“Llenalo de súper, gracias”.
Cuento. En este relato, tras recibir una inesperada compañía en el viaje de vuelta a su casa, un hombre comienza a ver cómo su vida cambia por completo.
“Llenalo de súper, gracias”.
Miguel le entregó las llaves de su auto al bombero y partió hacia el bar. La vieja estación de servicio de Pareditas, sobre la Ruta 40 en el sur de Mendoza, era su parada preferida. Tenía un motivo: el especial de jamón crudo de la casa, con queso y un poco de manteca, sobre un pan casero ligeramente calentado.
Siempre pensó que esa era la diferencia: si el pan fuera tostado no sería lo mismo. En el bar, la antítesis de un drugstore de las estaciones modernas, hizo el pedido a la desaliñada pero simpática chica que estaba detrás del mostrador. Sacó su billetera y, antes de buscar el dinero, miró la fotografía de Mario y José Luis durante un par de segundos. Adoraba a sus dos hijos. Luego su dedo índice entró en el separador del dinero, sacó el monto exacto y canceló su pedido. No le gustaba dejar propina ni esperar vuelto. Luego partió para el baño.
Regresó, retiró el paquete que la chica le había dejado sobre el mostrador y salió. Al atravesar el umbral de la puerta, se topó con una maestra —en realidad, supuso que era maestra por el guardapolvo blanco que vestía—. Tenía cabello castaño y usaba lentes de sol. Ella lo sorprendió con un “Disculpe, señor, ¿va para San Rafael?”. Miguel titubeó un poco. Estaba sorprendido por el encuentro tan inesperado y respondió que sí. La mujer, sin dejar lugar a más reacciones, embistió inmediatamente: “¿Me podría llevar?”. Y Miguel asintió con la cabeza. Caminaron hacia el automóvil, abrió su puerta, se estiró y sacó el seguro de la del acompañante. La mujer entró y colocó su portafolio en el asiento de atrás. Otro tanto hizo Miguel con el paquete del bar. Ella en efecto era docente y dijo que se llamaba Liliana. Se colocaron los cinturones y Miguel encendió el motor. Algo nervioso le preguntó qué hacía ahí. Liliana, que ya había dejado sus lentes en uno de los bolsillos del delantal y tenía unos profundos ojos marrones, le contó. Dijo que había ido a una reunión docente y que, a la finalización, se allegó hasta la estación para conseguir un alma generosa que la llevara a su hogar. Ese era el sitio ideal, ahí paraban muchos automovilistas camino al sur provincial. Hablaba claro y con seguridad. Además, sonaba sincera. Tenía una expresión que trasmitía tranquilidad. Por otro lado, y no pasaba desapercibido, era una hermosa mujer de 40 años.
Vivía en San Rafael con sus padres, ambos eran jubilados. Ella daba clases en una escuela primaria cerca de donde vivían. Era separada y sin hijos, una carencia que siempre la afectó. Con su ex intentaron sortear esa dificultad, aunque sin éxito. Dios, la naturaleza, el destino o algo se interpusieron a su deseo de maternidad. Alguna vez había pensado en adoptar, pero, por una u otra cosa, nunca siquiera inició los trámites.
Miguel la escuchó atentamente. No sabía bien por qué, pero todo lo que le contaba Liliana le interesaba. Hasta saber que su comida favorita era la humita en chala. Incluso se entrometía en exceso, pidiendo detalles y pormenores del relato. Tampoco parecía molestarle a ella acceder a las inquietudes de su interlocutor, sino todo lo contrario. Miguel, a su vez, le habló de su trabajo en una empresa de venta de electrodomésticos, en la Ciudad de Mendoza. Cada 15 días, más o menos, viajaba a San Rafael, donde había una sucursal. Ahí supervisaba cuentas, control de existencias y cosas por el estilo. Le gustaba hacer esa tarea, no por la gestión en sí, sino porque en la soledad del viaje se dejaba llevar por sus pensamientos y algunos sueños incumplidos. También le habló de su esposa, Mirta, y especialmente de sus hijos, a quienes amaba profundamente.
Miguel sintió que hacía este viaje más rápido que los habituales. Normalmente le llevaba poco más de una hora. La acercó hasta la puerta de su casa. Un chalecito típico de la década del 50, de ladrillo visto pintado de blanco. Ella lo invitó a pasar y tomar un café, pero él desistió cortésmente, aunque aprovechó el convite para comprometerla a otro encuentro en su próximo viaje. Liliana accedió de buena gana. Se despidieron y él partió a cumplir su cometido laboral.
Durante el viaje de regreso a la ciudad, no dejó de pensar en lo sucedido. Nunca le había pasado algo así. Siempre le hacían “dedo” y, a veces, solicitudes directas, pero jamás accedía. Aparte de algunos temores, no le atraía la idea de viajar con desconocidos. Prefería estar solo con sus pensamientos. Disfrutaba ese momento de conducir, pensar y en ocasiones tararear alguna canción de la radio. Pero esta vez fue otra cosa. Se acordaba de la voz de Liliana e inventariaba con precisión todo lo que le había dicho. Llegó a su casa y saludó a sus hijos. Estos le comentaron algunos episodios de la escuela. También lo comprometieron a que los acompañara el fin de semana al Club. Entrenaban el sábado y el domingo tenían partido oficial con Marista. Era el clásico con Los Tordos. No pensaba perdérselo de ninguna manera. Le divertía mucho ir con ellos al Club, compartir con otros padres y preparar las hamburguesas del tercer tiempo. No se lo perdería de ninguna manera, pero lo hacía muy feliz que sus hijos se lo pidieran especialmente.
