La muerte de Emilio Civit: crónica de una despedida
La despedida de Emilio Civit paralizó a Mendoza y dejó al descubierto la dimensión real de su influencia pública. Una nueva entrega de Historias Funerarias.
El fallecimiento de Emilio Civit desató un duelo colectivo y reveló el peso de su figura en la Argentina. Hoy es parte de Historias Funerarias.
Hoy, en este espacio dedicado a lo funerario, Emilio Civit. Figura central de la Mendoza moderna y del poder nacional, su vida pública tuvo un cierre que paralizó a la provincia. El duelo, los homenajes y el silencio de la ciudad revelaron la dimensión real de su legado.
El nombre de Emilio Civit atraviesa avenidas, plazas y edificios de Mendoza como una huella persistente. No es una simple referencia urbana: es el rastro de un hombre que supo transformar el tiempo breve que nos toca vivir en una obra duradera. Su figura suele asociarse al paisaje mendocino, pero su influencia fue mucho más amplia. Civit fue un protagonista central de la política nacional y una de las figuras a las que Julio Argentino Roca recurrió una y otra vez en los momentos decisivos del país.
Formación y regreso con ideas nuevas
Emilio Civit nació en octubre de 1856, en una Argentina atravesada por tensiones profundas. El país se debatía entre las fuerzas federales encabezadas por Justo José de Urquiza y un Buenos Aires separatista, conducido por dirigentes como Adolfo Alsina y Bartolomé Mitre. Su infancia transcurrió en una Mendoza devastada por el terremoto de 1861, una ciudad en ruinas que marcaría su carácter y que, décadas más tarde, él mismo ayudaría a reconstruir con decisión política y visión de futuro.
Civit accedió a una educación excepcional para su tiempo. Estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires y luego se graduó en Derecho en la Universidad de Buenos Aires. Regresó a Mendoza impregnado de ideas progresistas, con la convicción y el ímpetu que sólo otorgan la juventud y la fe en la transformación social. No volvió como espectador, sino como actor dispuesto a intervenir en la vida pública.
El debate que marcó a la Argentina
Entre 1882 y 1889 fue diputado nacional, y allí tuvo uno de los roles más destacados de su carrera política: su participación en el debate que culminó con la sanción de la Ley de Educación 1420. Aliado político de Roca, defendió con firmeza el proyecto enviado al Congreso y se convirtió en uno de los oradores más notables de aquella discusión.
Su posición rechazaba la enseñanza religiosa obligatoria en las escuelas públicas, a la que consideraba contraria a los principios constitucionales y a los antecedentes históricos del país. No se trataba de un ataque al catolicismo ni a sus dogmas, sino de una defensa de la educación como ámbito libre y no subordinado a una confesión religiosa.
Durante el debate, recordó que en tiempos de Juan Manuel de Rosas el Colegio de Ciencias Morales —fundado por Rivadavia— había sido entregado al Convento de Santo Domingo, lo que implicó la eliminación de laboratorios de química, de física y del observatorio. Cerró aquella intervención con una frase que sintetiza su pensamiento político:
“sin libertad de conciencia no hay libertad de pensar, no hay libertad política ni libertad social”.
Civit fue una pieza clave para la aprobación de la Ley 1420, una de las bases del sistema educativo argentino.
De Mendoza a la Nación: obras y poder
Tras su paso por la Cámara de Diputados, ocupó una banca en el Senado Nacional. En 1898 fue electo gobernador de Mendoza, aunque abandonó el cargo por pedido de Roca para asumir como primer Ministro de Obras Públicas de la Nación.
Su gestión fue decisiva: el ferrocarril creció de 18.000 a 24.000 kilómetros, más de diez capitales comenzaron a contar con agua corriente y cloacas —entre ellas Mendoza—, se mejoraron puertos, se construyeron escuelas, hospitales y numerosos edificios públicos. También impulsó la reactivación de las obras del Palacio de Tribunales y del Congreso Nacional. Más tarde pasó por el Ministerio de Agricultura y, al concluir la segunda presidencia de Roca, regresó a su provincia.
El arquitecto de la Mendoza moderna
En 1907 volvió a ser gobernador de Mendoza. Esta segunda gestión lo encontró en plenitud, moldeando la provincia con la experiencia acumulada. Ese mismo año inauguró el primer hospital público provincial, como respuesta a los graves problemas sanitarios. El edificio, ubicado en el Parque General San Martín, terminaría llevando su nombre.
Civit se rodeó de figuras sobresalientes: convocó al médico Emilio Coni y al paisajista Carlos Thays, quien dio forma al Parque General San Martín. En ese entorno, en 1909, impulsó la fundación del Club Mendoza de Regatas, otro de los espacios emblemáticos de la vida social mendocina.
Además, durante su gestión se construyeron caminos, puentes, escuelas y obras de riego que transformaron la infraestructura provincial.
El final de una vida intensa
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Tumba de Emilio Civit en el Cementerio de la Ciudad de Mendoza
Luciana Sabina
Coronó su carrera política regresando al Senado Nacional, donde permaneció entre 1910 y 1919. En diciembre de 1920, la vida de este prócer cuyano llegó a su fin.
Su hija, Josefina Civit de Ortega, relató que poco antes había fallecido uno de sus hermanos, con apenas 18 años, un golpe devastador para la familia y especialmente para la salud de su padre. En un texto íntimo dejó testimonio de sus últimos momentos:
“… estaba muy mal, con una asfixia espantosa (…) dijo que se ahogaba, que no podía estar en la cama y que quería sentarse en un sillón, pidiéndome que cerrara la puerta que daba al jardín porque sentía mucho frío. Mamá fue a buscar una bolsa con agua caliente, y estando todos a su lado, dio un grito y cayó hacia adelante. ¡Estaba muerto!”
Mendoza le rindió honores. El día del sepelio, el comercio cerró sus puertas en señal de duelo. La noticia recorrió el país y el diario de los Mitre expresó:
“El fallecimiento del Dr. Emilio Civit, ocurrido ayer en Mendoza, es la desaparición de una personalidad que se había hondamente caracterizado en la política del país. Hombre ilustrado, inteligencia brillante, orador de combate, había en él -asociados estrechamente- un partidista apasionado y un espíritu de patriota que amaba ardientemente el progreso del país (...) El país le debe una parte de los progresos realizados a través de las últimas décadas” (La Nación, 6 de diciembre de 1920)