Por encima de las poco imaginativas chicanas que se prodigaron el Gobierno y los organizadores, pero también del rapiñaje electoral de los que quisieron con una postura u otra sacar algún beneficio partidario, el paro es un dato ineludible en el fin de ciclo que protagoniza el kirchnerismo.
Forzados o no, se plegaron sectores sociales que expresan otras preocupaciones que no se limitan a los clásicos reclamos económicos más directos de los trabajadores.
La notable transversalidad de la protesta, y motivaciones tales como el ajuste, la inseguridad o la incertidumbre ante el futuro, entre otras, revelan un hartazgo social con el estado de cosas que administra el Gobierno pero del que también es partícipe la oposición política.
Eso abre a la vez una perspectiva más amplia para imaginar los senderos por los que transitará la política argentina hasta el recambio presidencial del próximo año.
Le guste o no al resto de la dirigencia política, y aunque lo disfracen con eufemismos, tuvieron que alinearse detrás de Hugo Moyano y Luis Barrionuevo, dos hombres que, con matices, no tienen al prestigio como atributo personal.
Por eso las reacciones de los sectores opositores ante la medida de fuerza se limitaron a unas pocas voces tratando, sin lograrlo, de diferenciarse. "Compartimos las razones del paro pero nada más", dijeron para salir del compromiso.
En el oficialismo la hipocresía no fue menor. Salvo lo anticipado por la Presidenta Cristina Fernández acerca de que se analizará un incremento de la base imponible del impuesto a las Ganancias, el resto de los planteos que motivaron la huelga no tienen respuesta.
No se ataca de manera genuina la inflación, los tarifazos no han terminado, el ajuste será más amplio de lo que se ha visto hasta ahora y la inseguridad es un fenómeno que crece en los centros urbanos.
A falta de argumentos sólidos para rebatir las razones que llevaron a concretar la medida de fuerza, el Gobierno optó por una actitud clásica: minimizar la protesta, adjudicarla a intereses golpistas y hacer descalificaciones personales de los dirigentes sindicales.
Es curioso y hasta divertido, pero desde algún punto equiparar de modo burlón a Moyano con la Sociedad Rural -como difundió el Gobierno-, no tiene mucha diferencia que hacer lo mismo con el ministro de Economía, Axel Kicillof, y el Fondo Monetario Internacional.
Lo lamentable, en todo caso, es que tanto el oficialismo como la oposición se enredaran en cruces dialécticos menores, mientras la sociedad producía una señal inconfundible de descontento.
Algunas fuentes de la Casa Rosada aseguran que en los próximos días habrá gestos de Cristina que podrían leerse como respuestas al paro. Uno sería un aumento de emergencia para jubilados que cobran el mínimo, por fuera de lo que está establecido por ley. Otro es la modificación del impuesto a las Ganancias, aunque eso recién se sentirá en los bolsillos de los afectados el año próximo.
Recalculando
Además del paro, el otro hecho destacado de la semana fue sin dudas la presencia de Kicillof en Washington para negociar con el Fondo Monetario Internacional. El Gobierno necesita del crédito externo para estirar una economía sin desmadres hasta el final del mandato de Cristina.
Pero, además de la contradicción que significa hacer lo contrario a lo que se ha repetido en el relato oficial de estos años, lo imaginable es que el organismo financiero requiera determinadas condiciones de política económica a cumplir por el país.
Eso significa que el ajuste de las cuentas públicas será inevitable, como también lo será el efecto que producirá sobre los sectores asalariados.
El joven ministro, ante las autoridades del Fondo, habló de inclusión social pero no pudo explicar que, después de 11 años de kirchnerismo, haya más excluidos en la Argentina y ésa sea la principal causa de la violencia social.
Un reciente estudio de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL), señala que, en la Capital Federal, un ingreso menor a $ 2.635 convierte a una familia en indigente y menor a $ 4.705, en pobre.
Esas cifras demuestran por qué la adhesión al paro del jueves debe tomarse con seriedad.