La realidad ha vuelto a recordarnos a los argentinos que la historia tiene giros inesperados, que nada está definitivamente escrito y que la dinámica política sobrevive y se impone a los escenarios que se creen inmodificables. Cuando se pensaba que era casi imposible un cambio en el cuadro de expectativas de la sociedad, la transformación del cardenal Jorge Bergoglio en el Papa Francisco, y las actitudes que eso provocó en el Gobierno nacional, fueron hechos que configuraron un panorama diferente.
Nadie asegura que todo sea distinto. Hablamos sólo de expectativas, que es un factor relevante en la política porque convierte la euforia o el desánimo en terrenos propicios para que surja la esperanza de cambiar algo.
Se percibe otro clima, otra disposición para encarar el futuro, aunque queden profundas dudas sobre si las conductas adoptadas son creíbles o no. Pasa con la repentina moderación de los mensajes de la presidenta Cristina Fernández, pero también con los entusiasmos desmedidos de algunos sectores de la oposición, que creen que desde el Vaticano el Papa hará en la política argentina lo que ellos no son capaces de hacer aquí.
Para el Gobierno el llamado "efecto Papa" tuvo en las primeras 48 horas, desde conocida la nominación de Bergoglio, un impacto que logró desconcertarlo al punto de que nadie en la cumbre del poder supo qué hacer. En ese período de sorpresa, desde la Presidenta hasta voceros notables del cristinismo mostraron primero un claro resentimiento traducido en agresiones hacia el nuevo Pontífice y luego, con una fuerte dosis de oportunismo pero también de realismo político, optaron por seguir el sentimiento popular de simpatía por Francisco, el Papa argentino. Fue tan evidente el intento de apropiación de la figura papal que en algunos casos sólo faltó decir que se trataba de otro logro del "modelo".
Ahora, a dos semanas de aquella voltereta en el aire, en el campamento oficial no todos están conformes. Sectores de la izquierda no peronista que acompañan al Gobierno, no quieren saber nada con este exceso de religiosidad católica que muestra Cristina. Son ateos, agnósticos o abrevan en otros cultos, y todos han mirado siempre con desdén al inmenso poder material y espiritual del Vaticano. Entre otras áreas, ese conglomerado milita, por ejemplo, en Carta Abierta, el grupo de intelectuales que le da soporte ideológico al oficialismo.
La interna desatada por esta cuestión ya es tan fuerte como la que alimenta la sucesión presidencial. En este asunto, y a la espera de una definición de Cristina, que por ahora y al menos hasta después de las elecciones legislativas no se producirá, el Gobierno también está dividido. De un lado, quienes se han resignado a aceptar que Daniel Scioli es el candidato mejor posicionado para darle continuidad al peronismo en el poder. Del otro, quienes piensan en alquimias políticas que le permitan a la Presidenta seguir en la Casa Rosada después de 2015.
En ese aspecto, fue transparente la palabra de la diputada ultracristinista Diana Conti cuando dijo que a Scioli "no queremos echarlo, queremos alinearlo". Esa expresión contiene un evidente desprecio por la figura del gobernador bonaerense, pero también el fatalismo de una aceptación no deseada, aunque a la vez inevitable.
Todos en el Gobierno saben que si no ganan con holgura la provincia de Buenos Aires, no se podrá reunir la cantidad de legisladores necesarios para reformar la Constitución y así aspirar a una re-reelección de Cristina.
Los problemas
Hay otras realidades que están fuera del control oficial. Los movimientos iniciados ya más formalmente por un sector del peronismo que integran, entre otros, José Manuel de la Sota, Hugo Moyano y Roberto Lavagna, apuntan a consolidar para octubre un amplio frente que por ahora se propone impedir la re-reelección presidencial. Lo mismo se han impuesto Elisa Carrió, Pino Solanas y parte del Frente Amplio Progresista que lidera Hermes Binner. Ni hablar de Mauricio Macri, que además ya piensa en 2015, y por cierto del radicalismo no alineado con el Gobierno.
Ese objetivo de corto plazo es el gran desafío de la oposición, aunque los mayores temores del cristinismo tienen traducción política pero en clave económica. La constante devaluación del peso frente al incremento del dólar sólo puede canalizarse en un proceso inflacionario. El deterioro de los salarios se agudiza y las discusiones paritarias de los gremios anticipan un clima de alta conflictividad, que al Gobierno se le hace cada vez más difícil manejar. En ese camino muchos otros obstáculos aparecerán. Y no será el Papa quien los ponga.