28 de febrero de 2026 - 00:05

Martin Endrizzi: "Nuestro desafío es crecer sin perder la identidad artesanal"

El empresario repasa la historia de Colbo Grés Rojo, la cerámica más famosa de Mendoza. Cómo hicieron crecer una marca con innovación y una fuerte identidad que hoy vende sus piezas en el MoMA.

En esta entrevista del ciclo Valor Agregado, Martín Endrizzi repasa el origen de la icónica cerámica creada por Colette Boccara en los años 50, el rescate del legado familiar y el salto a la tienda del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Identidad, diseño y una industria pequeña que quiere dar el próximo paso.

—Contanos cómo empezó todo. ¿En qué momento descubrieron que el trabajo de Colette podía retomarse y convertirse en el producto que hoy es reconocido en el mundo?

—En realidad hay que empezar en la década del 50. Colette Boccara y César Janello, que eran arquitectos y pareja, se instalan en Mendoza porque César recibe el encargo de dirigir la Escuela de Cerámica de la Universidad Nacional de Cuyo. Ahí Colette empieza a trabajar con arcillas que ya estaban en la familia, porque los Janello tenían una fábrica de tubos de cerámica —antes de que fueran de fibrocemento—. Ese fue el punto de partida.

Colette comienza a experimentar y logra estas piezas tan particulares. Hay una anécdota que explica mucho del espíritu del proyecto: ella quería hacer piezas redondas, pero el material era tan difícil de trabajar y la tecnología tan limitada, que las formas se deformaban. En lugar de pelear contra eso, decide incorporar la deformación al diseño. Así adopta la forma triangular, que absorbe esas tensiones y hace que la pieza se vea regular. Es decir, la identidad del producto nace de resolver con diseño un problema técnico.

Martín Endrizzi, copropietario de Colbo Gres Rojo en Valor Agregado.
Martín Endrizzi, copropietario de Colbo Gres Rojo en Valor Agregado.

Martín Endrizzi, copropietario de Colbo Gres Rojo en Valor Agregado.

Recuperación con innovación

—¿Cómo evoluciona ese proyecto original y en qué momento ustedes lo retoman?

—Colette sostiene el proyecto durante décadas, con muchísimo esfuerzo. Llega a crecer, a instalarse en un espacio importante, incluso con Don Quinto Pulenta como socio. Pero hacia fines de los 70 y principios de los 80 el proyecto se detiene.

Matías Janello, su hijo y hoy mi socio, creció viendo todo eso. Estudió Ingeniería Química y luego Organización y Métodos, así que siempre tuvo una mirada muy industrial de los procesos. En los 90 viaja con Colette a España a buscar tecnología, con la idea latente de volver a producir. Ahí conocen el sistema de prensas hidráulicas, que hoy es lo que nos distingue. Pero el proyecto vuelve a quedar en pausa.

El quiebre se da en 2006 o 2007, cuando Gustavo Quiroga, desde la Fundación del Interior, empieza a investigar la historia del diseño y la arquitectura en Mendoza. Encuentra en la casa de Matías cajas con material original: catálogos, piezas, documentos vinculados incluso a la Feria de América del 53-54. Todo ese material reactiva la memoria del proyecto.

Yo soy diseñador industrial. En la facultad conocíamos Colbo como un caso emblemático, pero había mucha nebulosa sobre qué había pasado después. Entonces surge naturalmente la pregunta: ¿por qué no volver a producir?

Embed - “Colbo tenía esa historia valosísima que permitió entrar a la tienda del MOMA”. Martín Endrizzi

—¿Y decidieron hacerlo, pero no del mismo modo que en los 50?

—Exacto. La idea fue retomar el espíritu, pero no replicar la tecnología. Incorporamos la prensa hidráulica, que es un método de los años 50 en Estados Unidos, muy eficiente y con gran control sobre el material. El problema es que en Argentina no se usa para esta escala de producción, sino para volúmenes muchísimo mayores.

No había insumos ni gente que supiera hacerlo. Matías tenía la experiencia del curso en España, pero adaptar esa técnica a insumos locales nos llevó casi cuatro años. Intentamos importar, no se pudo. Fue un proceso de ensayo y error muy largo.

Ese enfoque innovador nos permitió ingresar a la incubadora de empresas de la Universidad Nacional de Cuyo. Y eso fue clave.

—¿Por qué fue tan importante esa incubadora?

—Porque en las primeras etapas las probabilidades de fracaso son altísimas. La incubadora nos dio acompañamiento, estructura, respaldo. Fueron dos años fundamentales para no desviarnos ni abandonar. Después, como suele pasar, una puerta lleva a otra.

Martín Endrizzi, copropietario de Colbo Gres Rojo
Soledad González con Martín Endrizzi, copropietario de Colbo Gres Rojo en Valor Agregado.

Soledad González con Martín Endrizzi, copropietario de Colbo Gres Rojo en Valor Agregado.

Llegar a Estados Unidos

—¿Cómo llegan a la tienda del MoMA, el Museo de Arte Moderno de Nueva York?

—Lo del MoMA es el resultado de muchos años de trabajo. Antes de concretarlo, yo había viajado a Estados Unidos y presentado las piezas a un distribuidor. Les encantaron, pero nos dijeron que era un producto demasiado artesanal para su cadena comercial.

