17 de agosto de 2026 - 07:33

"Esta es la fatiga de la muerte": las últimas horas de San Martín

La reconstrucción de la muerte del Libertador revela una despedida íntima, marcada por el amor de su hija y el recuerdo persistente de Mendoza.

El sábado 17 de agosto de 1850 José de San Martín despertó sereno. Nada en su aspecto permitía sospechar que aquella sería su última mañana. Se vistió y caminó hasta la habitación de su hija Mercedes, donde se recostó sobre un sofá y le pidió que leyera los diarios. Estaba conversador, de buen semblante.

Desayunó sin la repugnancia que tantas veces le provocaban los alimentos debido a sus enfermedades, bebió bastante líquido y hasta preparó rapé en su tabaquera para convidar al médico cuando llegara.

Veintiséis años lo separaban de su partida desde Argentina. En febrero de 1824 había embarcado rumbo a Europa junto a Merceditas, una niña de siete años para quien aquel padre era casi un extraño. Remedios de Escalada había muerto pocos meses antes y San Martín debió disputar la custodia de su hija con doña Tomasa de la Quintana, su suegra, quien nunca lo aceptó.

Los primeros años europeos transcurrieron entre Londres y Bruselas. En 1829 intentó regresar al Río de la Plata, pero el país estaba nuevamente cubierto por la sangre de sus enfrentamientos internos. Lavalle acababa de fusilar a Dorrego. San Martín permaneció durante siete días a bordo de un barco frente a Buenos Aires y se negó a desembarcar. Su sable había combatido contra los realistas y no sería utilizado en una guerra entre argentinos. Se alejó definitivamente.

En Francia encontró cierta paz. Mercedes creció y se casó con Mariano Balcarce, hijo de uno de sus antiguos compañeros del Ejército de los Andes. La llegada de sus nietas, María Mercedes y Josefa Dominga, iluminó la vejez del Libertador. Aquel hombre acostumbrado a gobernar ejércitos pasaba ahora sus días limpiando armas, realizando trabajos de carpintería, pintando o siguiendo las travesuras de las niñas. Había conquistado medio continente, pero su felicidad final cabía en una casa familiar.

La revolución francesa de 1848 los obligó a abandonar París. Eligieron instalarse en Boulogne-sur-Mer, frente al canal de la Mancha. Vivieron en una casa blanca de dos plantas. En la pared de su dormitorio San Martín colgaba el sable corvo que lo había acompañado durante la guerra de Independencia. Cuidaba el jardín con esmero, aunque las cataratas nublaban cada vez más su vista. Hablaba con frecuencia de Cuyo y de su gente. Mendoza permanecía intacta en su memoria, como si aquella tierra lejana resumiera todo aquello que había amado y perdido. Escribía que no podía ser feliz sin estar en nuestra provincia, que siempre fue suya.

Su salud, mientras tanto, se encontraba profundamente deteriorada. Los dolores digestivos lo habían acompañado durante buena parte de su vida. El 13 de agosto de 1850, mientras contemplaba el mar, sufrió un fuerte malestar. Mercedes se acercó para sostenerlo y preguntó qué sentía. San Martín respondió en francés: “Es la tempestad que me lleva al puerto”.

Cuatro días más tarde amaneció inesperadamente bien.

Durante aquella mañana llegó el doctor Jardon, su médico de cabecera. Advirtió que Mercedes estaba agotada por el cuidado constante de su padre y recomendó contratar a una hermana de caridad que pudiera ayudarla. Mariano Balcarce salió a realizar la diligencia acompañado por Francisco Javier Rosales, encargado de negocios de Chile en Francia, quien había viajado desde París para visitar al general. Rosales almorzó con la familia cerca del mediodía.

Poco después de las dos de la tarde todo cambió. San Martín fue atacado por violentos espasmos estomacales. Jardon intentó tranquilizar a los presentes: otras crisis semejantes habían pasado. Pero esta vez el dolor no cedió. Sus brazos y piernas comenzaron a enfriarse de manera alarmante. El general comprendió antes que todos la gravedad de lo que estaba sucediendo.

“Mercedes, esta es la fatiga de la muerte”, le murmuró a su hija.

Incluso en ese instante quiso protegerla. En medio de los espasmos pidió a Mariano que la retirara para evitarle la visión de su muerte. Recostó la cabeza sobre la almohada y expiró a las tres de la tarde, sin una agonía prolongada. Mercedes colocó un crucifijo sobre su pecho. A su alrededor rezaron los familiares, el dueño de casa Adolphe Gérard, los criados y su conmovido asistente Eusebio Soto. Una leyenda sostiene que el reloj de la habitación se detuvo en aquel momento y quedó marcando para siempre las tres.

Durante mucho tiempo se atribuyó su muerte a diferentes enfermedades. Sin embargo, en 1982 el médico Mario S. Dreyer, profesor de la Universidad de Buenos Aires y miembro del Hospital de Clínicas, publicó una reconstrucción retrospectiva basada en los síntomas padecidos por San Martín. Según su interpretación, el Libertador habría muerto como consecuencia de un shock hemorrágico provocado por una úlcera duodenal.

La repentina frialdad de las extremidades indicaría una pérdida masiva de sangre. Ante la hemorragia interna, el organismo habría concentrado el volumen circulante en el corazón y el cerebro, permitiéndole conservar la lucidez mientras brazos y piernas quedaban privados de calor. Cuando la pérdida se volvió irreversible, se produjo una anemia cerebral aguda. Las convulsiones observadas por los testigos no habrían sido una lucha consciente contra la muerte, sino una reacción involuntaria del encéfalo ante la falta extrema de oxígeno. Dreyer descartó la tuberculosis: no hubo asfixia ni el deterioro corporal característico de la tisis.

San Martín tenía setenta y dos años. Había cruzado una cordillera, liberado pueblos y renunciado al poder cuando aferrarse a él podía poner en peligro la emancipación. Murió lejos de la patria, pero rodeado por la familia que convirtió su exilio en hogar. En la pared permanecía el sable. Afuera, el bullicio de aquella ciudad lejana donde partió.

Del otro lado estaba Mendoza: la tierra de acequias y caserones de adobe donde había comenzado su gran obra, donde nació su hija y donde un pueblo humilde sostuvo el sueño inmenso del Ejército de los Andes. La recordó hasta el final porque era el lugar donde su destino se encontró con la Historia.

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