Convocatoria de Los Andes: Helada tardía, un cuento de Mariel Alberdi

En este relato, un viñatero pacta con una entidad sobrenatural para salvar su viña. La riqueza obtenida mediante el misterioso trato transforma su vida, pero los años revelan que el éxito y la prosperidad exigen un tributo cíclico y oscuro.

De noche oscura, pero de luna plena y brillante, que todo lo muestra y expone secretos; así es como lo vi. Andaba "ese" entre las hileras, congelando brotes de uva criolla, perfumada y fuerte para el mosto. Por donde pasaba, como helada tardía, dejaba todo de color ocre rojizo. Era la peor pesadilla del viñatero: un fuego que quemaba con hielo la parte superior de la planta, matándola justo donde brota la fruta.

Quise alcanzarlo para evitar el daño de cada estaca a su paso. Con terror que me congelaba como a las vides, al final del surco, lo alcancé y pude hablarle; le pedí que pare, sin miedo a perder, porque nada tengo, solo este trabajo.

Se dio vuelta, quedamos de frente; él sin rostro por la oscuridad que le daba su sombrero. La luna proyectaba poca luz a su alrededor. Conversamos. Con voz profunda, como salida de las entrañas de la tierra, dijo para no seguir escuchando mis lamentos: —Pedime lo que quieras—.

Hombre de campo, sin estudio, me agarró de apuro. Pedí lo primero que se me pasó por la cabeza: dinero. Mientras, me reía por dentro, pensando en esos dichos locales que no dejan esperanza: "cuando el pobre se arremanga, hasta el culo se le ve", como decía mi abuelo. Sin decir nada, dio media vuelta y se alejó; hizo un gesto con la mano que enfrió el ambiente, pero dejó de congelar las vides.

El dueño de la finca de Corralitos tuvo que vender porque fue el peor año de toda la historia de la finca. La helada quemó todos los cuadros con uvas y los árboles de olivo no dieron aceitunas. Se congeló la savia; plan A, plan B desesperadamente quemado. Todos los recursos desaparecieron sin posibilidad de ganar algo.

Me indemnizaron con un tractor y unos pesos. Me presenté en otra finca, dije que era tractorista (es otro rango) y me tomaron. Fui a despedirme de mi antiguo patrón y a contarle mis buenas noticias; lo encontré colgado de una higuera, con bolsas de plata en el piso que se me pegaron a las manos y me dieron una fuerza extraordinaria para correr sin dejar rastro. Desaparecí por el callejón Puebla, en la calle de tierra con líneas de álamos que reparan el clima, y escondí las bolsas. Y siguió la vida sin delatar lo sucedido.

Hasta yo me había creído que no había pasado nada. Dormía al son de los grillos del zanjón. Como ahora tenía tractor, me pagaban por la máquina y el trabajo. Compré otro, lo justifiqué con que había ahorrado; era propietario y en un año mi vida había cambiado por completo. Ahora trabajaban para mí y la miseria era una sombra lejana.

Hasta que una noche, por otras hileras, cepas de uvas blancas muy finas, volvió "ese". Pidió que le diera pan o cobraba su deuda; su voz esta vez era como un puñal filoso que amenaza. Vino a recordarme quién era y lo que le había pedido.

Sabía perfectamente cuál era el precio de los que hacían trato. Corrí por unos bollos, traje dulce de alcayota recién preparado y un vino para acompañar. Agradeció. No vi su rostro, pero sentí que el frío no iba a congelar las plantas. Dio la espalda y se fue, satisfecho por comprobar mi lealtad.

Ahora el miedo se había instalado en mi conciencia. Aprendí de negocios y compré tierras que trabajaba sin descanso; mi fortuna era producto del trabajo y del terror que no me dejaba dormir. No tengo hijos ni compañera con quien repartir las ganancias ni vendimias. Invertí en más tierra generando cosechas. Quien buscaba trabajo lo conseguía en mis cultivos, pero una vez al año un trabajador se colgaba de una higuera, donde no se guitarreaba el 24 de diciembre, o se ahogaba un niño en el surgente (agua que emana milagrosamente de la tierra).

Nunca supe de cuál de ellas vino "ese" a mis campos, que se extendían entre Corralitos y La Primavera. Eran árboles añosos y llenos de historias que imponían respeto. Colocados misteriosa y estratégicamente para delimitar mis tierras, los higos y las brevas estaban justo en las esquinas de los campos, dando frutos que se maceran en almíbar como una síntesis de la vida: lo dulce y lo amargo mezclado haciéndose uno.

Le daba lo que pedía, pero con la cobardía de entregar a otros, indemnizando bondadosamente a la familia, quedando como el generoso ante la adversidad. Solo los años trajeron con un viento zonda las respuestas a las preguntas que nadie dijo en voz alta.

El gran bodeguero se había suicidado en el mismo árbol que su patrón después de cincuenta años, en la misma fecha y con toda una cosecha perdida. En el campo los trabajadores tienen una fe inmensa, porque el trabajo solo no determina los resultados. Ni al granizo le tienen tanto terror.

Mariel Alberdi escritora

Sobre la autora: Mariel Alberdi

Mariel Alberdi es empleada del Estado, participante del taller literario “Guaymallén oculto”, del programa Barrio Le Parc. Madre, abuela, plantó árboles y quiere escribir un libro, como dicen que debe ser. Nació el 07/07/1972 en Argentina. Correo electrónico: [email protected]

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