5 de abril de 2013 - 23:38

¿Dónde está el ministro de Obras Públicas?

La tragedia de las inundaciones no es un hecho coyuntural. Es parte de un sistema, una trampa mortal que, cada día, se cierne sobre los argentinos.

El 22 de abril de 2012 se produjo el accidente ferroviario de Plaza Once: 51 muertos debido al obsoleto material rodante y de tracción del Ferrocarril Sarmiento; parte de las instalaciones y equipamiento estaba en servicio en la década de 1920.

El 4 de abril de 2013 50 muertos en la ciudad de La Plata por la insuficiencia de los colectores aluvionales, infraestructura construida en el primer tercio del siglo XX. A ello se suman los 20 muertos diarios que se registran en las carreteras argentinas, sobre todo por choques frontales en rutas de una sola trocha.

¿Cuál es el patrón?

La sociedad contemporánea se caracteriza por la complejidad; millones de personas viven en grandes ciudades, lo cual requiere una gestión muy sofisticada para brindar servicios de transporte, energía, salud, agua y saneamiento, entre otros. Las grandes capitales del mundo contratan equipos altamente calificados para gestionar empresas públicas y privadas de grandes magnitudes.

Además, el Estado asume responsabilidades centrales, tanto en la inversión en obras públicas como en los organismos de contralor de las empresas privadas involucradas.

Se requieren niveles de excelencia en la gestión, y grandes inversiones de largo plazo en obras que, muchas veces, no se ven a simple vista ni tienen réditos políticos en el corto plazo. Parte importante de la energía de las clases dirigentes, de los partidos políticos oficialistas y de oposición, consiste precisamente en el diseño de planes estratégicos de largo plazo y su monitoreo en el tiempo. Es el proceso de construcción de políticas públicas.

La Argentina supo tener este tipo de clase dirigente. Fueron los que controlaron el Estado desde la Constitución Nacional de 1853 hasta el golpe de Estado de 1943. En esos 90 años se construyeron políticas públicas, se creó la gran infraestructura de transportes y servicios; la Argentina estableció 40.000 km de ferrocarriles, la mayor red de América Latina, junto con la Dirección Nacional de Vialidad, con su red troncal de rutas nacionales, además de obras de agua potable, colectores aluvionales, alumbrado público y varios, etc.

El mendocino Emilio Civit, como ministro de Obras Públicas del presidente Roca, fue uno de los protagonistas de esa historia. Los estadistas eran eso, estadistas, hombres de Estado. El subterráneo de Buenos Aires, uno de los primeros del mundo, llegaba a 33 km en 1943.

Posteriormente, cambió; los estadistas fueron sucedidos por una mezcla de populistas, militares y civiles incompetentes; la Argentina se olvidó de los planes estratégicos y las obras públicas de largo plazo.

Todo pasó a valorarse en términos de rédito político para la próxima elección, es decir, para unos pocos meses; lo demás, ya se verá. A nadie le importó. Y casi desaparecieron las obras de largo plazo en el país.

En los hogares de la ciudad de Mendoza, en verano, suele faltar agua; los fines de semana, muchos mendocinos tratan de ir a visitar familiares en el campo, para poder bañarse. Este problema tiende a agravarse por el estrés hídrico creciente.

Y las obras siguen sin aparecer. Lo mismo ocurre con las carreteras, esas trampas mortales por falta de inversión. Las últimas obras públicas de Mendoza fueron el Corredor del Oeste y el dique Potrerillos, ambas del gobernador Lafalla, en la década de los 90.

Pero en el ámbito nacional, no hay obras. No hay visión estratégica. No hay estadistas. Apenas unos políticos oportunistas, que sólo miran a la próxima elección.

¿Y dónde está el ministro de Obras Públicas de la Nación, responsable natural de todos estos desaguisados, de todas estas muertes, de todo este dolor?

No está.

No existe tampoco ese ministerio.

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