Después de más de cinco décadas, "Eisejuaz" (1971), la novela más enigmática y perturbadora de Sara Gallardo, vuelve a circular en librerías gracias a una nueva edición de Fiordo Editorial. La reedición reaviva el debate en torno a una obra que, con su mirada visionaria sobre lo indígena y lo femenino, se convirtió en pieza de culto dentro de la literatura argentina.
La escritora y crítica María Rosa Lojo subrayó en una nota publicada por Clarín que la originalidad de Gallardo se inscribe en una tradición que las autoras argentinas venían explorando desde el siglo XIX: “Mujeres y aborígenes están unidos desde los inicios de la literatura argentina en la voz de sus escritoras. Juana Manuela Gorriti, Eduarda Mansilla, Rosa Guerra (…) exploraron los vínculos reales y posibles entre estos dos ‘colectivos’, el genérico y el étnico, que en nuestro imaginario nacional aparecen perturbadoramente asociados a las formas de la ‘otredad’”.
En esa línea, Gallardo llevó la tensión a un extremo. Eisejuaz narra la experiencia de Lisandro Vega, un indígena wichí que, tras haberse educado en una misión cristiana, queda escindido entre dos mundos. Lojo lo define como “el ‘monstruo’ o híbrido más notable en toda la obra de Gallardo”, porque su nombre verdadero, Eisejuaz, es negado tanto por los suyos como por los cristianos.
La novela pone en escena un contexto de abandono y pobreza que marcó a las comunidades del Gran Chaco en los años sesenta. Según Lojo, Gallardo logra situar su relato “en un contexto histórico-social muy concreto: la desesperante situación de abandono y pobreza que sufren las comunidades aborígenes (…) desestructurados sus modos de vida y sus hábitos culturales, no tienen otra opción que una precaria subsistencia en las orillas del mundo de los vencedores”.
Pero Eisejuaz no es solo testimonio social: es, sobre todo, un relato sobre lo sagrado y la imposibilidad de pertenecer. Hijo de un chamán obligado a renunciar a sus prácticas, el protagonista hereda las dotes visionarias de su padre pero debe someterlas a una lógica cristiana. Así se convierte en un personaje “paria de ambos, por ambos incomprendido y rechazado”. Lojo observa que en su recorrido vital “por momentos es Job que se rebela ante las incomprensibles exigencias divinas, pero casi siempre es Abraham, y sobre todo es alguien que nunca se nombra de manera explícita: Jesús, el Cristo, el Hijo del Hombre, el que se inmola por toda la humanidad”.
Ese itinerario se condensa en una relación clave: la de Eisejuaz con una joven wichí a la que cura sin proponérselo y que más tarde lo acompaña en el tramo final de su degradación. “Por vos el mundo no se ha roto, y no se romperá”, son las últimas palabras del protagonista, antes de morir en un acto que, paradójicamente, libera tanto a su propio espíritu como a la mujer y a un niño abandonado, Félix Monte.
En esta constelación de personajes marginados, Lojo encuentra la clave de la poética de Gallardo: “En el ínfimo peldaño de la sociedad o directamente fuera de ella, Eisejuaz y la muchacha representan acaso el extremo de la otredad inasequible. No es casual que esa otredad se relacione tan íntimamente con la Otredad de lo sagrado: lo monstruoso por excelencia resistente a la comprensión, y que esos otros monstruos, los artistas, asedian con un lenguaje parecido al canto mágico de los shamanes”.