Valtteri Bottas reveló los diversos episodios de depresión y trastornos alimenticios que marcaron su paso por la Fórmula 1. El piloto confesó que su rol secundario en Mercedes y una obsesión extrema por el peso casi lo obligan a retirarse.
El piloto finlandés reveló que llegó a desear su propia muerte tras el accidente de Jules Bianchi y que su identidad giraba únicamente en torno al monoplaza.
Valtteri Bottas reveló los diversos episodios de depresión y trastornos alimenticios que marcaron su paso por la Fórmula 1. El piloto confesó que su rol secundario en Mercedes y una obsesión extrema por el peso casi lo obligan a retirarse.
Bottas llegó a Mercedes en 2017 convencido de ganar el título mundial, pero se encontró con una realidad competitiva asfixiante. Según relató, la escudería le pidió varias veces apartarse para beneficiar a Lewis Hamilton. Esta situación lo obligó a reprimir su deseo de competir, declarando: "¿Sabes las ganas que tenía de decirle que no? Pero tenía que ser un buen compañero. Le dejé pasar".
Aunque no guarda rencor, admitió que "toda la situación... Casi me hizo abandonar el deporte". Este rol secundario desgastó su salud mental hasta el punto de la depresión clínica. "Tengo que ser sincero... Estaba deprimido y agotado. Odiaba las carreras", confesó el finlandés sobre su estado mental previo a la temporada 2019. La presión externa y los comentarios en redes sociales alimentaron un sentimiento de malestar constante.
A través de una carta publicada en The Players Tribune, Bottas develó que sus problemas comenzaron años antes en Williams, donde sufrió un trastorno alimenticio por la presión para bajar de peso. El equipo sugirió perder cinco kilos, pero su obsesión lo llevó a extremos peligrosos: “empecé a comer brócoli al vapor y un poco de coliflor al vapor en casi todas las comidas”. Se describió a sí mismo como un "drogadicto" del adelgazamiento que vivía en un estado de inanición.
El punto de quiebre ocurrió tras el accidente fatal de Jules Bianchi. En un vuelo posterior, Bottas admitió haber perdido el interés por su propia vida: “Si el avión se estrella, ¿a quién le importa? Desapareceré y todo habrá terminado”. Ya no encontraba alegría en nada y se mostraba furioso al regresar a su hogar, sintiendo que su vida ya no tenía valor fuera de la pista.
Finalmente, el piloto admitió su malestar en voz alta y comenzó terapia psicológica. Su profesional fue directo al diagnosticar que "toda mi identidad giraba en torno al coche" y que funcionaba casi como una máquina sin intereses externos. El proceso de sanación fue lento; le llevó casi dos años volver a sentirse bien, revelando que detrás de las sonrisas en el podio se escondía un hombre que se sentía como un fantasma.
"Tardé casi dos años en volver a sentirme bien. Es curioso, porque si solo hubieras visto mis carreras, probablemente no te habrías dado cuenta de que algo andaba mal. Por alguna razón, cuando me siento en ese asiento, todo lo demás desaparece", cerró el actual corredor de Cadillac, que estará este fin de semana enfrentándose a Franco Colapinto en el Gran Premio de Miami.