Hace algunos días se cumplieron años de la muerte de Juan Manuel de Rosas, tomando como excusa este aniversario haremos un recorrido por los últimos instantes de su vida y los de otros dos grandes personajes patrios que, de alguna manera, estuvieron relacionados con él.
Los últimos años del General José de San Martín transcurrieron en Boulogne-sur-Mer (Francia). Cada mañana la primera imagen que se presentaba ante sí era la pared de su dormitorio sobre la que reposaba su mítico sable corvo. Se dedicaba a cuidar el jardín poniendo esmero hasta que su vista le hizo imposible esta tarea, debido a un avanzado caso de cataratas.
Hasta último momento el Libertador nos tuvo presentes. “Nunca dejó de amar a Mendoza -cuenta Ricardo Rojas, en “El Santo de la Espada”- y en el destierro la recordaba siempre, como si ella fuese toda la patria o algo necesario en su vida”. El 13 de agosto de 1850, de pie frente al Canal de la Mancha, sintió un fuerte malestar. No quería quejarse, pero Merceditas advirtió todo, al acercarse lo sostuvo y preguntó si estaba bien. Con voz tranquila y en francés respondió: “Es la tempestad que me lleva al puerto”. El sábado 17 amaneció en perfectas condiciones y se acercó a la habitación de su hija para que le leyese los diarios, dado que su mala visión se lo impedía. Intolerables dolores de estómago lo atacaron y pidió acostarse. Súbitamente solicitó a Balcarce que la alejara del cuarto, no quería que lo viese morir. Expiró una hora más tarde, a los setenta y dos años, dejando en la orfandad a los suyos y a su patria.
En su testamento San Martín especificó que su sable fuera entregado a Juan Manuel de Rosas, quien dos años más tarde -tras ser derrotado en Caseros- terminó exiliado en Inglaterra.
Lo acompañó su incondicional hija, Manuelita, que a los treinta y cinco años, le desobedeció por primera vez y se casó finalmente con su novio de toda la vida: Máximo Terrero. Rosas tomó esto muy mal y durante años se lamentó.
En marzo de 1877 Manuelita viajó con urgencia hacia el hogar de su padre en Southampton; ella vivía con su marido e hijos en Londres. La neumonía que aquejaba a don Juan Manuel había agravado. Día y noche lo acompañó, mostrando su devoción de años intacta. El final no tardó en llegar. Tras mirar a su hija con la mayor ternura, aquel anciano de casi ochenta y cuatro años, que supo imponerse durante décadas con autoridad absoluta, falleció.
No todos tuvieron un final tan tranquilo. Uno de los grandes enemigos del Restaurador perdió su vida con mucha anterioridad y en circunstancias sumamente diferentes. Hacia 1849, Juan Galo Lavalle recorría los caminos polvorientos de provincia en provincia arremetiendo sin éxito contra las fuerzas federales que respondían a Rosas. Tomó por entonces a una amante, Damasita Boedo, que apareció en su vida como un espejismo celestial. Rubia, de enormes ojos claros y veinte años menor, encandiló por completo al ex granadero ya cuarentón. Para ella, seguirlo implicó perderlo todo. Hija de un congresista de nuestra independencia, pertenecía a la oligarquía salteña. Al huir en brazos de su amante -cuya esposa e hijos se encontraban en Uruguay- fue repudiada por sus pares.
Eludiendo a los hombres de Rosas -camino a Bolivia- llegaron a Jujuy junto al pequeño ejército del general. Quedarse allí fue una pésima idea. Todos los unitarios de la ciudad (incluido el gobernador) ya habían huido al país vecino, resguardándose del avance federal. Lavalle jamás escuchaba los consejos de sus subalternos y contradiciéndolos decidió permanecer esa noche en la provincia. Necesitaba una cama cómoda, se sentía enfermo y detestaba dormir a la intemperie. Obtuvieron las llaves de un caserón cercano, ubicado en la actual calle Lavalle de la capital jujeña. Hasta el día anterior se había refugiado allí Elías Bedoya, unitario. En aquella casa -devenida hoy en museo histórico- solo un grupo reducido se hospedó junto al jefe. Entre ellos Damasita. El resto acampó en las afueras de la ciudad. Ingresaron cerca de las dos de la mañana. Juan Galo ocupó una habitación con Damasita, distribuyéndose el resto en otros cuartos. Cuatro horas más tarde fueron atacados. Una partida federal, pretendiendo eliminar a Bedoya, baleó la puerta del domicilio e hirió mortalmente a Lavalle. No sabemos exactamente la forma en que el proyectil lo atravesó antes de caer sobre el zaguán donde fue encontrado, llamativamente, con una sonrisa en su rostro.
De este modo acabaron las vidas de estos tres hombres cuyo tránsito por el mundo no pasó desapercibido. Desde esta perspectiva, sus muertes jamás sean excusa para el olvido.