El discurso detrás del discurso

Un análisis del sentido profundo de las principales definiciones políticas del gobernador, de lo que no dijo y de lo que dijo sin decir.

En el discurso del gobernador se enfrentan dos concepciones que tienen que ver con su historia y su devenir. En los ‘90 formó parte de los grupos más jóvenes del justicialismo mendocino iniciado en 1987 con la gestión Bordón-Lafalla, que tenía como filosofía principal la de recuperar la autoestima de la historia local para conciliarla con el proyecto de renovación peronista nacional que en esos momentos predominaba en ese movimiento.

Pero, ya mayorcito, asumió la gobernación bajo la impronta del kirchnerismo centralista para el cual los provincialismos son apenas adjetivos de un país que debe conducirse hegemónicamente desde el gobierno nacional. Y, para colmo, el provincialismo en su versión mendocina es -en la visión de los principales ideólogos K- un conservadurismo de pocas afinidades con su universo de valores.

Así, el intento del gobernador en sintetizar su anterior adhesión a la renovación peronista con su actual al kirchnerismo, no puede estar exento de contradicciones.

En su deseo de atraer voluntades hacia una reforma constitucional local hoy poco convocante, quizá no tanto por ella misma sino por el rechazo que produce en una gran mayoría de la población el clima reeleccionista nacional, Paco encuentra su primera dificultad: para intentar alejarse del impopular reeleccionismo nacional debe enfatizar que se trata de una reforma a la mendocina, pero, a la vez, durante todo el año el gobernador se la pasó despotricando contra el carácter anticuado, corporativo y elitista de la Constitución local de 1916.

En Mendoza es él la primera figura política de relevancia que critica así una Constitución que, aunque deba ser actualizada porque nadie es inmune al paso del tiempo, casi es consenso unánime entre políticos y constitucionalistas que para su tiempo fue una carta de avanzada y que, gracias a eso, superó muy bien el paso del tiempo.

Que además de despotricar contra tan valiosa Constitución local en vez de proponerse como su continuador, el gobernador diga que “la gran mayoría de las provincias vivieron procesos de reformas de sus constituciones menos Mendoza”, no le suma sino que le resta a sus argumentos porque es bien sabido que la inmensa mayoría de esas reformas sólo buscaron la reelección del gobernador que la propició y que, incluso, como pasó en la Santa Cruz K o en la San Juan G, tanto Kirchner como Gioja cuando no les alcanzó con una sola reelección, hicieron otra reforma constitucional para ir por una tercera en San Juan y por la eternidad en Santa Cruz.

O sea, si se quiere hacer una reforma a la mendocina se debería valorar y respetar más la Constitución que se quiere cambiar, y enfatizar menos en las reformas meramente reeleccionistas de casi todas las provincias argentinas, acontecidas desde 1983 a la fecha.

Dicen los hombres del gobernador más comprometidos con la reforma constitucional que el deseo de Paco es llegar a producir dicho cambio institucional como el gran aporte  histórico de su gestión y que, por lo tanto, lograr la reforma es más importante que cualquier reelección.

O sea que podría salir con o sin ella, mientras salga. Pero para que eso ocurra con algún grado de consenso razonable, el gobernador deberá alejarse lo más que pueda de defender indefendibles reformas ocurridas en otras provincias, de no menospreciar a la Constitución de 1916 y, además, de no reiterar tanto su deseo de una tercera reelección para Cristina, porque todas esas cosas son del todo incompatibles con una reforma a la mendocina.

En fin, sin dejar de lado su progresismo K -lo cual es una opción ideológica tan respetable como cualquier otra- Pérez deberá apreciar más la autoestima de los mendocinos y su histórica lucha por la autonomía, en vez de seguir insistiendo con que en el fondo del espíritu provincial, detrás del orgullo que todo mendocino siente por su distinción, su diversidad y su mayor prolijidad institucional, se esconde, anida más hipocresía y cinismo que otros valores más positivos.

Deberá volver un poquito más a sus orígenes locales sin por ello negar sus definiciones políticas presentes. Se puede ser buen mendocino y buen kirchnerista, siempre y cuando no se compre el verso centralista del kirchnerismo o el fundamentalismo ideológico de sus grupos más extremos.

No es el gobernador un político egocéntrico y autorreferencial, por eso llama la atención que en su discurso, cuando se refirió a la finalización del régimen de promoción industrial, se haya expresado en primera persona diciendo “pude concluir con la vigencia del mismo”, sin agregar ni una sola palabra de reconocimiento a la infinidad de mendocinos que antes que él pusieron lo mejor de sí en esta lucha que, si concluyó bien, es por la suma de tantos esfuerzos.

Pero como quería decir que él logró como gobernador K lo que Cobos no logró como vicepresidente K, se dejó llevar más por la bronca que por la verdad, porque es desde todo punto de vista injusto agradecer por el fin de la promoción nada más que a las autoridades nacionales y dejar en banda al resto de los mendocinos que tanto hicieron para que él pudiera decir “pude”, sólo por el gusto de atacar a un adversario electoral ocasional.

Fue, de lejos, la parte menos generosa y errónea del discurso, justo en la temática en que más altura debió tener porque nadie en Mendoza dejará de reconocer como un valioso logro de su gestión su aporte para el fin de la promoción.

La parte del discurso en la que no hubo fisuras sino que copió el relato K, fue cuando habló de todo lo que se ha beneficiado la provincia en su relación sin fisuras con la Nación o cuando explicó que la huida de Vale es expresión de la lucha contra los poderes fácticos que la empresa expresa.

Acá habló sólo de la mitad del vaso lleno porque lo que Paco nos quiso decir sin poder decirlo es: “Miren cómo le va a Córdoba, Santa Fe, Capital o Buenos Aires en su pelea con la Nación, mientras que nosotros somos la única de las provincias consideradas medianas o grandes a la cual el gobierno nacional no nos ataca y, aunque mucho no nos da, tampoco nos quita nada”.

Pero de lo que Pérez no puede hablar, precisamente por su alineación nacional, es de la mitad vacía del vaso: que son crecientes las medidas macroeconómicas nacionales que perjudican cada vez más a las economías regionales. Que lo que el gobierno nacional nos da por un lado, nos lo quita por el otro.

Sin embargo, nobleza obliga, si se le critica el exceso de alineación del gobernador con el relato K , por el otro lado debe valorizársele como muy positivo lo que dijo sobre la Justicia mendocina cuando habló de la ley de autarquía judicial y pronunció estas memorables palabras: “Una Justicia autónoma e independiente podrá diseñar soluciones creativas para afrontar problemas sociales nuevos y de alta complejidad”.

Defender un Poder Judicial que administre sus propios recursos cuando la Presidenta se los quiso quitar, y reivindicar la independencia de la Justicia cuando el gobierno nacional está produciendo uno de los mayores ataques hacia ella en toda la historia argentina, es algo que se le debe valorar en grado sumo al gobernador de esta provincia más institucionalista que cínica o hipócrita.

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