El oficialismo nacional, cuya columna vertebral es el Partido Justicialista, vive por estas horas momentos de ansiedad extrema. Con un candidato firme ya instalado, Daniel Scioli, todos miran, desde los gobernadores e intendentes con mayor peso territorial hasta el kirchnerismo de paladar negro que siempre expresó reparos para con el gobernador bonaerense, las señales que de a poco, y como quien no quiere la cosa, va dando la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.
La incógnita es si la Jefa de Estado elegirá un sucesor y lo patrocinará, como hizo Lula Da Silva con Dilma Rousseff en Brasil, por ejemplo, o permitirá que todos los oficialistas que ansíen su puesto se enfrenten en las PASO.
Ninguna de las dos opciones está hoy definida, aseguran los visitantes más frecuentes de la residencia de Olivos, porque ambas conllevan una incógnita que es necesario despejar primero: si Cristina apoyará a Scioli, propiciando así una lista única y arrogándose el poder de construir las nóminas de legisladores nacionales de todos los distritos -casi como si ella fuera la candidata- o en cambio permitirá que alguno de sus dirigentes más cercanos, como el ministro Florencio Randazzo o el gobernador de Entre Ríos, Sergio Urribarri, se la jueguen a enfrentar a Scioli en las urnas.
El riesgo de esta segunda alternativa es lo que desvela a todo el mundo porque las encuestas indican que Scioli pulverizaría sin problemas a un rival interno, lo que sería leído inexorablemente como una derrota de la propia Presidenta y pondría en situación de extinción a todo lo que hoy conocemos como kirchnerismo.
En cambio, abrazar a Scioli le podría dar a la mandataria la posibilidad de salir triunfante de la gran interna justicialista y garantizarse cuotas de poder nada despreciables cuando tenga que entregarle la banda presidencial a Scioli (aclaración no menor: todo esto es siempre tomando la hipótesis de que ningún opositor, sea éste Sergio Massa, Julio Cobos, Hermes Binner o Mauricio Macri, se imponga en las generales o en el balotaje).
Podríamos decir que en esta semana que termina los gestos de la Presidenta no fueron en este último sentido, favorables a Scioli. Todo lo contrario. El encuentro mega-promocionado y fotografiado con el jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, en la inauguración de la sede de Facebook en Puerto Madero, más el hecho de que fuera la Jefa de Estado quien dejara saber a la prensa que tuvo una reunión privada con su antes denostado oponente político, no hizo más que levantar las especulaciones de kirchneristas y no kirchneristas.
Hay una definición que un portal de noticias, La Política On Line, le atribuyó a la propia Cristina Kirchner y que por estas horas corre de boca en boca como una verdad: que ella prefiere que gane Macri en lugar de Scioli o el odiado Massa, porque de sucederla otro peronista en el sillón de Rivadavia, el PJ -que siempre se ordena de arriba hacia abajo- terminará por fosilizar rápidamente al kirchnerismo. En cambio, si un dirigente opositor no peronista llega a la Casa Rosada, entonces ella y sus más fieles seguidores tendrán posibilidades de influir en un justicialismo derrotado (en 2015) y de armarse para dar la pelea en 2019.
Scioli se sabe receptor privilegiado de estos mensajes de la Presidenta. Los que lo conocen dicen que el bonaerense no está preocupado y que incluso cree que las caricias de Cristina a Macri lo único que hacen es terminar de encauzar al resto de los gobernadores peronistas hacia su candidatura. Pero algunos observadores sagaces ven en estos movimientos una coreografía diseñada paso a paso por Cristina y Scioli, es decir un plan consensuado por ambos, ya que a los dos les conviene inflar a Macri y ningunear el principal oponente opositor: Massa, porque éste está muy arriba en los sondeos de opinión.
