Entre las tantas historias funerarias que custodia el cementerio de Mendoza, una de las más sobrecogedoras es la del accidente ferroviario de Alpatacal, ocurrido hace casi un siglo. Allí, en una tumba comunitaria hoy casi olvidada, descansan los restos de las víctimas mendocinas del choque de trenes más trágico de la historia argentina.
Durante décadas fue un espacio de homenaje y memoria, pero el paso del tiempo ha convertido esa tumba colectiva en un rincón silencioso, donde casi nadie se detiene. Los nombres inscritos en mármol, que alguna vez convocaron multitudes, hoy son visitados apenas por el viento y el olvido, como si la tragedia que conmovió a dos naciones hubiera quedado atrapada entre los rieles de una historia que ya pocos recuerdan.
El accidente de Alpatacal: tragedia sobre rieles
El siniestro ocurrió el 7 de julio de 1927, cuando una formación que trasladaba a cadetes chilenos hacia Buenos Aires colisionó con otro tren de pasajeros en Alpatacal. El desastre conmocionó al país y unió, bajo un mismo duelo, a argentinos y chilenos.
En vísperas del aniversario de la independencia argentina, el presidente Marcelo T. de Alvear invitó a cadetes y oficiales de Chile, Uruguay, Brasil y Paraguay a participar en el desfile del 9 de julio en Buenos Aires. La delegación chilena emprendió su viaje por el Ferrocarril de Buenos Aires al Pacífico, pero nunca llegó a destino.
A bordo del tren especial que los transportaba, los jóvenes cadetes atravesaban los Andes con entusiasmo, sin imaginar que serían protagonistas de una de las tragedias ferroviarias más recordadas del país.
El trágico choque en la estación de Alpatacal
La revista Fraternidad describió con detalle el accidente:
“Según nuestros delegados (...) los hechos sucedieron, a grandes rasgos, del siguiente modo:
El tren Nº 3, que se dirigía de Retiro hacia San Juan, era impulsado por la locomotora Nº 1056. En Alpatacal, colisionó contra el tren especial que transportaba a los cadetes chilenos desde Mendoza a Buenos Aires, donde iban a asistir a la inauguración del monumento al general Mitre y al desfile militar del 9 de julio.
Este tren especial era remolcado por las locomotoras 1071 y 1407. El impacto se produjo a unos 50 metros del desvío de la estación Alpatacal, cerca del límite entre Mendoza y San Luis. Según los relojes hallados detenidos entre las pertenencias de los fallecidos, el accidente ocurrió a las 4:15 de la madrugada”.
Un incendio que selló el destino de muchos
Tras el choque, un incendio pavoroso desató el horror. “Las llamas surgieron de inmediato -continúa Fraternidad- sellando el destino de muchas vidas que aún podían haberse salvado. Sin recursos para apagar el fuego, que avanzaba devorándolo todo, pasajeros y trabajadores quedaron atrapados en los vagones y fueron carbonizados vivos”.
El siniestro fue tan violento que los equipos de rescate tardaron horas en acceder a los restos. La madrugada se iluminó con el fuego de los coches calcinados, mientras el humo se elevaba como un oscuro símbolo del luto compartido.
Duelo masivo en Mendoza: la ciudad que lloró en silencio
El 10 de julio, Mendoza se transformó en un escenario de dolor colectivo. Fraternidad relató:
“Desde las autoridades hasta los sectores más humildes, toda la ciudad participó de una conmovedora demostración de duelo. Las exequias de los trabajadores fallecidos fueron multitudinarias: una columna humana de siete cuadras acompañó los ataúdes en silencio hasta el cementerio. El gobernador decretó duelo provincial y la guardia oficial estuvo presente. El intendente también se adhirió al luto, y a las 10 de la mañana el personal ferroviario de Mendoza detuvo sus tareas durante 5 minutos en homenaje a las víctimas”.
El panteón ferroviario: un rincón de memoria y abandono
Con el paso del tiempo, los restos de los mendocinos fallecidos fueron trasladados a un panteón especial en el cementerio de la capital, donde aún reposan. Aquel lugar, cargado de simbolismo, se convirtió durante décadas en uno de los espacios más visitados por ferroviarios, historiadores y deudos.
Hoy, sin embargo, se cubre de polvo, las flores ya no llegan, y el eco del pasado parece hablar solo para quien se atreva a detenerse frente a esa tumba colectiva, envuelta en el silencio del abandono.
Los sobrevivientes chilenos y el gesto que unió a dos naciones
El saldo del desastre fue de 30 muertos, entre ellos 12 cadetes chilenos. Al conocer la tragedia, el gobierno de Chile dispuso que los cadetes sobrevivientes continuaran su viaje a Buenos Aires para cumplir con su misión.
La prensa de la época relató un momento de profunda emoción: durante el desfile del 9 de julio, los jóvenes desfilaron en medio de una verdadera “tempestad de aplausos”, símbolo de gratitud, respeto y duelo compartido entre dos pueblos unidos por el dolor.