—¿En Mendoza?
— No, en San Luis. En Beazley.
—¿Y vos aprendiste mirando cómo tocaba tu papá?
—Claro. Con un cuaderno, dibujaba las seis cuerdas y la división de los trastes de la guitarra. Entonces, yo veía cuando él hacía un tono, me lo memorizaba y lo marcaba. Y así iba anotando, anotando. Yo dejé de estudiar, dejé todo por cantar.
—¿Y qué estudiabas?
—Abogacía. Cuando dejé de estudiar mi viejo me dijo: “La noche es oscura y todo lo oscuro es malo”. No me olvido nunca. Era sentencioso, increíble. No fumaba ni tomaba, algo que me transmitió.
—¿Y en qué momento se armó el grupo Ecos del Ande?
—Fue en mi barrio, donde nos juntábamos todos los amigos, en 25 de Mayo y Las Heras. Ahí nace el conjunto Ecos del Ande, en unas vacaciones de invierno. Yo tenía 20 años. Había dos que sabían tocar la guitarra, y uno al que le decíamos "Casa América" porque tocaba el piano, la quena, el pincuyo…
—Era multi instrumentista…
—Tenía un oído infernal, tocaba el piano, todo de oído, una barbaridad. Era Alfredo Santos. Ese fue el primer conjunto.
—¿Eso en qué año fue más o menos?
—Fines de 1959, principios de 1960. El Daniel Lledó, que después fue dueño de Maxi, dijo: "Hagamos un conjunto y cantemos”. Éramos Pirucho Lledó, Alfredo Santos, Julio Gallego y yo.
—¿Y cuándo se presentaron por primera vez?
La primera presentación de Ecos del Ande fue el 8 de julio de 1960, en el Club 9 de Julio —en Eusebio Blanco entre Mitre y Chile—. Cumplía años el club y nos pidieron que cantáramos, aunque todavía no habíamos cantado en ningún lado. No teníamos ni uniforme: nos vestimos como se usaba entonces para ir a bailar los fines de año al Mendoza o al Andino: saco blanco, pantalón negro y corbata negra.
Y con Ecos del Ande llegamos a cantar en Paraguay en un acto por la independencia paraguaya, en Montevideo por Canal 4, y en la CIES, la conferencia del Consejo Interamericano Económico y Social (CIES) a la cual llegó representando a Cuba el Che Guevara.
—Impresionante… ¿Y cómo fue eso?
—Fue maravilloso. No es porque yo comparta su ideología —soy peronista— sino porque paraba en el mismo hotel que nosotros.
—¿Y pudieron hablar con el Che?
—Él quiso hablar con nosotros. Tenía 33 años en ese momento; nosotros teníamos 20. La cancillería nos había contratado porque cada país tenía que llevar un número autóctono y a nosotros nos tocó actuar. Él nos vio entrar y supo que éramos argentinos, porque anunciaban "el grupo argentino Ecos del Ande", y el nombre le llamó la atención. Mandó a uno de sus guardaespaldas a preguntar si queríamos hablar con él. Y nos contó que había estado en Mendoza cuando cruzó la cordillera en motocicleta, con Alberto Granado. Se acordaba de todos los lugares típicos de Mendoza: del edificio del Banco Hipotecario, del Parque San Martín, del Chantecler mendocino y hasta del Conventillo 1414, en Juan B. Justo esquina Granaderos.
—Volviendo a Ecos del Ande… ¿hacían canciones propias o tradicionales?
—En ese tiempo estaba de moda el folclore norteño. El único que cantaba tonada era yo, porque mi viejo era tonadero. Cuando empezamos a actuar teníamos apenas cuatro temas de repertorio; el resto era instrumental, con el piano o el pincuyo de Alfredo, que además me enseñó a tocar el charango. Quien nos afinaba los instrumentos era mi papá.
