La muerte de JuanFacundo Quiroga no terminó en Barranca Yaco. Como tantas veces ocurre con los grandes personajes argentinos, el verdadero drama comenzó después, cuando su cuerpo inició un derrotero incierto, olvidado y casi perdido. Esta es una de las historias funerarias tras un asesinato, con un ataúd buscado durante décadas y finalmente hallado entre muros y sombras.
El 16 de febrero de 1835, en un paraje desolado del camino real cordobés, el Tigre de los Llanos cayó bajo las balas y cuchillos de una partida emboscada. No era un caudillo cualquiera: su figura había condensado el poder, el miedo y la esperanza de un tiempo convulsionado. Su muerte, como señalaron los historiadores, marcó el fin de una etapa política y el inicio de otra dominada por la centralidad Juan Manueld e Rosas.
El asesinato fue brutal. Tras el disparo que lo derribó, Quiroga fue degollado; su secretario y acompañantes también murieron, y los cuerpos quedaron dispersos mientras los asesinos saqueaban ropas, dinero y objetos personales.
La violencia no era excepcional en la guerra civil, pero la magnitud simbólica del crimen convirtió el episodio en una herida abierta de la memoria argentina.
Rescatado por autoridades locales y trasladado a Sinsacate, el cuerpo comenzó un recorrido funerario marcado por la urgencia y la improvisación. La prioridad fue recuperar al caudillo antes que comprender la escena completa: incluso hubo confusión sobre los demás cadáveres y el tratamiento que recibieron.
Desde ese momento, la muerte de Quiroga dejó de ser sólo un hecho policial para transformarse en una cuestión política, judicial y simbólica. El juicio posterior —extenso, plagado de declaraciones y tensiones— terminó con condenas ejemplares y ejecuciones públicas, mostrando cómo el poder político intervino directamente en la sentencia.
Traslados, entierros y desapariciones
El cuerpo del caudillo atravesó sucesivos entierros y traslados, desde Córdoba hasta Buenos Aires y luego a la Recoleta, en un itinerario que mezcló devoción familiar, disputas políticas y tradiciones populares. La historia incluso sostuvo durante décadas que había sido enterrado de pie, emparedado en su bóveda, imagen poderosa que alimentó el mito heroico.
En 1877, al morir Juan Manuel de Rosas, un grupo de sus víctimas directas e indirectas decidió marchar al cementerio para ultrajar emblemas federales, entre estos la tumba de Quiroga. Intentaron hacerlo sin éxito. Entonces el suizo Antonio Demarchi, esposo de Mercedes Quiroga —hija del caudillo— escondió el cadáver de su suegro. Según el testimonio de sus descendientes, desde entonces la familia supo que estaba oculto, pero desconocían el lugar exacto. El 9 de diciembre de 2004 fue hallado un ataúd con aleación de cobre y bronce, junto a dos cruces de hierro. En una de ellas se leía: “Quiroga... muerto en febrero”. El féretro estaba detrás de una pared en la bóveda de la familia Demarchi.
Desde entonces Facundo Quiroga descansa en su tumba particular, a pocos metros de Rosas y —como en vida— a gran distancia de Sarmiento.