5 de enero de 2019 - 00:00

De los monos de Darwin y la enseñanza de la literatura - Por Bettina Ballarini

Cuando tuve edad de entrar en la escuela secundaria, por aquellos tiempos no se estilaban los test vocacionales. Por influencia familiar y más porque siempre me han gustado el trabajo de la tierra, la química y la física -casi tanto como la literatura- entré al Liceo Agrícola y Enológico "Domingo Faustino Sarmiento". Cabe aclarar que mis padres, mis dos hermanos mayores y mis maestras, para ese entonces ya me habían pertrechado de lecturas de poemas y de ficción que propiciaban una sensibilidad lírica y otra tendiente a las historias de desafíos, aventuras y problemáticas humanas y sociales.

Lejos de resultar una contradicción, esas lecturas habían comenzado a nutrirme un amplio acercamiento al mundo y a la reflexión sobre la libertad.

En el Liceo Agrícola me encontré con un especial profesor de Literatura argentina, Arlington Lucero. Era capaz de pararse sobre un banco (mucho antes que Robin Williams en “La sociedad de los poetas muertos”, en la foto) para leer el Martín Fierro y

La cautiva, entre otros, e interpretar con cuerpo y alma cada estrofa. Aun los más remisos a la seducción de la Literatura, aun los más científico-positivistas, esperaban esas horas. Y, como en la Juvenilia de Cané, cerrábamos la puerta para seguir con la clase cuando sonaba el timbre del recreo.

Ya estábamos en quinto año, y mi admirado profesor de Química Analítica y Química Orgánica, el Dr. Juan Toscano, y la joven y entusiasta profesora de Física, Silvia Riportella, me alentaban para que eligiera una carrera universitaria vinculada con sus disciplinas. Pero resignaron la tutela cuando supieron que escribía poemas y que andaba con el libro de La voz a ti debida de Pedro Salinas entre mis carpetas.

Para decirlo de alguna manera, "habían ganado" las clases de Literatura. No solo por entretenidas, sino por más libres e inclusivas de la subjetividad adolescente, algo que no todas las disciplinas que se enseñan en el Secundario pueden cautivar.   Así fue como me decidí por la Facultad de Filosofía y Letras. Cuando Toscano supo que estudiaría para profesora de Letras, me dijo "Ballarini, sepa siempre que los alumnos son como los monos de Darwin". Y, tal un gurú, se calló y no me reveló el sentido de la frase. Solo agregó que la vida y el oficio me responderían, y que observara a los monos. Fui muchas veces al exzoológico a mirar y fotografiar los simios, pero no lograba decodificar el augurio de mi maestro.

Transité las aulas de la Facultad. Mis maestros más cercanos, Adolfo Ruiz Díaz, Beatriz Curia, Blanca Arancibia, Cristina Salatino, me embriagaron de poemas, cuentos, novelas, teatro y me contagiaron su pasión literaria. Después, he caminado por distintos terrenos para abrir y compartir la maleta: estudiantes de lengua y literatura y hasta puesteros del secano lavallino que querían aprender a leer y escribir para, como me dijeron, ser libres.

Hoy creo entender la frase del profesor Toscano. Distante de ser peyorativa en la valoración de los estudiantes, creo que dijo que los monos constituyen comunidades que se divierten y que en mucho son más organizados y gregarios aprendices que nosotros, los humanos "evolucionados". Más allá de divertirse, los monos han evolucionado y se transformaron en el homo sapiens sapiens. No sé si somos mejores.

Sé que aprender divirtiéndose es una evolucionada forma de crecimiento y de positivo intercambio. Voy comprendiendo que este oficio de enseñar literatura no solo es un privilegio, sino un destino que favorece la siembra en la construcción de la persona que aprende mientras imagina y se divierte a través de ese universo que es el libro.  Y que, como los monos, nadie lee si no ve leer.

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