En su visita número 16 al país, el crítico británico Tim Atkin, una de las voces más influyentes del vino mundial, volvió a desplegar su ya conocida agenda maratónica organizada por Wines of Argentina.
El crítico de vinos Tim Atkin pasó por Mendoza y habló de cómo ve a la vitivinicultura. Qué variedades pueden tener una oportunidad en el mundo del vino.
En su visita número 16 al país, el crítico británico Tim Atkin, una de las voces más influyentes del vino mundial, volvió a desplegar su ya conocida agenda maratónica organizada por Wines of Argentina.
Hasta el 7 de marzo recorrerá regiones vitivinícolas, encabezará degustaciones y se reunirá con productores para elaborar su esperado reporte anual sobre el vino argentino, una radiografía que cada año funciona como referencia para mercados y bodegas. En ese contexto participó de una cata a ciegas organizada por Amorim y Corchos de Argentina, donde se evaluaron los mismos vinos con distintos sistemas de cierre.
La actividad sirvió además como marco para la presentación de Xpür, un tapón técnico microaglomerado desarrollado con un 98% de material natural, sin microesferas sintéticas, y sometido a un proceso de limpieza con dióxido de carbono en estado supercrítico, orientado a eliminar el TCA, la molécula asociada al “gusto a corcho” y otros compuestos responsables de desvíos aromáticos. La propuesta apunta a reforzar la regularidad, la calidad sensorial y la sostenibilidad en el embotellado, en línea con las demandas actuales de la industria.
Se espera que este año pruebe más de 1.600 muestras de vino de todo el país para escribir su reporte anual sobre el vino argentino y ese contexto, volvió a hablar sobre las variedades criollas.
De manera indirecta, el crítico remarcó que existe un movimiento internacional, especialmente visible en Latinoamérica, interesado por estas variedades históricas. “Yo lo veo cada vez más”, señaló, recordando experiencias recientes en Bolivia, Perú y Chile. En ese contexto, sugirió que los países de la región podrían trabajar juntos para promocionar “la cultura y la historia del vino”, un terreno donde las criollas tienen mucho para decir.
Su diagnóstico conecta con la realidad productiva del Este mendocino, donde la caída del consumo interno y la presión sobre los precios golpean con fuerza. Atkin fue empático: advirtió que los productores “están sufriendo” y que estas variedades pueden representar “una esperanza” si logran posicionarse con identidad propia. No se trata, aclara, de competir en el segmento del vino básico y barato. “Con vinos con personalidad, con historia, con cultura, hay futuro. Con el vino básico, que se vende muy barato, no hay futuro”.
En su visión, Argentina debería apostar por vinos que “hablan de terruño”, capaces de diferenciarse en mercados saturados. Allí, las criollas en versiones de mayor precisión enológica pueden construir valor agregado, alejándose del estigma de uva masiva.
Si hay una figura capaz de amplificar cualquier mensaje argentino en el mundo, ese es Lionel Messi. La referencia surgió inevitablemente. ¿Qué le generó la frase del capitán campeón del mundo cuando contó que toma vino? “Messi es un genio”, respondió Atkin. Y agregó, con humor británico: “Puedes tomar lo que quieras. Lo importante es que esté tomando vino”.
En términos indirectos, el crítico destacó el efecto simbólico de esa declaración. Que Messi elija vino —y no otra bebida— tiene un peso cultural enorme en mercados donde la categoría compite por relevancia frente a la cerveza o los spirits. “Messi es mundial. Puede hacer lo que quiera”, insistió, dejando en claro que su impacto excede cualquier debate técnico. De hecho, sugirió que el vínculo entre ídolos populares y consumo responsable puede ayudar a reposicionar al vino en nuevas generaciones.
El telón de fondo de la charla apunta a la caída del consumo global. Atkin atribuye el fenómeno a cambios en los hábitos de vida: menos almuerzos familiares, más comidas rápidas, menos rituales cotidianos. “Nuestros abuelos tomaban vino todos los días al mediodía. Ahora la gente está en su oficina con un sándwich”.
El tercer eje fue, quizá, el más polémico. Frente al auge de bebidas desalcoholizadas, Atkin no esquivó la discusión. Comprende la lógica comercial y advirtió “si hay una opción entre vender nada o vender vinos sin alcohol, hay que sobrevivir”, pero marca una distancia conceptual. “No lo veo como enemigo del vino, pero es otro producto”.
Su postura fue clara y directa: “Para mí, no es vino”. ¿La razón? Según explicó, los procesos necesarios para quitar el alcohol implican intervenciones que alteran la esencia del producto. “Quitan el alma al vino”, afirmó.
Atkin reconoció que no incluye estos productos en sus catas. Prefiere hablar de vinos naturalmente bajos en alcohol, como ciertos Riesling europeos. “Hay vinos con bajo alcohol que no son desalcoholizados”.