A diferencia de Cristina o, mejor dicho, de algunos de sus exégetas, los mandatarios provinciales no se pueden dar el lujo de imaginarse fuera del poder cuatro años y esperar una nueva oportunidad, ni siquiera encuentran motivos para pensar en tal posibilidad. Por eso son los propios gobernadores los principales artífices de la unidad que hoy sellará el Congreso nacional del PJ en Parque Norte (aunque algunos se queden afuera por propia decisión, como el cordobés José Manuel de la Sota, quien se acerca lentamente a un acuerdo con Massa) y también son los más preocupados por la marcha de la economía.
A nadie se le escapa, mucho menos a Scioli que busca ser "El Candidato" de todos, que es necesario reactivar actividad económica languideciente y, al mismo tiempo, esterilizar la inflación, una disyuntiva ésta que ningún populista en plena construcción de caudal electoral quisiera tener que resolver.
Sin animarse a decírselo en la cara, los caciques esperan que Cristina pague el costo político de reordenar las variables económicas -se haga cargo del ajuste- para permitir así que todo lo que hoy se ensaya pensando en 2015 tenga una base de sustentación. Si la inflación no se controla, si no se devuelve el pulso a la economía y si no se frena la ola de delitos, cualquiera de los candidatos no oficialistas tendrá más chances que Scioli o que algún kirchnerista de pura cepa.
El peronismo de Mendoza ya tomó una decisión -quizás prematuramente- y los dos grandes sectores internos, La Corriente y los Azules, están volcados a impulsar la candidatura de Scioli. Por eso todos le brindaron suma pleitesía el miércoles, cuando el gobernador bonaerense pasó por la provincia para inaugurar un encuentro latinoamericano de concejales (en el cual, en rigor, nada tenía que hacer).
Scioli confía que el gobernador Francisco "Paco" Pérez sea parte de este apoyo a su candidatura cuando llegue el momento de las definiciones y no se deje entrampar por una eventual postulación de algún referente ultra K, por eso aceptó la invitación que el mandatario mendocino le hizo sobre la hora y viajó desde Catamarca (a donde asistió a un encuentro por el Día de la Minería) a Mendoza sólo por unas horas.
La habilidad de Scioli por no dejarse atrapar por las rencillas internas del peronismo y erigirse como el gran "unificador" se pudo constatar con creces el miércoles cuando logró una "foto de unidad" junto a Pérez y el vicegobernador Carlos Ciurca (quien es el principal promotor de su candidatura), que venían de tener desinteligencias con respecto a la política de Seguridad. Semejante controversia se había instalado en la opinión pública porque Ciurca pidió una ley de Emergencia pocos días después de que Pérez nada dijera sobre el tema en su apertura de las sesiones ordinarias de la Legislatura.
Tuvo que venir Scioli a pacificar los ánimos de un PJ mendocino que hoy está en pleno proceso de enfrentamientos internos. Más allá de este favor de Scioli, lo cierto es que nadie puede frenar la voracidad política de Ciurca (ni Pérez ni los otros sectores internos), quien por sintonizar con el bonaerense -imaginando para sí, quizás, un destino en su futuro gabinete- mostró una grieta en el Gobierno provincial sobre un tema álgido (todo porque Scioli declaró hace unas semanas la emergencia en Seguridad en su provincia).
Si bien la fugaz visita del candidato Scioli sirvió para aflojar las diferencias entre Pérez y Ciurca, no conformó a otros dirigentes ajenos a esta pelea que esperan que Scioli tenga un discurso más rupturista para con el kirchnerismo nacional, teniendo en cuenta la ponderación negativa que tiene la gestión de la Casa Rosada en Mendoza y el crecimiento en las encuestas de los referentes de la oposición que se proponen como una vuelta de página.
Ellos, como Ciurca y Pérez, también ansían que desde Buenos Aires (en este caso La Plata) venga un salvador que ordene los trastornos que tiene el peronismo mendocino para ponerse de acuerdo consigo mismo y sintonizar con las demandas de la sociedad. Aunque sería mejor que tamaña tarea la realicen los propios dirigentes mendocinos, sin esperar cómodamente que quien tiene la batuta a nivel nacional defina sus cuitas internas.