La vio a Mirta preparando la cena. Un beso en la mejilla, un “hola” y se acomodó en su lugar. Ella preparaba pastel de papas y batatas. Le gustaba mucho esa comida, que Mirta cocinaba muy bien. Intercambiaron novedades y luego fueron a cenar. Él la notó dispersa, distraída. Estaba y no estaba participando de la cena. Era raro. No sabía bien qué pasaba, pero no parecía natural. Pensó que tal vez estaba agotada. No era nada fácil administrar todas las tareas hogareñas y criar a un par de adolescentes.
Una noche, en su casa, preguntó por los chicos y Mirta le comentó que habían ido a comer un asado con los amigos del club. Ella le pidió hablar y fueron al living. Miguel se acomodó en el sillón, la intriga lo había invadido completamente. Qué querría decirle Mirta. Ella empezó a hablar. Dio unas vueltas iniciales y generales, pero no demoró en llegar al hueso de la cuestión.
Sentía su vida vacía. Había desaparecido, por alguna razón, ese amor de los primeros años y, si bien él era muy buena persona y mejor padre, sentía que no había un proyecto común y prefería divorciarse. Pensaba que era lo mejor para todos.
Miguel, después de haber asimilado el tremendo impacto, se reunió con Héctor, su amigo de toda la vida, y le contó lo sucedido. Héctor no anduvo con medias tintas. Le dijo que cuando una mujer como Mirta toma una decisión, no da marcha atrás. No vale la pena insistir. Lo mejor es hacer el duelo lo más rápido posible y poner proa en busca de una nueva vida. Miguel pensó inmediatamente en Liliana y partió a su trabajo. Habló con su jefe y le pidió viajar a San Rafael, pero en esta ocasión por un par de días, dado que haría falta una revisión más detallada de la agencia. El gerente asintió.
Se alojó en un lindo hotel en las afueras de la ciudad. Pasó a buscar a Liliana y partieron a cenar. Le relató con detalles la conversación con su esposa. Liliana le puso todo su oído.
Ambos se dieron cuenta de que su relación traspasaba los límites de la amistad y el afecto. Fue una noche larga e intensa. Al otro día pasó por la sucursal y habló tendido con don Ricardo, el encargado desde que se abrió el negocio. Tomó nota de todos los detalles y pasó a saludar a Liliana antes de emprender el regreso a Mendoza. Durante el viaje sintió que su cabeza palpitaba como su corazón. Los pensamientos no dejaban de danzar en su mente. Después de pensar un buen tiempo, tomó la decisión. Fue a hablar con el gerente y le expuso su plan de crecimiento de los negocios en el sur provincial, llevándolos hasta General Alvear y Malargüe, incluso también incluir la zona del Valle de Uco en un futuro. Él podía y quería hacerse cargo. Don Ricardo, el responsable actual, hacía varios años que estaba en condiciones de jubilarse y, además, lo deseaba. Miguel entendía que se necesitaba un “aggiornamiento” en la gestión.
Otros procesos de comercialización y entrega de productos. Convencieron sus argumentos y su jefe accedió a la propuesta.
Pasó varios meses al frente de los negocios y sus pronósticos se estaban cumpliendo. Las ventas aumentaban y ya estaba viendo locales comerciales en otras zonas, para abrir nuevas agencias. Miguel vivía feliz con Liliana. Habían alquilado una casa en las afueras. Se sentían contentos en esta nueva etapa de sus vidas, pero la ausencia de hijos se había transformado en una preocupación de la pareja. Liliana no se quedaba embarazada y estaba intranquila. Decidió hacerse un estudio de fertilidad. Cuando consultó en la clínica, le informaron que el test se debía hacer a la pareja. Habló con Miguel y, por supuesto, este prestó su conformidad.
El día que le debían dar el resultado del estudio dejó a su segundo al frente del negocio y partió al laboratorio. Le dieron la carpeta y se cruzó hacia un café frente a la clínica. Pidió un cortado. Abrió la carpeta para ver las pruebas. El mozo dejó el pocillo en la mesa. Miguel sacó su billetera, miró la foto de sus hijos con más detenimiento que lo habitual, unas lágrimas se estrellaron en las fotografías, luego buscó dinero más que suficiente para pagar la cuenta. Dejó unos billetes sobre la mesa y se fue. A los pasos escuchó la voz del mozo:
“Señor, se ha dejado esta carpeta”. Miguel miró extraviado y mintió: “No es mía... Estaba ahí cuando llegué”. El mozo tomó la carpeta y curioseó su interior. Leyó el nombre del paciente y también resaltado con mayúsculas la leyenda: “Conclusiones: paciente estéril”. La llevó a la caja, por si alguien venía a reclamarla.
Alberto Aguiló nació en la Ciudad de Mendoza el 4 de enero de 1950. Está casado con Rosalía "Chiqui" Iztueta, con quien tienen tres hijos: Albert, María Florencia y Emilio. Tiene siete nietos: Isabella, Antonio, Guillermina, Albertito, Mika, Leonardo y Julián. Realizó sus estudios primarios entre el Colegio San Luis Gonzaga y la Escuela Martínez de Rosas. El secundario lo cursó en la Escuela de Comercio Martín Zapata, dependiente de la UNCuyo. En la Facultad de Ciencias Económicas-UNCuyo, obtuvo el título de Contador Público Nacional y Perito Partidor. Realizó estudios de posgrado en Argentina y el exterior. Es miembro de los órganos de administración y control de numerosas corporaciones. También participa en distintas asociaciones civiles educativas y deportivas. Fundó Yerutí Hockey Club, donde aún es el Presidente. Fue periodista de los diarios Los Andes y El Andino y docente de diversos establecimientos educativos.