacia puede tener la virtud de emular el proceso del agua que horada la piedra.