El Libertador nació en el lejano Yapeyú el 25/02/1778, en el seno de una familia hidalga de costumbres laboriosas, su vida entera estuvo marcada por el signo del esfuerzo y la constancia.
Para dimensionar la verdadera estatura de José de San Martín, resulta oportuno descolgar su figura del frío bronce de los monumentos y devolverle el latido humano de quien fuera, ante todo, un líder ético.
El Libertador nació en el lejano Yapeyú el 25/02/1778, en el seno de una familia hidalga de costumbres laboriosas, su vida entera estuvo marcada por el signo del esfuerzo y la constancia.
Se forjó en las duras campañas europeas, donde durante veinte años sirvió con distinción en el ejército español. Fue precisamente en Cádiz, donde un grupo de jóvenes americanos, enterados de los primeros movimientos juntistas decidieron conjurarse en logias políticas y emprender el regreso a sus tierras de origen para ofrecer sus ideas y conocimientos a una causa que sabían irreversible. San Martín desembarcó en el Río de la Plata en marzo de 1812, no en busca de oropeles de gloria, sino movido por la profunda convicción de que era hora de dar dirección táctica y metodológica a una revolución que flaqueaba entre desinteligencias internas y reveses militares.
En Buenos Aires, su genio organizativo se manifestó con la creación del Regimiento de Granaderos a Caballo, una verdadera escuela de honor, disciplina y elevación moral de donde surgirían los líderes de la emancipación. Sería en esos primeros años cuando entablaría una profunda amistad y comunión de ideales con Manuel Belgrano, quien, reconociendo la pericia del maduro coronel, le escribiría con sentida esperanza: «... porque estoy firmemente persuadido de que con usted se salvará la patria». Aquella fraternidad y unidad de miras entre ambos líderes se convirtió en el faro moral que guiaría la etapa más decisiva y compleja del proceso revolucionario.
Su designación como Gobernador Intendente de Cuyo, por decreto del 10/08/1814, a su instancia y solicitud, inauguró uno de los capítulos brillantes de la historia americana, demostrando que el genio militar es estéril si no está respaldado por un correcto liderazgo público. En Mendoza, impulsó un modelo de gestión moderno, progresista y severamente austero, donde la economía, la salud pública, el fomento agrícola, el comercio, la industria y la infraestructura se convirtieron en verdaderas políticas de Estado. Bajo la premisa de que "el lujo debe avergonzarnos", redujo su propio sueldo y auditó celosamente cada centavo, ganándose la confianza de un pueblo que vio en su conducta el reflejo exacto de sus palabras en una época de severidad y sacrificios.
Desde su "Ínsula Cuyana", San Martín comprendió que para liberar a Chile y Perú se requería primero constituir un Estado Soberano que legitimara el plan de liberación continental. Con pluma inquieta y firme ironía, urgió incansablemente a los diputados ante el Congreso de Tucumán a declarar la independencia, recordándoles que "parecía mil veces más fácil hacerla que el que un solo americano hiciera una botella". La declaración del 9 de julio de 1816 le otorgó el respaldo jurídico indispensable para cruzar la imponente cordillera de Los Andes no como un conquistador o insurgente, sino como líder de un ejército soberano comprometido con la libertad continental y portador de la independencia de las Provincias de Sudamérica.
Tras asegurar la libertad de Chile en los llanos de Maipú, la expedición al Perú representó otro de sus grandes desafíos. Lejos de asumir un mando dictatorial o perpetuo, San Martín ejerció el gobierno como "Protector del Perú", empeñando su palabra de honor de abandonar el poder apenas el territorio estuviera libre de enemigos. Durante este breve gobierno desplegó una obra civil de carácter humanista que abolió los tributos de vasallaje, la esclavitud, estableció escuelas, bibliotecas, la libertad de imprenta, de expresión, impulsó la cultura y las artes, fundó el banco, el ejército y la marina, impulsó el código minero, los protocolos de relaciones exteriores, el reglamento de las cárceles, y un sin fin de medidas que lo llevaron a sentar las bases de la futura República del Perú. Su visión de estadista se caracterizó por la firme convicción que la verdadera libertad no es solo ausencia de opresión, sino la presencia real de oportunidades para crecer e ilustrarse. En tanto la educación universal era el cimiento indispensable para sostener la independencia y combatir el despotismo y la ignorancia, sosteniendo con orgullo que "las bibliotecas eran más poderosas que los ejércitos para sostener la independencia", donando incluso su propia colección para fundar la Biblioteca Nacional.
Aquel desprendimiento de ambiciones personales alcanzó su punto cumbre en la entrevista de Guayaquil, donde tras reunirse con Simón Bolívar comprendió que la presencia de ambos jefes ponía en riesgo la culminación de la guerra. Demostrando una gran altura ética, decidió dar un paso al costado y retirarse en silencio para no sembrar disensiones ni derramar una sola gota de sangre americana. Al final de sus días, desde su exilio en Francia, San Martín mantenía intacto su desvelo por el porvenir americano, intercambiando cartas de profunda sabiduría política con los mandatarios y representantes de las naciones americanas. Hoy, cuando nuestras sociedades demandan conductas íntegras, su legado moral nos interpela de manera directa como guía; demostrando que el gran ejemplo de San Martín no reside en las batallas ganadas, sino en la impecable coherencia de una vida dedicada por completo a la libertad y el bien común.
*El autor es docente y escritor. Ha publicado los libros: “San Martín Modelo de Líder Americano”, “San Martín más allá del Bronce” y “Sitios Históricos Sanmartinianos. Tras los pasos del Libertador”.