Mientras los consumidores celebran tímidas rebajas en prendas de invierno, el trasfondo de esa “buena noticia” para el bolsillo parece esconder un problema estructural para la industria textil nacional. Así lo advirtió Luciano Galfione, presidente de la Fundación ProTejer, en diálogo con Aconcagua Radio.
Galfione señaló que: “El Gobierno baja aranceles a la importación, pero no baja impuestos al productor local. Eso significa que se premia al fabricante chino o vietnamita y se castiga al que genera empleo en Argentina”.
La medida, según Galfione, tiene un fuerte componente de marketing político: “Es rápido, se resuelve con una resolución de la Secretaría de Comercio y tiene impacto en la opinión pública. Pero es una baja de impuestos para países extranjeros, no para el consumidor ni el trabajador argentino”, explicó.
Galfione apunta directamente a la estructura de comercialización y a los márgenes exorbitantes que no se corrigen ni con apertura ni con competencia: “Si una camisa vale 250.000 pesos y me la bajás 10%, sigue costando 225.000. El problema no es ese 10%. Es todo lo demás”. Además, señaló que muchas de las prendas de alto precio que circulan actualmente son importadas. “La idea de que la ropa nacional es cara y la importada es barata no se sostiene con datos”, aseguró.
Un sector moderno, pero jaqueado
A diferencia del relato que aún sobrevive desde los años 90, la industria textil argentina no está anclada en tecnologías obsoletas. “En los últimos tres años invertimos 9.400 millones de dólares. Hoy competimos con maquinaria de última generación y mano de obra calificada”, afirmó. “Nuestro problema no es de productividad, es de contexto.”
Ese contexto se traduce en desigualdades estructurales que, a su juicio, el gobierno no aborda: “Tenemos una tasa de interés del 60% contra un 3% en el mundo. Mandar un camión desde Catamarca a Buenos Aires cuesta lo mismo que mandar un contenedor desde Buenos Aires a China. El problema no es el productor, es la cancha embarrada donde le piden jugar”.
“Nosotros también queremos precios más bajos”
La respuesta que Galfione ofrece a quienes justifican la apertura por la necesidad de abaratar la ropa es categórica: “Todos queremos precios más bajos. Yo también soy consumidor. Entonces empecemos bajando impuestos. El 50% del valor que pagamos en un shopping son impuestos. Eliminá eso y te bajo el precio a la mitad”.
Además, recordó que incluso en los momentos de mayor protección, la mitad del mercado textil argentino era abastecido por productos importados. “Siempre hubo importación, el relato de que estábamos aislados es falso. Lo que no puede ser es que el Estado, en vez de emparejar la cancha, incline la balanza contra el que produce acá”.
El empleo en riesgo
El sector textil genera, directa e indirectamente, medio millón de empleos. Hoy ya se han perdido más de 10.000 puestos en lo que va del año. “Estamos con una capacidad instalada del 40%. Eso significa que seis de cada diez máquinas están paradas”, señaló Galfione. Y advirtió que esta tendencia se profundizará si no hay un cambio de rumbo.
Calidad y competencia
Uno de los prejuicios que arrastra la industria nacional es la calidad. “Nosotros hacemos telas de estándar internacional, incluso mejores que muchas importadas. Pero claro, cuando una prenda importada de mala calidad se vende cara, nadie dice que es importada. En cambio, si un producto nacional falla, es el país el que está en cuestión”, lamentó.
Sobre la competencia, Galfione es claro: “Nosotros no tememos competir. Lo único que pedimos son reglas parejas. Si con las mismas condiciones soy menos competitivo, acepto el resultado. Pero lo que no puede ser es que nos comparen con países que no tienen inflación, que financian a tasas mínimas, que tienen logística barata y subsidios a la exportación”.
La memoria de los barbijos
“Siempre va a ser más barato importar, porque no implica tener empleados, ni fábricas, ni invertir. Pero cuando llega una pandemia y necesitamos barbijos, batas o camisones, ahí sí valoramos tener industria nacional. ¿Queremos volver a depender del afuera?”, se preguntó.
Finalmente, Galfione apeló a la experiencia reciente como recordatorio: “Los países desarrollados que admiramos no son potencias por casualidad. Son industrialistas. Tienen un modelo. Nosotros tenemos con qué: tecnología, inversión, trabajadores”.
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