Años después, en una feria en París, me dejan la tarjeta de la persona encargada de compras de la tienda del MoMA. Era la misma con la que yo había hablado en Nueva York. En ese momento se estaba gestando la primera gran muestra retrospectiva de diseño latinoamericano en el MoMA. Todo coincidía: la historia, la identidad, el contexto.

Lo que permitió entrar a la tienda fue, sobre todo, la historia. Diseñar un buen producto es posible en poco tiempo. Construir una historia no. Colbo tenía una historia potente, anclada en Mendoza, en la modernidad latinoamericana y en el diseño argentino.

—Intentaron exportar antes del MoMA. ¿Qué pasó con esas primeras experiencias?

—Subestimamos la comercialización. Exportar no es el problema; el problema es vender afuera, donde ya no sos “Colbo”, sino una marca más entre muchas que nunca dejaron de producir desde los años 50.

Además, nosotros vendíamos todo en Argentina y no teníamos estructura para sostener un canal exportador a largo plazo. Muchas veces no era rentable y tampoco éramos competitivos en precio. En ese momento no lo pudimos sostener.

Hoy estamos replanteándolo, quizás no apuntando a Europa sino empezando por Chile y mercados regionales. El MoMA es un caso puntual, pero seguimos proveyendo sistemáticamente a la tienda en Estados Unidos.

—¿Cómo fue el crecimiento en Argentina?

—Primero explotamos en Buenos Aires, no en Mendoza. El primer punto de venta fue la tienda del Malba. Teníamos solo dos modelos, así que armamos sets para regalo, que complementaran cualquier vajilla. Eso nos permitió empezar a vender.

En ese momento fue muy importante el impulso de Narda Lepes, que usó nuestras piezas en su programa en Utilísima. Eso nos abrió puertas en restaurantes y medios. Estuvimos en suplementos de arquitectura y diseño de Clarín, La Nación, Página/12. Esa exposición nacional generó demanda.

—¿Y en Mendoza?

—Durante mucho tiempo trabajamos desde San Rafael, donde vivía Matías. Hasta 2019 el taller estuvo allá. Como estábamos lejos de los grandes centros, desde el inicio desarrollamos venta directa y canales digitales. Teníamos página web, publicidad en Google e Instagram, logística armada.

Cuando llegó la pandemia, estábamos listos. La gente empezó a comprar para su casa y nosotros pudimos responder. Fue un empujón enorme: tuvimos que ampliar hornos y aumentar capacidad.

Colbo llegó al Museo de Arte Moderno de Nueva York: la marca mendocina formará parte de una novedosa exposición.
Colbo llegó al Museo de Arte Moderno de Nueva York: la marca mendocina formará parte de una novedosa exposición.
Colbo llegó al Museo de Arte Moderno de Nueva York: la marca mendocina formará parte de una novedosa exposición.

Producción artesanal

—¿Cuánto producen hoy?

—Tenemos capacidad para 6.000 piezas por mes. Hasta hace dos años vendíamos todo lo que producíamos. Somos una fábrica muy chica, pero en este tipo de producción somos de las más grandes del país. Después hay empresas que producen 300.000 piezas mensuales, pero es otro universo industrial. En el medio no hay nada: o sos gigante o sos pequeño especializado.

—¿Por qué se retrajo la demanda en los últimos años?

—Hay una retracción general del consumo. Nuestro producto no es de primera necesidad. Cuando el bolsillo se ajusta, lo primero que se posterga es este tipo de compra.

Por eso lanzamos una línea de tazas y estamos trabajando en productos de mayor volumen y menor precio. También estamos siendo mucho más eficientes en procesos para recuperar márgenes.

—Mencionaste que las ferias fueron claves. ¿Qué rol cumplen hoy?

—Para nosotros fueron determinantes: Masticar, el Salón de París —donde conseguí el contacto del MoMA—. A veces volvés con una sola tarjeta, pero esa tarjeta cambia todo.

Hoy Matías está en Madrid porque participamos en Madrid Fusión, uno de los eventos gastronómicos más importantes del mundo. La representación argentina usó nuestra vajilla, en colores y formatos especiales que desarrollamos para la ocasión. Siempre las ferias nos dejan algo positivo.

—¿Fue difícil formar equipo en un proceso productivo tan específico?

—Lo más difícil fue aprender y ordenar nosotros el proceso. Transmitirlo a operarios no es tan complejo. Trabajamos mucho con programas municipales de primer empleo, con chicos recién salidos del secundario. Eso es muy bueno porque aprenden desde cero, sin vicios.

En cerámica, lo más complejo no es la técnica, sino entender la materia: la humedad, los tiempos, cómo responde cada pieza. Eso se aprende con experiencia, tocando el material.

—¿Cómo imaginás Colbo de acá a cinco años?

—Estamos revisando todo para definir un plan de crecimiento a mediano plazo. Siempre dentro de ciertos límites. No vamos a ser una fábrica de 300.000 piezas. Pero sí queremos crecer dos, tres o cuatro veces, si el mercado lo permite.

Nuestro producto es este: una pieza que cuando la tenés en la mano sabés que viene de las manos de alguien. No de una línea industrial anónima. Defender esa identidad, el origen mendocino, la historia y el oficio es lo que nos trajo hasta acá. Y es también lo que queremos preservar mientras pensamos el próximo salto.

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