El nuevo urbanismo mendocino: el barrio que nace entre olivos y apuesta a la sostenibilidad extrema
Integrado recientemente al Banco de Proyectos de Inversión de ProMendoza, el Complejo El Altillo se posiciona como un modelo de construcción sustentable.
El barrio que nace entre olivos y apuesta a la sostenibilidad extrema
El cinturón verde de Mendoza está asistiendo a una transformación silenciosa, pero profunda. En un contexto donde la expansión urbana suele entrar en conflicto con la producción agrícola, surge una iniciativa que busca la convivencia armoniosa entre el ladrillo y el surco, una muestra clara del nuevo urbanismo mendocino.
El Complejo El Altillo, un desarrollo semiprivado ubicado en el corazón productivo de Guaymallén, se ha convertido en el nuevo estandarte de ProMendoza para atraer capitales que buscan rentabilidad con impacto ambiental positivo.
Esta incorporación al Banco de Proyectos de Inversión no es casual. Representa el resultado de un riguroso proceso de asistencia técnica, que transforma una idea privada en un activo estratégico para la provincia. La propuesta no solo ofrece una solución al déficit habitacional, sino que lo hace bajo parámetros de "prefactibilidad" técnica y económica, garantizando que cada metro cuadrado construido respete la identidad del suelo que lo sostiene.
Una arquitectura que respeta el legado del suelo
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El nuevo urbanismo mendocino
El diseño de este barrio se aleja del concepto tradicional de loteo que arrasa con la vegetación preexistente. El desarrollo se asienta sobre un monte de olivos añosos, donde la disposición de las viviendas ha sido pensada para mantener el verde atemporal de la zona.
Ricardo Rivero, presidente de la firma RAR SA, sostiene que el objetivo principal es demostrar que la construcción sustentable no es un lujo, sino una necesidad operativa. El proyecto ya ha superado su primera etapa con viviendas habitadas y avanza hacia una expansión que contempla más de cien nuevos lotes.
La eficiencia de recursos es el eje que atraviesa todo el máster plan. En una provincia marcada por la crisis hídrica, El Altillo destaca por contar con cuencas naturales y un sistema de gestión del agua que garantiza tanto el riego de los olivares como el abastecimiento potable. Esta visión técnica es la que atrae hoy a fondos de inversión internacionales que priorizan los criterios ESG (ambientales, sociales y de gobernanza) al momento de volcar capital en el sector inmobiliario regional.
El impacto económico mendocino de vivir de forma eficiente
Para la economista Marisol Cavichioli, quien acompañó la estructuración del modelo de negocios, la sostenibilidad es la verdadera herramienta de reactivación para el sector. Según la consultora, el diseño del complejo permite reducir drásticamente los costos de mantenimiento a largo plazo para las familias. Al integrar materiales y técnicas constructivas que optimizan el uso de la energía, el barrio se presenta como una opción accesible no solo en el precio de entrada, sino en su economía diaria.
El respaldo institucional de ProMendoza, a través de su programa ProInversión, funciona como un sello de calidad que eleva la competitividad del proyecto. Al conectar a los desarrolladores locales con consultores especializados, la provincia logra que propuestas como la de El Altillo dejen de ser simples planos para convertirse en realidades tangibles y seguras para el mercado financiero.
Un puente entre la inversión global y el desarrollo local
La proyección de este barrio ecológico trasciende las fronteras de Mendoza. Al formar parte de una cartera pública para inversores extranjeros, el proyecto se posiciona en el radar de quienes buscan diversificar sus carteras en desarrollos de bajo impacto ambiental. La cercanía estratégica con la Ciudad de Mendoza, sumada a la seguridad privada y la infraestructura de servicios ya aprobada, cierra una propuesta que equilibra la tranquilidad del entorno rural con las exigencias de la vida moderna.
El éxito de este modelo podría marcar el camino para futuros desarrollos en el área metropolitana, donde el desafío sigue siendo crecer sin destruir. El Altillo demuestra que es posible edificar sobre la base de un monte de olivos, manteniendo la productividad del suelo y ofreciendo, al mismo tiempo, un refugio sustentable para quienes eligen Mendoza como su hogar permanente.