La semana pasada, durante la Fiesta de la Ganadería, en General Alvear, dirigentes sectoriales y productores se quejaban de que los precios de la hacienda se mantienen casi igual que hace dos años, con costos crecientes. Mientras tanto, los consumidores se quejan por el constante aumento del precio de la carne, que se escapa cada vez más de los bolsillos de muchas familias, en las cuales el asado pasó a ser una comida excepcional y de lujo.
Pero esta disparidad entre los precios que percibe el productor primario y los que paga el público también se verifica en el sector frutícola y en el hortícola. En el caso de la vitivinicultura, el tema ha pasado a ser un tema conflictivo.
En realidad, casi toda nuestra estructura productiva primaria sigue operando de la misma manera desde hace muchos años, con la agravante de que en estos años se han ido incorporando a la cadena de costos muchos intermediarios, algunos que agregan valor y otros que no lo hacen.
Entre los intermediarios aparecen cadenas de comercialización, estructuras de logística, pero también aparecieron sindicatos y el Estado metiendo la mano para llevarse partes cada vez más sustanciales del negocio. Esto lleva a una conclusión inevitable. Los negocios tienden a la concentración porque cada día hace falta operar en escalas mayores, pero, a su vez, aparece la necesidad de mejorar la productividad de las propiedades destinadas a la producción.
Es verdad que el sector productivo primario atravesó por diversas situaciones en los últimos treinta años. Desde situaciones climáticas hasta problemas de oferta o demanda, apertura o cierres de mercados internacionales fueron impactando de distinta manera según como fuera el manejo de las distintas empresas.
Pero hubo una circunstancia favorable que quedó grabada en muchos productores: el ciclo 2003/2006 de nuestra economía, que generó expectativas que muchos quieren reproducir y que, mal que les pese, nunca se volverán a repetir.
En ese período, la economía argentina se vio favorecida por circunstancias internacionales excepcionales. La tasa de interés internacional estuvo dos años en el 1%, el más bajo de la historia hasta entonces, el dólar se devaluó frente al euro hasta alcanzar un pico de 1,60 dólares por euro y, además, el gobierno argentino devaluó el peso un 300% tras la crisis de 2001.
En esos tiempos se sumó el ingreso fuerte de China en el comercio mundial demandando alimentos y energía, lo que hizo subir muy fuerte el precio en dólares de las materias primas agrícolas, mineras, energéticas e industriales. Comenzamos a ver precios récord de los granos, pero el petróleo llegó a valer 150 dólares el barril, cuando 10 años antes no superaba los 11 dólares.
Nunca los empresarios habían tenido un margen de competitividad internacional como en esos años. Además, se podía aumentar la producción sin necesidad de grandes inversiones porque había mucha capacidad ociosa industrial. La combinación de devaluación de nuestra moneda y la devaluación del dólar, que es la moneda contra la que nos referenciamos, hizo que la devaluación en términos reales, respecto del resto de las monedas, fuera impresionante.
El crecimiento de las exportaciones generó nuevos puestos de trabajo, los nuevos empleados volvieron a consumir y el mercado interno sumó más a la demanda externa. Además, en aquellos tiempos, el gobierno no llamó a paritarias sino que se concedían aumentos de sueldos por sumas fijas, pero no había presiones salariales. Recién en 2006 se normalizaron las convenciones colectivas.
En la misma época, Argentina tenía fuerte superávit comercial y el gobierno emitía pesos para comprar dólares con el objeto de que no bajara el precio de la moneda para asegurarles rentabilidad a los exportadores.
La necesidad de cambiar
Los años dorados son parte de la historia y rara vez los planetas se alinearán como en esa época. Pero, como decía Einstein, si uno hace siempre lo mismo no puede esperar resultados distintos.
Según los datos provisorios de la cosecha vitivinícola, se ha observado una mayor producción de uvas en el Valle de Uco. En principio, algunos con prudencia, lo atribuyen a que han madurado inversiones en viñedos que han comenzado a producir en plenitud, pero comienza a hacerse otra lectura, provisional por ahora, y que espera se corrobore con datos finales.
Al parecer, un cambio es que los productores que antes, mediante distintos procedimientos, limitaban la producción de los viñedos a 80 quintales por hectárea o menos, han decidido dejar que sus viñedos produzcan más. Los precios ofrecidos los han convencido de que no pueden sostener la explotación con esos precios.
Además, al dejar al viñedo producir más, reducen costos en materia de raleos o en generar estrés hídrico. El problema es que cada uno lo está haciendo a su manera y por razones de supervivencia, por lo que es necesario ordenar las ideas.
Los vinos premium representan menos del 1% del mercado, mientras que los básicos han mejorado notablemente su calidad. Las viejas uvas criollas tienen destino de mosto y no hay excesos de stock. Es el momento ideal para repensar la reconversión desde el negocio. También es importante pensar que la sustentabilidad no solo es un concepto ambiental sino uno más amplio que pasa, justamente, por poder sostener las explotaciones.
Lo mismo que se deberá hacer con las frutas, las hortalizas y las vacas, en la vitivinicultura hay que introducir conceptos de productividad, no solo del campo, sino también de los integrantes de la cadena de valor. Además, hay que pensar sistemas de integración que eviten demasiados intermediarios porque hay dos variables que difícilmente se puedan modificar: los impuestos y el tipo de cambio dependen del Estado, que no está dispuesto a cambiar nada.
Hay que repensar los modelos productivos y adaptarse a las nuevas realidades, menos glamorosas, pero contundentes.