Convocatoria de Los Andes: La torre de los cuatro relojes, un cuento de José Luis Verderico

Un hombre meticuloso vive atormentado por un sueño recurrente: una torre, relojes detenidos y un apellido olvidado. Esta búsqueda de identidad lo llevará a desenterrar recuerdos de infancia y una estación de tren perdida.

—¿ Y cómo empezó todo?

—Con un sueño, que se repite y me atormenta.

Sueño recurrente, anota el especialista.

—¿Desde cuándo?

—Mmm... Noviembre... Después del quince.

—¿Y esa precisión?

—Bueno, ya había pagado el alquiler y otras cuentas que vencen para esa fecha.

—Hábleme de la frecuencia.

—Todas las noches. Por eso vine: llevo casi tres meses soñando lo mismo y sin saber por qué.

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Nunca me preocupó el paso del tiempo; tampoco la vejez ni la finitud de la vida. A eso me refiero.

Eso sí, siempre he sido puntual; especialmente para cumplir mis compromisos.

Si quedo con alguien a las diez, salgo con suficiente anticipación para no llegar tarde.

Llegar a horario ya es tarde, leí por ahí; diez minutos antes es llegar a tiempo. Y adhiero a esos razonamientos. Siempre he sido un relojito en eso. Cada día de la semana, aunque sea feriado o fiesta de guardar.

Más allá de uno que otro imprevisto, como un desvío del tránsito, siempre llego antes; especialmente a la oficina, que abre a las 7 y a esa hora me encuentra con el escritorio ordenado, la computadora parpadeante y dos tazas de café encima, listo para iniciar la faena de jubilaciones, pensiones y otros asuntos previsionales.

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—Y durante el sueño, ¿qué ve?

—Una torre altísima, de cuatro caras, y un reloj en cada pared.

—¿Y qué hace?

—Camino alrededor de la torre y miro la hora en cada uno de los relojes. ¡Están todos detenidos en distintos horarios!

—¿Eso lo angustia?

—¡Claro! Imagine mi desorientación. Tantos relojes para nada. Y yo, apremiado por llegar a horario.

—¿Adónde? En el sueño, digo...

—No sé.

—¿Ha pensado en esa circunstancia?

—Todo el tiempo.

—¿Algo más que le preocupe de ese sueño recurrente?

—Sí, que escucho voces; gente que no puedo ver. Como una muchedumbre. También un silbatazo, que me despierta cada vez, y un bramido de algo que tampoco veo. Creo que una máquina.

Imágenes visuales y auditivas, apunta el profesional en la libreta.

El hombre ya miró de reojo el reloj de pared estratégicamente ubicado detrás del paciente y da por concluida la sesión.

—Lo espero el martes a las 19.15 para continuar. Y sea puntual –advierte, socarrón.

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Quince minutos antes de la hora señalada ya estaba en la puerta del edificio. El licenciado Mirábile atiende en el departamento 7 y juro que hice todo lo posible para no anunciarme antes. Traía una novedad surgida del sueño repetido. Un apellido. Y quería decírselo sin demora.

—Hace dos noches volví a soñar la misma escena pero con un agregado.

—Cuénteme que anoto.

—Como ya le he dicho, camino alrededor de la torre mirando detenidamente, como si fuera la primera vez, los cuatro relojes hasta que, esta vez, doy una vuelta más pero en sentido antihorario. ¿Me sigue?

—Adelante.

—Casi al final del recorrido, antes de llegar al punto de partida, se me presentan una pizarra escrita con tiza y una placa atornillada, viejísima, herrumbrada. Hay muchas palabras borrosas, números que no recuerdo y un apellido que sí recuerdo. Salamone.

—¿Y el nombre de pila?

—No recuerdo.

—Bueno, algo es algo.

—¿Puede servir?

—En principio, creo que haber puesto en palabras, en su visita anterior, toda esa carga emocional, lo alivió y ayudó a recordar algo más. O a soñar algo más. Tenga en cuenta que soñar, soñamos todos, pero no todos recordamos lo soñado, ni siquiera en su totalidad.

—¿Qué loco, no?

—¿Usted o yo? -el especialista lanzó la broma para atenuar la euforia del paciente.

—Los sueños, digo.

—Claro. A propósito, uno de mis autores favoritos dijo una vez que el mundo de los sueños es terreno fértil para hacer literatura. En los sueños puede pasar cualquier cosa y no todo tiene explicación, aunque a veces la curiosidad nos empuje a buscarla. Terreno fértil para escribir, puede ser, el problema es cuando afecta la vida cotidiana. Como a usted.

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Pasaron varios meses sin que la torre y los relojes volvieran a perturbar mis noches.

Por momentos creí que las conversaciones con Mirábile habían surtido un efecto sanador. Volví a dormir bien, sin sobresaltos, hasta que una noche de verano me pinchó la curiosidad por el origen del maldito sueño recurrente. Y me desvelé.

Encendí la luz del velador, prendí un cigarro y salí a la noche estrellada y silenciosa.

Mis pensamientos iban a miles de revoluciones por segundo.

¿Aquellos relojes existían?

De pronto, tuve la urgencia de dibujar la torre.

Papel y lápiz y un prisma, tal como había aprendido en mis épocas de estudiante.

Aunque primitivos, los trazos me ayudaron a recordar algo más: los horarios que daban los relojes.

Dos se habían paralizados a las 6.15 y a las 3.20. ¿De la mañana o de la tarde?

Las agujas de los otros se habían parado a las 5.54 y a la 1.52.