Pero con el tiempo llegamos a ser los primeros en cantar tango a cuatro voces —una locura mía, medio aventurera para la época—. Grabamos "El día que me quieras", "La casita de mis viejos", "Nube gris" y "Amarradito" —un vals que decían peruano pero era mendocino, de Billy Pérez, pianista casado con Carmencita Guzmán—.
También grabamos "Peregrina", una canción de Yucatán, aconsejados por Miriam Schrebler, del dúo Sonia y Miriam, directora artística de Philips en Chile. Fuimos los únicos en cantar tres meses seguidos en el Casino de Viña, con nuestro nombre en un cartel de neón, en la época en que iba mucho turismo argentino a Chile.
¿Y tu viejo qué dijo cuando vio que ya estabas metido de lleno en la música?
—Se sintió rendido. Yo era muy regalón —eso me lo contaron mis hermanas, porque yo no me daba cuenta del todo— y el único que lo tuteaba. A él le gustaba que yo fuera inquieto y buscavida.
—¿Tuvo muchas formaciones Ecos del Ande?
—Sí, pasaron muchos, se fueron renovando. Hubo dos o tres que estuvieron muchos años.
—¿Quiénes fueron los que más siguieron?
—El que más estuvo en el conjunto fue el Chacho Vargas, 45 años. Pero hubo conjuntos muy buenos. Jorge Viñas empezó su vida artística con Ecos del Ande. El otro día le hicieron un homenaje en el Senado y lo dijo. Igual muchas veces no me sentía a gusto. Para mí teníamos que hacer otra clase de música. Un día, en Radio Aconcagua, escuché a Los Cuatro Duendes, un grupo chileno que me rompió la cabeza: cantaban en disonancia, con sextas, novenas, oncenas, algo más jazzístico, como Astor Piazzolla.
—¿Y en los 60 estuvieron sobre todo en Buenos Aires o también actuaban acá en Mendoza?
— A fines del 62 se hacía la fiesta de la cerveza acá. Cuando la cervecería Andes era de don Teobaldo Hernández. Ahí nos contratan para cantar en el Hotel Plaza, en el Salón de los Espejos, y causamos sensación con una coreografía mientras cantábamos —idea del Negro Gallego— entrando de a uno, armando líneas rectas y oblicuas. Eso pegó también en la televisión de Buenos Aires. Actuamos en Canal 7, en la calle Corrientes, con Waldo de los Ríos, que hacía música clásica con ritmo popular. En el 62 nos contrató Orlando Marconi con Leonardo Barujel, un representante artístico. En ese tiempo yo era muy audaz. Había hecho la Suite de Otoño de Rachmáninov, o el concierto de Varsovia de Addinsell, en ritmo de malambo y samba. Y entrábamos con eso cantando y haciendo la coreografía. La mujer de don Teobaldo Hernández, el de la cervecería Andes, se enamoró de nosotros, hasta el punto de ponernos una institutriz para que nos cuidara.
—¿Y después de esa presentación se fueron a Buenos Aires?
—Sí, nos fuimos a Buenos Aires en el tren Cuyano. En Retiro se suponía que nos iba a esperar Sara Benítez, que era una cantante y bailarina paraguaya, esposa del director de Canal 7. Y cuando llegamos no estaba. Estaba el Yoyo Giúdice, que fue periodista también en el canal 7. Él estudiaba en Buenos Aires abogacía y nos fue a esperar, porque yo le había mandado una carta avisando que íbamos. Anduvimos dando vueltas con las valijas, las guitarras y el bombo buscando hotel. Al otro día, el Gallego dijo que había que salir a buscar laburo, y fuimos al Tronío, en Corrientes entre Maipú y Florida, un teatro-restaurante español donde conocimos a Pedrito Rico. Ese fue nuestro primer contrato en Buenos Aires.
—¿Y qué fue La Tranquera?
