Muchas entidades estaban desacostumbradas o habían perdido expertise sobre cómo asistir financieramente, sobre todo a las personas. En ese cambio rápido de una cartera gubernamental hacia una cartera privada se hicieron créditos que, en muchos casos, no fueron todo lo seguros que deberían haber sido y eso generó un incremento en la mora.
También hubo una situación similar de parte de la población. Durante muchos años convivimos con inflación y eso hacía que uno estuviera acostumbrado a que, si tomaba un crédito a tasa fija, el paso del tiempo aliviara esa carga. Lo mismo pasaba con las compras en cuotas con tarjeta. Muchas personas se endeudaron considerando que esa dinámica iba a mantenerse y no ocurrió. Esa combinación de factores llevó a que el sistema financiero multiplicara por cuatro el nivel de mora.
—¿Ese aumento de la mora pone en riesgo al sistema financiero?
—No, de ninguna manera. Después de la crisis de 2001 y del problema de las hipotecas subprime en Estados Unidos, el Banco Central tomó muchas medidas para resguardar los depósitos y establecer qué se puede o no prestar.
El año pasado parte del origen de esta situación fue que el nivel de los encajes se elevó a valores muy altos. Los encajes son los fondos que los bancos debemos reservar de los depósitos y que no pueden prestarse. Llegamos a niveles del 30%. Desde ese punto de vista, que es lo más trascendental para el sistema financiero, el sistema está líquido.
De todos modos, si la economía argentina tracciona fuertemente, va a hacer falta que los ahorros de los argentinos y de las empresas vayan al sistema financiero porque, si no, no habrá forma de atender esa demanda de crédito.
—Mencionaste aciertos y errores. ¿Cuáles fueron esos errores?
—No diría tanto errores del Gobierno. Creo que las medidas que tomó el año pasado podrían haber sido más suaves y no tan extremas. También considero que se tardó mucho en desarmar ese proceso.
Cuando al banco le aumentás significativamente los encajes y además le exigís cumplirlos todos los días de forma estricta, eso obliga a pagar mucho más por los depósitos de las personas para conseguir fondos. Esa tasa se traslada al costo del crédito y también genera menor disponibilidad de financiamiento.
Recién en los últimos meses ese proceso empezó a revertirse. Hoy las tasas de plazo fijo ya están por debajo del 19% y eso permite empezar a ver asistencia financiera para empresas entre el 35% y el 40%, e incluso algunas líneas por debajo del 30%.
No hay que olvidarse de que el costo de la financiación es uno de los principales factores de productividad de un país. Si yo pudiera financiarme al 15% anual en pesos a 30 años, habría muchos proyectos de inversión viables. Si tengo que hacerlo al 60% a doce meses, hay muchas cosas que directamente no se pueden hacer.
—¿Qué deberían hacer las empresas que todavía tienen créditos tomados a tasas muy altas?
—No tienen que quedarse con esa situación. Lo que deben hacer es ir al banco y reestructurar la deuda, tomar nuevas líneas a tasas más bajas para refinanciar las anteriores.
Si el banco con el que trabajan no les ofrece esa posibilidad, tienen que ir a otra entidad. Los bancos vivimos de los clientes y necesitamos colocar los fondos. Si vemos una empresa con buen historial, que funciona y está bien posicionada, es una oportunidad para incorporarla como cliente.
Si la economía se estabiliza, vamos a necesitar más clientes y ese proceso también va a generar competencia entre las entidades.
—¿Cómo cambió la competencia con las billeteras virtuales?
—Las billeteras son una competencia clave, pero también un proceso totalmente virtuoso. Lo que tienen es un acceso mucho más sencillo para las personas al sistema financiero.
Nosotros, por ejemplo, lanzamos nuestra propia billetera virtual y además proveemos servicios a varias billeteras argentinas. Hoy tenemos alrededor de 1,7 millones de clientes vinculados a billeteras virtuales y casi 600.000 cajas de ahorro que les dan soporte.
Toda billetera tiene detrás una entidad financiera que administra los fondos y realiza toda la compensación. Lo que existe es una diferencia regulatoria. Las exigencias para los bancos son mucho mayores que para los proveedores de servicios de pago y esa es la principal razón por la cual resulta más sencillo hacerse cliente de una billetera que de un banco.
—El empresariado suele cuestionar la cantidad de impuestos que paga cuando toma un crédito. ¿Esa crítica tiene fundamento?
—Uno de los problemas más importantes que tiene la Argentina es la exageración de los impuestos sobre la actividad. Uno de los impuestos más nocivos es Ingresos Brutos. Solamente dos países en el mundo lo cobran: Turquía y Argentina.
Es un impuesto que grava toda la cadena productiva. Cada etapa incorpora nuevamente Ingresos Brutos y eso genera una carga permanente.
En el crédito ocurre exactamente lo mismo. Antes Ingresos Brutos gravaba solamente el spread financiero y después pasó a aplicarse sobre el total de la operación, salvo en Entre Ríos y San Luis.
Después hay que agregar el IVA. Si una persona saca un crédito para comprar una heladera termina pagando IVA sobre el crédito y luego vuelve a pagar IVA sobre el producto. Si uno hace la cuenta, aproximadamente el 76% de lo que termina pagando corresponde a impuestos. Si eso no es confiscatorio, no sé qué es.
El principal problema es que tenemos un Estado que creció exponencialmente y la única manera que encontró para financiarse fue creando impuestos.
—¿Estás conforme con la velocidad con la que el Gobierno avanza en la reducción de impuestos?
—Uno quisiera que ese proceso fuera más rápido. También creo que es muy saludable que el Estado tenga superávit.
Pero hay un tema fundamental: el principal gasto público es provincial y municipal. Muchas veces las provincias dicen que sus únicos impuestos son los patrimoniales, Sellos e Ingresos Brutos. Eso es un error, porque más del 50% de sus recursos provienen de la coparticipación.
Cuando hablamos de bajar impuestos provinciales para generar más actividad, esa mayor actividad también incrementa la recaudación por IVA y Ganancias.
Creo que todos los gobiernos provinciales y municipales tienen que ajustarse mucho más el cinturón. Es una necesidad que tiene la Argentina.
—¿Qué impacto tuvo la reforma laboral en las empresas?
—Es una medida muy buena. Hoy podés contratar a una persona que venga del Estado, del monotributo o que esté desempleada y el costo total de los aportes es del 5%.
Dudo que haya empresas que no estén acelerando procesos de incorporación de personal bajo esas condiciones. En nuestro caso, en los últimos dos meses contratamos más de 25 personas sobre una planta de 270 empleados.
Ojalá este tipo de medidas dejen de ser transitorias y pasen a ser permanentes.
—¿Qué te preocupa de la inflación y de la economía hacia adelante?
—Todo lo que estamos viendo es consecuencia de un problema más profundo: la Argentina no es un país confiable. Durante muchos años vulneramos contratos y no cumplimos con lo que decíamos que íbamos a hacer.
Eso afecta directamente a la moneda. La forma más fácil que tiene un país de incumplir es emitir y licuar sus compromisos en moneda nacional.
La única forma de resolver esto es reconstruir la confianza. Creo que, desde el punto de vista económico, las medidas de fondo van en ese camino. Desde lo político todavía hay ruidos que no ayudan.
No habría argumentos económicos para que en los próximos meses no veamos inflaciones más bajas y estables. Y eso beneficia, sobre todo, a la población de menores ingresos.
La estabilidad también permite que las personas sepan cuánto valen las cosas, comparen precios y defiendan mejor su poder de compra. Eso es muy valioso para los argentinos.