12 de enero de 2013 - 23:25

Decepciones en Rusia

Relatos y vivencias de cómo vivieron los ciudadanos rusos el retorno a la presidencia de Vladimir V. Putin, especialmente tras las jornadas de activismo callejero del año pasado.

Conforme transcurrían inexorablemente los últimos días de 2012, nadie en la empresa de Denis Terejov (socio gerente de una agencia de redes sociales rusa) hablaba de la próxima protesta contra el gobierno. En comparación con el mismo periodo del año anterior –cuando Terejov dictó una conferencia improvisada sobre cómo evitar la detención por parte de la policía–, Moscú vuelve a sentirse como Moscú.

Se triplicaron las ganancias en esta empresa de marketing, se sirvieron cócteles en la compañía empresa y su "plankton de oficina", como a veces se conoce a la legión de empleados administrativos de la ciudad, se fue de vacaciones a lugares lejanos como Bali y París. Terejov dice que ahora está claro que sus empleados participaron en las protestas porque estaba de moda, nada más. Les parecieron muy importantes los mítines contra de Putin, pero "también consideran muy importantes a sus iPhones".

No obstante, a juzgar por este grupo, sería erróneo decir que nada cambió en el año en el que Vladimir V. Putin retornó a la presidencia. Ya desapareció totalmente la emoción efervescente en torno al activismo callejero del año pasado. Sin embargo, en su lugar, hay un sentido de alienación que se profundiza, y representa su propio riesgo a largo plazo para el sistema.

A la discusión sobre el activismo político en esta oficina la cubre una escarcha de decepción, como si se hubiese dejado escabullir una oportunidad rara.

Durante el juicio de la banda punk Pussy Riot el verano pasado, Terejov separó una oficina a modo de sala de observación, donde los empleados podían ver en vivo una serie de testimonios entre, como lo expresó, "risas y lágrimas".

Quedó el hueco que dejó Pasha Elizarov, un gerente de proyectos y activista de oposición, al renunciar y salir de Rusia después de que investigadores lo citaron en relación con una indagatoria sobre la incitación a provocar disturbios. Envió felicitaciones por las festividades desde Tanzania.

Su historia es la historia de una temporada política. Putin reclamó la presidencia el año pasado de cara a una oposición popular sin precedentes, de personas como estas, jóvenes iniciadores de una moda, que intervinieron desde los márgenes de la política para decirle que no se recibía bien su retorno. El Kremlin actuó para detener las protestas; leyes nuevas imponían castigos draconianos por actos de disenso, mientras los tribunales encarcelaban a una cantidad reducida de activistas. Putin y la gente a su alrededor adoptaron una nueva retórica pronunciadamente conservadora para desestimar a los manifestantes urbanos como traidores y blasfemos, enemigos de Rusia.

Los manifestantes del año pasado, que tenían la esperanza de que Dimitri A. Medvedev (presidente de la Federación Rusa hasta mayo de 2012) hiciera avanzar su agenda, están muy conscientes de que se los percibe como intrusos. Irina Lukyanovich, de 24 años, una revisora de textos, afirmó que sus pares observan más de cerca a los dirigentes de Rusia, y los juzgan más severamente.

"Es como si fueran gente de otro planeta", dijo Irina. "Me parece que la distancia entre ellos y nosotros aumentó mucho más en un año".

Yulia Fotchenko, directora de contabilidad, suspiró profundamente cuando se le recordó la euforia que sintió hace un año, cuando llegó al primer gran mitin y su "conciencia quedó patas para arriba".

¿Cómo se siente ahora?, fue la consulta. Insultada, desilusionada. Como si nada en Rusia fuera a cambiar. Responsabiliza a los dirigentes de las protestas, quienes demostraron ser demasiado incapaces para capitalizar en el momento, y las multitudes no volverán a confiar en ellos. En cuanto al repentino sentido de comunidad que sintió, resultó ser fugaz.

"De pronto, decidimos -una gran cantidad de seguidores de internet- que ya era suficiente, nos juntamos y salimos", dijo Fotchenko, usando un modismo para designar a la juventud de Moscú conectada digitalmente. "Y luego, regresamos como hámsteres de internet, los dirigentes y todos los demás. Porque no pasó nada. "Y ahora siento desesperación, que es todavía más fuerte, más profunda, peor de lo que era antes de que empezaran estas acciones", indicó.

Terejov, de 33 años, había sido escéptico en cuanto a las protestas desde un principio, en parte porque quedó desalentado por su propia carrera en la política de oposición. Hace un año, se propuso advertir a sus empleados que enfrentaban riesgos graves al protestar. Necesitaban darse cuenta, les dijo, de que esa "revolución no es un juego".

Resultó que los riesgos fueron más allá de las cachiporras. Un día de setiembre de 2012, Terejov recibió un correo electrónico de un activista político de preeminencia entre sus empleados, de apellido Elizarov. Le decía que renunciaba a su puesto de gerente de proyectos y salía de Rusia. Lo habían citado en un proceso político judicial, el cual se ha utilizado para señalar a los manifestantes como radicales peligrosos.

Los investigadores buscaron a Elizarov en su casa y luego empezaron a visitar a sus familiares, uno por uno. En una entrevista vía Skype, Elizarov dijo que no salió por motivos políticos. Había soñado desde hacía mucho con visitar el este de África, explicó. Sin embargo, Terejov notó que la decisión de su ex dependiente salvó a la firma de la vergüenza de que la asociaran con un caso notorio. "No lo habría despedido, pero él sabe que tengo muchos contratos gubernamentales, y su situación realmente habría interferido con nuestras actividades", señaló Terejov. "Considero al hecho de que haya renunciado como un acto muy decente de su parte".

Sus compañeros de trabajo tenían una actitud filosófica parecida.

"Tenía este instinto meramente maternal de 'está bien, está seguro allá' ", dijo Yulia Fotchenko. "Porque es alarmante. Si conoces personalmente a alguien, y el sistema toca a su puerta, bueno, no le desearía eso a nadie que conozco bien. Así es que se escondió, y eso está bien".

Para el verano, conforme Putin reforzaba su control, la mayoría en la oficina había concluido que las protestas no se propagarían más allá de los intelectualoides de Moscú.

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