—Con la segunda formación —entró Alberto Ortiz, que jugaba en Independiente— y armamos La Tranquera de los Ecos del Ande, en la calle Martín Zapata, que fue una peña y restaurante por donde pasaron los mejores folcloristas de la Argentina: Atahualpa Yupanqui, Eduardo Falú, Los Fronterizos, Tito Francia, Santiago Bértiz…
—¿Cuántos discos llegaron a grabar?
—En Buenos Aires estuvimos dos años, del 60 al 62. Cuando se fueron el Gallego y Daniel Lledó, se sumaron el Negro Lucero y Tito Ortiz, que tenían una oreja increíble. Con ellos ganamos el Festival del Disco.
Ahí en Buenos Aires, un médico llamado Quiroga —que estaba probando una grabadora— nos grabó los primeros cuatro temas "para hacer un long play". Pero con el tiempo llegamos a grabar más de nueve en total; algunos repetidos en los dos formatos, disco y casette.
—Y acá en Mendoza, cuando ocurrió lo del Nuevo Cancionero Cuyano, ¿de qué manera se insertaron ustedes en eso?
—Yo era muy amigo de Tejada Gómez. Él, en la calle Primitivo de la Reta y Amigorena tenía un bar donde se juntaban al mediodía Matus, el Tordo Nieto (bailarín y compositor), Carlos Alonso, Pardo, Sobisch, toda la bohemia artística de Mendoza. Eso era en el 58 o 59, pero yo había conocido a Tejada Gómez antes, cuando era locutor de la Feria de Guaymallén, donde ahora está la terminal de ómnibus.
En el 63 salió el Manifiesto del Nuevo Cancionero, y nosotros no estábamos porque andábamos en Mar del Plata. Pero Tejada Gómez puso en la contratapa de nuestro disco que adheríamos desde el principio al Nuevo Cancionero.
—¿Y con la Negra Sosa?
—Muy amigos. Conocí a Mercedes Sosa antes del Manifiesto, cuando trabajaba en lo de Yolanda Carenzo, en la casa donde después funcionó el café Juan Sebastián Bar. Ahí se conocieron ella y el Negro Matus. Una vez que se pelearon, la acompañamos con el conjunto en el Teatro Mendoza, donde ella ya tenía un contrato. A ella la acompañaba el Kelo Palacios, hijo de la Margarita Palacio, muy buen guitarrista. Pero después el Kelo se fue y el Pepete Bértiz, que había tocado con nosotros, empezó a tocar la guitarra para la Negra. Después anduvo con Mercedes por Francia y por todos lados.
—¿Y el folclore actual te gusta? ¿Escuchás folclore nuevo?
—Lo veo muy degradado, musicalmente. Reconozco que después de que empezamos a hacer cuatro voces surgieron muchos conjuntos, como Los Trovadores de Cuyo y Voces Blancas, que cantaban en cuarteto. De esa época el conjunto que más me gustó fue Los Nombradores del Alba, con Daniel Toro y Lito Nieva.
Hoy reconozco a solistas como Abel Pintos, Luciano Pereira, Soledad —pero eso ya es otra cosa, no conjuntos—. Raly Barrionuevo me parece un monstruo, igual que Nahuel Pennisi, que toca la guitarra con una sutileza y una sabiduría enormes siendo ciego.
TALQUENCA EN CINCO PREGUNTAS
—¿Una comida preferida?
— Me gustan mucho el asado y el puchero.
—¿Un lugar de Mendoza que te guste?
—Toda Mendoza. La veo tan hermosa. Me gusta mucho el desierto, porque mis ancestros son del desierto.
—¿Y otro lugar de la Argentina?
—Dos: Misiones y Ushuaia
—¿Alguna película preferida?
— Cinema Paradiso. Y veo muchos documentales.
—¿Y de leer? ¿Algún libro?
—Todo Tejada Gómez. Y Juan Draghi Lucero. “Las mil y una noches argentinas” para mí es una obra monumental.