26 de febrero de 2026 - 00:15

La patria, el otro, la emoción

Tal vez ni la Patria ni el Otro estén en el grito ni en la consigna. Tal vez aparezcan en ese instante en que, sin previo aviso, se nos humedecen los ojos frente a una bandera que flamea en el límite del mapa. No por obediencia, solo por pertenencia.

Durante siete días atravesamos las ásperas montañas del Valle de Uco para rodar el documental Tonadas de Cordillera. Interpretada por Nahuel Jofré, dirigida por Tato Moreno y producida por quien suscribe, es una producción con una gran historia que contar, paisajes inmensos que mostrar y un equipazo dispuesto a dejar el alma en cada plano.

Cruzamos alturas que superan los cuatro mil metros por el Paso El Portillo y vadeamos el Tunuyán hasta al límite con Chile. El viento no era metáfora: era viento. El frío tampoco era relato: era frío. Los caballos, las cumbres y el silencio formaban parte de una experiencia que ningún dron puede reemplazar. La cordillera no se filma: se atraviesa. Y en ese recorrido algo nos atraviesa.

El refugio y la intemperie

Pero no quiero comentar solo de la épica del paisaje que sin dudas se verá reflejado en el film. Quiero contar un hecho mínimo y enorme a la vez. Durante varios días y sus noches compartimos el refugio militar de Real de la Cruz. Techo, comida y abrigo.

Allí convivimos personas de las más variadas edades, credos y condiciones. Arrieros curtidos por el sol, montañistas con GPS y poesía, militares, hippies de manta andina, troskos de mates largos, peronistas de sobremesa intensa. Todos bajo el mismo techo. Sin algoritmos que segmentan. Sin redes que clasifiquen. Sin hashtags.

En la montaña el WiFi llega poco, pero el Otro sí. Y el Otro, cuando está al lado, deja de ser categoría para convertirse en presencia.

Es la bandera…

Una mañana participamos del acto de izar la Bandera Argentina. Con la frontera en el horizonte y la inmensidad como escenografía; el gesto podría haber quedado en cierta solemnidad escolar, sin embargo, ocurrió algo inesperado: la emoción fue unánime.

Lo digo yo, que tantas veces he desconfiado del concepto de Patria. “Si ellos son la patria, yo soy extranjero”, cantaba Charly García, y más de una vez hice mía esa frase.

Pero allí, en medio del viento seco y la geografía indiscutible, no había consigna ni relato impuesto. Había padres, hijos, cineastas, arrieros, militares, gauchos, montañistas, hippies, derechosos, troskos y peronchos con lágrimas en los ojos. Lágrimas comunes.

No era obediencia. No era ideología. Era emoción. Y la emoción, cuando es verdadera, no exige DNI.

Sin marketing

Quizás la Patria no esté en los discursos sino en esas escenas donde el Otro deja de ser amenaza y se vuelve un espejo. En la cordillera nadie preguntó a quién votás antes de compartir el guiso. Nadie pidió credenciales ideológicas antes de ofrecer abrigo.

En tiempos donde todo se polariza y se monetiza, compartir techo en la altura es casi un acto tribal. La Patria, sospecho, no es un logo ni una marcha reproducida por parlantes. Es una experiencia compartida frente a algo más grande que nosotros: el paisaje, el frío, la intemperie, la fragilidad.

Allí el Otro, lejos de competir, acompaña.

¿Dónde está la Patria? ¿Dónde está el Otro?

Tal vez no estén en el grito ni en la consigna. Tal vez aparezcan en ese instante en que, sin previo aviso, se nos humedecen los ojos frente a una bandera que flamea en el límite del mapa. No por obediencia, solo por pertenencia.

Porque en medio de esa piedra infinita, entendimos algo simple: somos distintos, pensamos distinto, votamos distinto, creemos distinto; pero cuando el viento que arrasa es constante, el refugio es uno solo.

Quizás la Patria sea eso.

Quizás el Otro sea eso.

Quizás la Emoción compartida sea el único territorio que todavía podemos habitar sin fronteras.

* El autor es presidente de FilmAndes.

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