Convocatoria de Los Andes: Un extraño encuentro, un cuento de Alberto Ramón Lovos

En una tarde lluviosa de domingo, un hombre es protagonista de un encuentro que alimenta su nostalgia. Y luego, sus dudas.

Yo estaba en el bar, igual que Fabio, aunque no tuve la fortuna de que justo transitara una chica por el lugar, para que yo la mirara al pasar… esa suerte está destinada para unos pocos, me dije, mientras revolvía el café y me enredaba en uno de mis acostumbrados divagues. Además, los diez o quince hombres que jugaban a las cartas o al dominó, y ocupaban todas las mesas disponibles en el local se veían tan concentrados en sus partidas, que eran indiferentes a lo que hacían o decían sus ocasionales vecinos. Creo que ni siquiera una chica con un libro en la mano habría llamado su atención como para dedicarle una canción, como hizo el poeta… menos aún, con la tenue y persistente llovizna invernal que enfriaba la noche del domingo.

No sabía por qué la lluvia y los domingos, una más que otra o ambas cosas a la vez, me ponían melancólico y triste, al borde del llanto, un sentimiento que aún hoy no logro explicar. Esa noche, la soledad y la nostalgia se apoderaron de mí y me envolvieron de tal forma que me llevaron de la mano a varios pasajes de mi vida y a otra de mis habituales distracciones: recordé a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos que ya habían partido, algún amor que no fue, algunos que sí fueron… y mientras paseaba despreocupado con mis pensamientos, la realidad me indicaba que el café se había enfriado. Al mismo tiempo, y sin que yo lo advirtiera, un hombre se acercaba silencioso, observando a un lado y a otro, buscando un lugar donde ubicarse. Casi sin mirarlo y sin pensar, por simple cortesía, le ofrecí compartir mi mesa, cosa que aceptó de inmediato dándome las gracias. Llamó al mozo, pidió un café y yo repetí el mío, y mientras se quitaba los guantes y el abrigo, yo lo observaba detenidamente.

—¡Es él! —me dije, aprovechando mi excepcional capacidad natural para recordar y distinguir a las personas por su fisonomía.

—¡Sí, es él! —volví a decirme, en una especie de charla profunda que tengo a veces conmigo mismo.

—¡No hay dudas, es él! —me repetí una vez más, entre sorprendido y decepcionado: la sorpresa fue porque hacía mucho tiempo que no lo veía y encontrarme con él, de casualidad, en un bar de las afueras de la ciudad, era por lo menos un hecho increíble e inesperado; y la decepción fue porque él siempre vestía muy bien, tenía un porte elegante y muy buena presencia y ahora se lo veía algo descuidado, con una barba de tres o cuatro días y una profunda y desorbitada mirada. No fuimos grandes amigos, pero estaba casi seguro que era él. Todavía el agua de la lluvia, discurría lentamente viboreando entre los ensortijados cabellos de su incipiente calvicie, propia de sus setenta y tantos años. Vestía un viejo y arrugado traje de color gris, una camisa celeste con el cuello desprendido y una corbata azul con círculos rojos que hacía juego con el traje…por lo vieja y arrugada. Bebía su café nervioso, con exagerada fruición, saboreando la infusión, pero haciendo el ruido característico cuando se succiona el líquido y hay un pasaje, casi imperceptible, del pocillo a la boca. Otra característica de este personaje era que hablaba desordenadamente, saltando de un tema a otro, sin ningún tipo de conexión y yo, un especialista en hablar atropelladamente, me sentía incómodo al no poder seguirle el ritmo de su singular soliloquio. Para resumir el concepto podría decir que nos juntamos, sin querer, dos personas a las que nos gustaba hablar y ninguna de las dos sabía lo que estaba diciendo el otro. En esas circunstancias, no me pareció oportuno interrumpirlo para presentarme y preguntarle si recordaba algunos hechos que compartimos en el pasado, como aquellas peleas que tuvimos cuando nos enfrentábamos jugando al fútbol. Fueron varios altercados que no tenían nada que ver con problemas deportivos; había una disputa sentimental por temas de polleras: la chica que me gustaba a mí, también era de su agrado y viceversa, y por lo general ninguna de esas chicas fueron novias de ninguno de los dos. Además, y por suerte para ambos, cada vez que peleábamos por estos temas, siempre había algún amigo que nos separaba y la disputa no tenía mayores consecuencias.

La noche iba transitando sus fríos designios en una atmósfera densa e irrespirable por el humo de los cigarrillos. Pedimos otra vuelta de cafés y me pareció que ya estaba más tranquilo y en algún momento diría “¿quién es?” y recordaría o mencionaría algún hecho relacionado con aquellos años, pero sólo habló de las inclemencias meteorológicas. Yo, para no ser menos, también mencioné algo sobre la lluvia y el frío y esas cosas que uno dice cuando no tiene nada que decir y creo que fue la única vez en toda la noche que estuvimos de acuerdo en lo que decíamos. Pero el tiempo transcurrió con unos baches importantes que producían una incómoda eternidad de silencios. Ya cerca de la medianoche la gente comenzó a retirarse del bar; cuando abrieron la puerta de salida, la espesa humareda se fue diluyendo lentamente y comenzó a fluir al exterior, como buscando calentar la noche, yo llamé al mozo y pagué la cuenta. El hombre se levantó, se colocó su abrigo y los guantes, y yo hice lo mismo. Cuando fue a abrazarme para despedirse, comprobé que casi éramos de la misma estatura, no los diez o quince centímetros más alto como yo lo recordaba…me dio un abrazo sentido, apretado y sincero y me dijo:

—Fue un gusto haber compartido la mesa, la charla y un café con un amigo como usted, Álvarez, después de tanto tiempo.

Lo vi tan emocionado que no creí que fuera pertinente decirle que yo no me llamo Álvarez y sólo atiné a decir:

—El gusto fue mío, amigo Gauna.

Me miró en forma extraña, moviendo su mano izquierda con los cinco dedos unidos, como diciendo que él tampoco se llamaba Gauna, y juntos salimos a la calle...había dejado de llover.

Alberto Ramón Lovos
Alberto Ramón Lovos, escritor de Mendoza.

Alberto Ramón Lovos, escritor de Mendoza.

Sobre el autor: Alberto Ramón Lovos

Alberto Ramón Lovos nació el 31 agosto de 1951. Proyectista Industrial (jubilado), diseñó componentes para centrales hidroeléctricas y máquinas para industria alimenticia. Participó de talleres literarios y en antologías como Primavera de microrrelatos indignados - Acen (Madrid), Expreso Literario - Ediciones Culturales (Mendoza ), entre otras. Publicó cuentos en Los Andes y otros medios.

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