En una nueva conmemoración de la muerte del general José de San Martín es necesario reiterar, y recordar, la impronta patriótica con la que contribuyó a consolidar el proceso independentista sembrado en mayo de 1810.
A 176 años de su muerte, su legado no sólo mantiene vigencia por su ejemplo de vida. También se transmite a modo de manual de probidad y buena conducta para tantas generaciones de dirigentes que prometen el bienestar de la ciudadanía para acceder al poder y, una vez en él, terminan sumando desencanto por incumplimientos y muchas veces falta de honestidad.
En una nueva conmemoración de la muerte del general José de San Martín es necesario reiterar, y recordar, la impronta patriótica con la que contribuyó a consolidar el proceso independentista sembrado en mayo de 1810.
La fuerte injerencia que tuvo en el Congreso de Tucumán de 1816 puso de manifiesto su convicción. Como Gobernador Intendente de Cuyo alentó las ideas de la libertad a través de los representantes que nuestra región envió, mientras organizaba el ejército histórico con el que plasmaría el dominio territorial que estas latitudes requerían para derribar para siempre el dominio imperial. No más colonialismo en estas tierras.
El Ejército de los Andes tuvo en la historia una trascendencia pocas veces vista por su capacidad y arrojo y por haber encarado una aventura histórica atravesando una de las montañas más altas del mundo.
Es en esa línea San Martín considerado el Padre de la Patria, en reconocimiento a su constante inclinación hacia la defensa de la libertad y la autonomía de los pueblos. Ese fue el primordial objetivo que trazó al encarar la monumental campaña libertadora. “Cuando la patria está en peligro todo está permitido, excepto no defenderla”, una de las frases más comprometidas a él atribuidas.
Arriesgó su vida en las más adversas condiciones para cumplir ese rol fundamental de libertador con el que pasó a la historia. No sólo la Argentina; Chile y Perú también lo recuerdan como el héroe que fue.
Con posterioridad a sus gestas históricas y heroicas, los enfrenamientos entre federales y unitarios que siguieron a aquellos años gloriosos en estas tierras golpearon su estado de ánimo. ¡Cómo entender una lucha intestina entre hermanos que habían consolidado su libertad e independencia años antes! En medio de ese caos, en 1829 San Martín prefirió no desembarcar nuevamente en su país, en llamas por la guerra civil. La confrontación entre hermanos no era su deseo; nunca fue su objetivo. Pese a ello, a la lejanía pidió que tras la muerte sus restos descansaran en su país, voluntad de que se respetó y cumplió.
A 176 años de su muerte, su legado no sólo mantiene vigencia por su ejemplo de vida. También se transmite a modo de manual de probidad y buena conducta para quienes asumen la responsabilidad del poder en sus distintas instancias y jerarquías.
Generaciones de dirigentes que en muchos casos prometen el bienestar de la ciudadanía para obtener el voto para acceder al poder y que, una vez en él, terminan sumando desencanto por incumplimientos y muchas veces falta de honestidad.
José de San Martín representó como pocos en nuestra historia las virtudes de libertad, honestidad y entrega desinteresada por independencia de nuestra Argentina y sus países hermanos.