19 de enero de 2013 - 22:25

El dólar y una historia conocida

“La brecha entre el dólar oficial o el paralelo ha llegado a un nivel muy peligroso. Cada vez que ocurrió esto se terminó llegando a una megadevaluación”.

Cuando el dólar paralelo superó la barrera de $ 7,50 ya había consolidado una diferencia con el oficial del 50%, pero, además, les había dado la razón a todos los que habían comprado a $ 6,50 en diciembre pasado, cuando todos decían que era caro.

En realidad, el precio, en sí mismo, no es ni caro ni barato, sino que refleja un sentimiento de incertidumbre por parte de una población que está inundada de billetes que cada día valen menos, en medio de una política económica errática y cargada de ideologismos y gestas épicas.

Al ritmo de una creciente inflación, sistemáticamente negada por el Gobierno, el peso se fue revaluando porque el Gobierno, que ejerce un férreo control de cambios, decidió congelar la cotización del dólar para usarlo como ancla antiinflacionaria.

Pero fue el propio Gobierno el que hizo trampas ya que generó una inflación cada vez mayor, a pesar de tener todas las variables congeladas como un aporte de anabólicos a la economía. Pero la emisión monetaria y el gasto público desbordaron todo y ahora, además, tienen que comenzar a sincerar tarifas.

El año pasado, el Gobierno, a través del Banco Central, hizo crecer el circulante un 40%, computando el gran desborde de diciembre pasado, cuando aumentó la cantidad de moneda en 26.000 millones de pesos. Este incremento en la oferta de moneda es muy superior al incremento de oferta de bienes. La lógica indica que cuando hay más plata que bienes, el precio de estos últimos aumenta porque crece la demanda.

La reacción oficial

Cuando el Gobierno instrumentó el cepo cambiario, después de las elecciones en las que Cristina ganó su segunda presidencia con el 54% de los votos, hizo nacer el mercado paralelo, al que se bautizó como “blue”, pero no es más que un mercado negro como los que ya hemos conocido.

En ese momento, el Gobierno sabía que debía afrontar un año complejo, con fuertes vencimientos de deuda externa y con una indisimulada corrida de ahorristas, que buscaban atesorar en dólares al darse cuenta del atraso en el que había caído el precio de la moneda norteamericana en nuestro mercado.

Ante esta evidente tendencia, que había costado una fuga de divisas de más de 30.000 millones de dólares en poco tiempo, el Gobierno salió a perseguir a vendedores y compradores informales, intentando, vía intimidaciones, desalentar dicha fuga. Pero estas actitudes resultaron peor, porque todos los que tenían depósitos bancarios en dólares aceleraron los retiros y la fuga de capitales siguió durante todo el año.

El Gobierno era consciente del atraso del tipo de cambio oficial y comenzó a acelerar sobre fin de año la pauta de actualización. Así, los últimos dos meses, la cotización oficial se devaluó a un ritmo del 20%, que es mayor a la que traía, pero inferior a los registros inflacionarios, que arrojan guarismos cercanos al 25%.

A pesar de que en el proyecto de Presupuesto 2013 se prometía una ecuación económica más equilibrada, la tendencia a la suba del gasto por encima de la recaudación se mantiene firme, con un problema grave. El Gobierno ya no tiene muchas chances de encontrar nuevas fuentes de financiamiento y debe afrontar un pedido de las centrales obreras para subir el mínimo no imponible del impuesto a las Ganancias.

Lo cierto es que la brecha entre el dólar oficial o el paralelo ha llegado a un nivel muy peligroso. Cada vez que ocurrió esto se terminó llegando a una megadevaluación, y es lo que el Gobierno debería desalentar pero con medidas serias y no con persecución policial.

Lo más serio que se puede hacer es tomar decisiones que desinflen las expectativas inflacionarias, bajar el nivel de gasto para que no supere los niveles de recaudación y, de esa manera, evitar más emisión monetaria del Banco Central.

El humor del mercado

La presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, adujo que el aumento del dólar paralelo obedecía a una demanda estacional por las vacaciones, y esto es parcialmente cierto. Y esta demanda se incentivó por la actitud de la AFIP, que dijo que iba a ser más flexible, pero finalmente muy poca gente pudo acceder a dólares oficiales.

Pero la realidad, más preocupante, es que, además de los viajeros, cada vez más personas buscan hacerse de dólares porque no confían en el peso. Y para eso, como ya dijimos, confluyen un mercado de divisas pequeño y una gran cantidad de pesos emitidos por el Banco Central. En la medida que las autoridades no tomen decisiones ni den señales claras, esta brecha se trasladará a los costos y, en el imaginario colectivo, también alimentará la inflación. Si los gremios ya están pidiendo un 25% de aumento como mínimo, la pérdida de competitividad de la economía pegará muy fuerte en el nivel de actividad y terminará afectando la economía en su conjunto.

El mercado está lleno de incertidumbre y de desconfianza. A medida que se acelere la suba de precios mayor será la velocidad a la que los argentinos tratarán de desprenderse de los pesos, y eso no le conviene al Gobierno. Es hora de actuar con claridad.

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