5 de julio de 2025 - 00:05

Mendoza durante las invasiones inglesas

La historia suele contar lo que ocurrió en Buenos Aires, pero Mendoza también fue protagonista en 1806.

A mediados de 1806, una amenaza inesperada irrumpió en el Virreinato del Río de la Plata, incluyendo a Mendoza. El almirante británico-irlandés Home Riggs Popham, tras tomar la colonia holandesa del Cabo de Buena Esperanza, decidió avanzar sobre Buenos Aires.

No contaba con autorización oficial, pero la posibilidad de una conquista exitosa justificaba, en su lógica, cualquier insubordinación.

Acompañado por mil setecientos hombres bajo el mando del coronel William Carr Beresford —a quien Vicente López describió con ironía como poseedor de “toda la malicia que tiene el ojo de un bizco”—, puso rumbo al Plata con cinco embarcaciones. Beresford no era bizco, sino tuerto: había perdido un ojo años antes, en Canadá.

El virrey Rafael de Sobremonte estaba al frente del gobierno. Sabía que la amenaza inglesa era real y había tomado medidas preventivas: solicitó refuerzos a España, equipó buques corsarios con capitanes franceses, intentó armar a la población. Pero sin armas ni ayuda externa, su margen era limitado. Según informes de sus subalternos, no se esperaba un ataque formal a Buenos Aires sino posibles saqueos costeros.

Así, el 24 de junio de 1806, cuando Santiago de Liniers divisó la flota enemiga desde la Ensenada y abrió fuego, creyó haber espantado a un grupo de comerciantes, no a una expedición militar. Su comunicación al virrey fue ambigua, sugiriendo que los barcos podían ser de la Compañía Holandesa.

Caída de Buenos Aires y retiro del virrey

Confiando en esos informes, Sobremonte minimizó el riesgo. Aquella noche asistió a una función teatral, lo que sus detractores usarían como símbolo de frivolidad. Sin embargo, como recordaba Mariquita Sánchez, testigo privilegiada de esos días, el virrey no fue el único que subestimó la situación: “¡Qué noche! ¡Cómo pintar la situación de este virrey, a quien se acrimina toda esta confusión y demasiado se hizo en sacar y salvar los caudales!”.

Los ingleses regresaron y desembarcaron sin resistencia. Buenos Aires cayó en manos extranjeras, y la población entró en pánico. Mariquita, con aguda ironía, describió a la tropa local: “Todos rotos, en caballos sucios, mal cuidados, todo lo más miserable y más feo (…) si no se asustan los ingleses al ver esto, no hay esperanza”.

Sobremonte partió hacia Córdoba. Fue acusado de cobarde, pero lo cierto es que seguía el plan defensivo establecido por el virrey Antonio Olaguer Feliú en 1797: ante una invasión, debía trasladarse el tesoro real tierra adentro, protegerlo y organizar la reconquista. Eso hizo. En Córdoba, donde era apreciado por su anterior gestión como gobernador, comenzó a reunir tropas.

La respuesta de Mendoza

Y allí entra en escena Mendoza. La provincia cuyana ya contaba con una estructura militar mínima. Desde 1801, por Real Cédula, debía organizar el “Regimiento de Voluntarios de Caballería”, con dos escuadrones y una compañía de artillería.

Cuando el Cabildo mendocino se enteró del desembarco inglés —antes incluso de recibir información oficial—, ordenó al Comandante de Armas, Faustino Ansay, que marchara de inmediato en auxilio de la capital virreinal. Ansay, un militar retirado recientemente llegado de Madrid, fue descrito por el historiador Hudson como “de blando genio y sin aquellas cualidades que hacen avanzar en la carrera militar”. Sin embargo, obedeció.

La confirmación oficial llegó el 30 de junio, en una carta del virrey. En ella, Sobremonte le ordenaba a Ansay dirigirse a Córdoba con sus tropas y un cargamento de pólvora proveniente de Chile. Debía también comunicar lo sucedido a Santiago de Chile, para que desde allí se informara al Perú, y reclutar hombres en San Luis.

Un sacrificio silencioso

Mendoza, con recursos escasos y amenazada por incursiones indígenas, quedó virtualmente desguarnecida. El Cabildo, alarmado, pidió al virrey que no se llevaran más hombres, temiendo un ataque indígena ante la falta de defensas. La expedición mendocina enfrentó grandes dificultades. Muchos de los caballos estaban en mal estado y murieron en el camino. Esto obligó a los soldados a marchar a pie o montar de a dos, agotando aún más a los pocos equinos en condiciones. Al llegar a Punta del Sauce (Córdoba), lograron conseguir 200 caballos nuevos. A pesar del desgaste, cumplieron con el mandato.

Sobremonte, previendo estas dificultades, había autorizado a Ansay a modificar el trayecto y dirigirse directamente a Buenos Aires si el camino a Córdoba resultaba impracticable. No fue necesario. El contingente llegó a destino. Ansay regresó a Mendoza, dejando a sus hombres a disposición del virrey, quien comenzó su marcha hacia la capital.

La historia desde los márgenes

La reconquista de Buenos Aires fue finalmente encabezada por Santiago de Liniers, quien logró recuperar la ciudad en agosto de 1806. Su figura eclipsó a la de Sobremonte, que fue destituido y vilipendiado. Pero la historia es más compleja. La reconquista fue posible no solo por la audacia de Liniers, sino por la coordinación con el interior. Desde Córdoba y desde Cuyo se tejió una red de colaboración que sostuvo el esfuerzo militar.

Mendoza, con escasos recursos, aislada por la geografía y amenazada por fronteras inestables, respondió con patriotismo y decisión. Su aporte no fue el más visible, pero fue parte del engranaje que sostuvo al virreinato frente a una amenaza imperial. En tiempos en que la historia suele contarse desde el centro, vale la pena recordar que también en los márgenes se hizo patria.

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