Dolores: la hija del general Juan Galo Lavalle

La más pequeña de la familia se destacó por sus acciones sociales, en la Sociedad de Beneficencia y fundadora de una escuela profesional.

Dolores: la hija del general Juan Galo Lavalle
Dolores: la hija del general Juan Galo Lavalle

En 1816 el joven granadero Juan Galo Lavalle llegó a Mendoza para incorporarse al Ejército Libertador. Conoció entonces a Dolores Correas, una dulce joven perteneciente a nuestra oligarquía. Se enamoraron de inmediato, pero se casarían recién ocho años más tarde. Para Juan Galo, era momento de entregarse a la patria.

Las cumbres le abrieron paso para destacar en Chacabuco y ser ascendido a capitán. Luego vendrían Maipú, entre otras batallas, y numerosas condecoraciones. Ya experimentado formó parte de las operaciones en el Perú. Tras el alejamiento de San Martín, Lavalle fue uno de los jefes argentinos que siguió luchando por la causa americana. En Riobamba cargó contra los realistas y los venció por completo, obteniendo el reconocimiento de la posteridad.

Lamentablemente su relación con Simón Bolívar careció de entendimiento y, harto de éste, pidió alejarse en 1824. Regresó entonces a Mendoza convertido en coronel. Aquí, aún lo esperaba Dolores. Se casaron y juntos partieron hacia una nueva vida en Buenos Aires.

La vida de esta mendocina no fue fácil. Lavalle prefirió siempre a su patria, alejándose durante años y sucumbiendo a los encantos de otras damas, en las jornadas de campamento. Juntos tuvieron cuatro hijos: Hortensia, Augusto, Juan y Dolores. Descriptos por Mariquita Sánchez como cuatro bellos ángeles. 

El día en que el General se alejó para siempre, la pequeña Dolores lo abrazó rogando que no lo hiciera; él la calmó prometiendo traerle un caballo. Aquella promesa jamás fue cumplida.

Los Lavalle Correas regresaron al país luego de la caída de Rosas, en 1852. Dolores, nacida el 27 de mayo de 1831, contrajo matrimonio a los 36 años con su primo Joaquín Lavalle. No tuvo descendencia y aseguró su trascendencia trabajando en numerosos proyectos que mejoraron la vida de miles.

Hacia 1871 se convirtió en miembro de la Sociedad de Beneficencia, cuatro años más tarde era nombrada Inspectora del Asilo de Huérfanos. Su relevancia social se plasmó en 1876, cuando fue parte de la comisión que inauguró el ferrocarril a Tucumán. La misma estaba encabezada por el entonces presidente  Nicolás Avellaneda y Domingo Faustino Sarmiento quién al realizar un discurso tuvo unas palabras hacia ella: "¡Señoras matronas de Tucumán! ¡Os prevengo que entre vosotros se encuentra el único vástago del ilustre mártir, el héroe de las leyendas de la Independencia: doña Dolores Lavalle, presidenta de la Sociedad de Beneficencia de Buenos Aires!".

Creía que todas las mujeres debían prepararse y procuró facilitar este camino a las de menos recursos, siendo ella una mujer de la alta sociedad. Entre sus aportes a la causa femenina se encuentra la fundación de una escuela profesional de mujeres. Donde implantó un programa pedagógico que se utilizaba en colegios similares de Suiza y Alemania. Las damas aprendían allí oficios, como el de joyería. Esta institución aún existe, siendo hoy una escuela técnica mixta. Desde 1908 lleva su nombre.

Dolores trabajó en muchas oportunidades codo a codo con Cecilia Grierson -primer médica argentina-, juntas fueron parte del subcomité femenino de la Cruz Roja nacional y del Consejo Nacional de Mujeres, una institución que trabajaba por la educación y los derechos femeninos. Su lema era "Todo por amor, nada por la fuerza".

Simultáneamente, Misia Lavalle -como se la llamaba-, tomó bajo su protección el consultorio oftalmológico "Hijas de María", base del futuro  Hospital Santa Lucía. Fundó también el Asilo del Buen Pastor y ayudó con la Fundación del Hospital de Niños Gutiérrez y la Casa Cuna.

En 1913, Buenos Aires la homenajeó con una gala en el teatro Colón y se dió el gusto de escribir en "Caras y Caretas", ostentando una prosa envidiable. Doce años más tarde la misma revista lamentó su muerte con palabras embebidas en épica: "Reliquia venerada de los pasados tiempos, la señora Lavalle de Lavalle fue, al mismo tiempo, núcleo brillantísimo de una vida social que encontraba en el culto de las glorias de los antepasados estímulo invencible para no desconfiar del porvenir"

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