:El 30 de julio de 1930 no fue un día cualquiera. Aquella tarde, mientras en Montevideo se disputaba la final entre Argentina y Uruguay, en Mendoza miles de personas se agolpaban frente al edificio de diario Los Andes para escuchar, casi en tiempo real, lo que ocurría al otro lado del Río de la Plata.
No había televisión. La radio todavía no tenía la enorme masividad de los años venideros. Sin embargo, el fútbol ya era una pasión popular capaz de detener ciudades enteras y la nuestra no fue una excepción.
El Mundial de 1930, organizado por Uruguay, fue el primero de la historia. La FIFA había decidido crear un torneo internacional que reuniera a las mejores selecciones del planeta, apenas dos años después de que los uruguayos obtuvieran el bicampeonato olímpico. Participaron apenas trece países, duró menos de veinte días y el campeonato tuvo un aire todavía muy artesanal, con barcos llenos de delegaciones europeas cruzando el Atlántico y estadios terminándose sobre la marcha.
A pesar de la distancia, en Mendoza, el Mundial no se vivió como un acontecimiento lejano. Se sintió propio. Y gran parte de esa experiencia se debió al papel pionero de Los Andes, que convirtió la cobertura deportiva en un espectáculo colectivo y moderno: prácticamente todos los días el evento ocupaba la primera plana.
Desde los primeros días del campeonato, el diario siguió cada movimiento de la delegación argentina. El 9 de julio de 1930 informaba la llegada del plantel argentino a Montevideo y describía el clima de expectativa que rodeaba al torneo. El tono era todavía el de una competencia novedosa, casi experimental, donde convivían protestas diplomáticas, discusiones por el sorteo y comentarios sobre favoritismos deportivos.
Aquella cobertura deja ver un mundo muy distinto al actual. El Mundial todavía no era el gran negocio global. Era un torneo incierto, observado con curiosidad y hasta con desconfianza. Los propios dirigentes protestaban por la organización. Bélgica se quejaba por la formación de las zonas y desde Perú denunciaban “preferencias” en el sorteo.
Mientras tanto, el seleccionado argentino se concentraba lejos del ruido urbano, en el hotel “La Barra” de Santa Lucía. Los Andes describía el ambiente del plantel con una cercanía notable. “Reina gran entusiasmo en el campamento argentino”, titulaba el 14 de julio. El diario contaba cómo los futbolistas descansaban, jugaban al básquetbol y realizaban gimnasia ligera mientras entrenadores y médicos cuidaban obsesivamente cada detalle.
Aquella selección todavía estaba lejos de convertirse en mito. Y el propio diario no dudaba en ser extremadamente crítico cuando consideraba que el equipo jugaba mal. Tras el debut frente a Francia, Los Andes publicó un durísimo análisis bajo un título demoledor: “El debut de los argentinos en el campeonato fue sencillamente pésimo”.
La crónica no tenía contemplaciones. Hablaba de una defensa “desarticulada”, delanteros “cohibidos” y un equipo “desmoralizado”. Incluso atribuía parte del desconcierto al público uruguayo, que “alentó constantemente al cuadro francés, hostigando a los jugadores argentinos con gritos”.
Leído hoy, ese lenguaje revela algo más profundo: el Mundial nació como un asunto emocional y profundamente nacionalista. No era solamente fútbol. Era prestigio internacional. Honor colectivo.
La tensión fue creciendo a medida que avanzaba el torneo. Cuando Argentina enfrentó a México por primera vez también hubo disputas, Los Andes relató incidentes en las tribunas y hostilidad contra la delegación argentina. “El público provoca a los argentinos”, señalaba la cobertura. El campeonato comenzaba a mostrar el costado pasional y violento que acompañaría históricamente al fútbol. Rivalidades que hoy existen y se manifiestan a través de las redes, ya existían hace casi 100 años.
Sin embargo, nada se compararía con lo ocurrido el día de la final.
El 30 de julio, Los Andes organizó una cobertura inédita para la provincia. El diario anunció que transmitiría el partido “directamente desde el field”, la palabra “field” era una forma tomada del inglés para referirse al campo de juego o al estadio donde se disputaba el partido. Todo se llevó a cabo mediante un sistema telefónico conectado a Montevideo y amplificadores colocados en los balcones del histórico edificio del diario.
Hoy podría parecer algo simple. En 1930 era revolucionario.
La transmisión utilizó equipos “Philitone” y una conexión telefónica internacional especialmente preparada para el evento. Incluso el diario informó que usaría su sirena para comunicar el resultado final: “un toque si el triunfo corresponde a los uruguayos y dos si el campeonato queda en poder de los argentinos”. Lo extraordinario es que en 1930 muy poca gente tenía radio propia. Entonces el diario convirtió su edificio en una especie de “radio pública callejera”.
Aquello transformó al centro mendocino en un estadio improvisado.
Al día siguiente, Los Andes describió la escena con evidente orgullo. Frente al edificio del diario se habían reunido “no menos de diez mil personas”. Diez mil personas en 1930 representaban una concentración gigantesca para la Mendoza de la época. El diario hablaba de “una ola humana, que vivió instantes de intensa emoción”.
La imagen resulta fascinante: hombres con sombrero, obreros, empleados, estudiantes y familias enteras detenidos en las calles mendocinas escuchando una voz que llegaba desde Montevideo. Sin pantallas. Sin imágenes. Solamente imaginación, emoción y relato.
El público pidió incluso que se detuviera el tránsito en la calle San Martín para poder escuchar mejor la transmisión. La ciudad literalmente se paralizó alrededor de una narración deportiva, la primera de tantas que vendrían y hoy paralizan al mundo.
Lo notable es que Los Andes entendía perfectamente la dimensión histórica de lo que estaba sucediendo. El diario hablaba de “su afán de superarse para servir los intereses del público” y destacaba que aquella transmisión significaba para Mendoza “el acercamiento a los sucesos mundiales, a la par de los más importantes órganos metropolitanos”.
La final terminó con victoria uruguaya por 4 a 2. Pero el resultado quedó casi eclipsado por la intensidad emocional que provocó el partido. El propio diario reprodujo escenas de furia y violencia ocurridas en Buenos Aires tras la derrota argentina.
En la capital porteña hubo manifestaciones, enfrentamientos, pedradas contra el consulado uruguayo y disturbios callejeros. La policía debió intervenir varias veces.
Todo eso demuestra hasta qué punto el Mundial había desbordado el terreno deportivo: ya era capaz de movilizar emociones colectivas extremas.
Las crónicas de Los Andes no hablan únicamente de goles o partidos. Hablan de cómo una sociedad comenzó a vivir este campeonato como un ritual colectivo, capaz de detener ciudades, alterar ánimos y reunir multitudes alrededor de una pasión que llegó para quedarse: el fútbol.