Abandoné la ilustración y caí en la cuenta de que había empezado a recordar detalles del sueño mientras tomaba notas, como si vinieran solos a la punta del lápiz.

Me obsesioné y decidí prescindir de los servicios del especialista. Debía continuar en solitario. Papel y lápiz, otra vez. Salamone, torre, relojes.

Buscaría asesoramiento, pero ¿adónde? porque a estas alturas de la avanzada tecnológica, con la hora al alcance de quien tiene una pantalla a la vista, se me reirían en la cara si me largaba por ahí indagando acerca de relojes de aguja en una torre.

La temida y endiosada Inteligencia Artificial me dio una mano.

Nomás teclear las palabras reloj y torre tuve a disposición una larga parrafada acerca de relojes monumentales que durante décadas se lucieron desde lo más alto de torres, edificios públicos, teatros y otros sitios emblemáticos en pueblos, ciudades y grandes capitales.

Y cuando hablo en pasado estoy diciendo que ya quedan pocos, cada vez menos, porque muchos cayeron en manos de la desidia estatal o privada.

Y se volvieron inútiles, porque dejaron de dar la hora, como los relojes de mi sueño recurrente; o en los peores casos, fueron desmontados y sus piezas y mecanismos vendidos al mejor postor, léase coleccionistas o mercaderes de arte.

…………………

Este sábado volví a soñar lo mismo y a la mañana siguiente recordé algo más: FF.CC. N.

Las siglas ff.cc.n. significan la abreviatura de Ferrocarril Nacional, me respondió la IA.

De pronto, yo, que jamás subí a un tren, me vi embarcado en otra búsqueda: la de alguien que supiera de ferrocarriles en pleno siglo XXI de este lado del mundo, donde dejaron de circular hace más de treinta años por decisiones políticas, causando la agonía de muchos pueblos.

….

Las redes sociales me condujeron hasta el barrio La Buena Nueva en busca de un tal Delgado, conocido como el fundador del Museo Ferroviario.

Durante más de cincuenta años había sido banderillero del tren y vivía a dos cuadras del cruce de las vías, según un portal que lo había entrevistado un 31 de mayo.

—La Buena Nueva queda del otro lado de la línea —señaló un lugareño con un dedo apuntando al norte.

—¿Qué línea? —pregunté.

—La del tren.

¡¡¡La línea!!!, recordé y esa frase me empujó hacia un túnel del tiempo profundo y vertiginoso.

Stop. Entonces, me vi.

Caminaba de la mano de mi abuela; calurosa mañana de febrero. Íbamos a su casa, ese pedazo de paraíso de plantas recién regadas y la radio encendida a todo volumen desde mucho antes de que cantara Rigoberto, el gallo compadrón.

—Por acá no —me dijo ella cuando vio que yo me dirigía, como cada vez que iba a su casa en la Aurorita verde, hacia el camino que pasaba por la bodega y los surtidores públicos—. Por la línea vamos a llegar más rápido —me explicó mientras se ajustaba los anteojos gruesos.

—¿Qué línea, abuela?

—La del tren, pichón –dijo con una sonrisa; y a mí siempre me daban risa y ternura que me dijera pichón.

Aquella noche, antes de dormir en el patio, quise saber dónde dormían los trenes.

—En la estación –me dijo ella en voz bajita para no caer en el desvelo

—¿La conocés?

—Sí. Ahí llega mucha gente desde otros lugares y mucha gente se va a otras provincias.

—¿Me llevás?

Y una tarde me llevó y fue una fiesta para mí. Caminamos hasta el carril, esperamos un rato y subimos a un colectivo amarillo, azul y verde que, por fin, paró a un costado de la estación de trenes.

Jamás había visto tanta gente yendo y viniendo, cargando maletas y cajas; algunos, apuradísimos con niños de la mano. Y voces acá y más allá.

Los pizarrones me hicieron acordar a los de mi escuela. Las anotaciones con tiza blanca –como en mi escuela—indicaban destinos, horarios y lugares de procedencia.

Vení, dijo mi abuela. Esto es lo más bonito de la estación.

Y ahí estaba la torre altísima de mi sueño recurrente, con sus cuatro caras y un reloj en cada una. Caminé alrededor del edificio y descubrí que todos daban la misma hora. Las cinco y diez, sabría después, cuando aprendí los números romanos.

¿Vamos?, pidió mi abuela cuando vio que de mi helado de vainilla ya no quedaba nada.

A lo lejos alcancé a leer en una placa Arquitecto Francisco Salamone.

De regreso, un silbatazo me sobresaltó.

Después, un bramido.

—Se va el tren, pichón. Saludálo.

Aquella tarde de febrero, el último tren del día tomaba velocidad en busca de un destino.

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José Luis Verderico: “Los mendocinos somos lectores de viejos casos policiales”
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Acerca del autor: José Luis Verderico

José Luis Verderico (Mendoza, 1971) es periodista de gráfica, radio y tevé de Mendoza, acreditado en los tribunales y especialista en casos judiciales y policiales. Trabaja en Diario Uno desde 1995 y en Radio Nihuil (programas Hora libre, La conversación, Días distintos e Ida y vuelta). También es escritor y divulgador de la lectura y la escritura en escuelas y universidades. Dicta talleres de literatura y escritura.

Ha publicado: La noche del terremoto (Brick Contenidos Editoriales, 2024), Avelino Maure-50 Años (Editorial de la Universidad Juan Agustín Maza, Mendoza, 2019), La casa de la ciénaga (Brick Contenidos Editoriales, 2018) y El Detective Ming, La sombra y otros casos (Brick Contenidos Editoriales, 2017).

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