Convocatoria de Los Andes: 11 y 6, un cuento de Álvaro Luis Palazzo

En este relato (cuyo título e historia aluden a una célebre canción de Fito Páez), un niño mendiga en un café porteño bajo el riguroso guion de la miseria. Tras recibir una limosna cargada de desprecio, el encuentro con una pequeña vendedora de flores desnuda una cruda realidad compartida.

El pibe caminaba hacia el café repasando el personaje. Tenía que actuar como la madre le había enseñado: la mirada baja, los hombros encogidos y su mano acariciándole el brazo. Era el único truco que tenían para que la panza dejara de gritar. Por dentro, el pibe odiaba tener que hacerse el pobrecito, odiaba ese café y andar mendigando, pero en ese invierno de mierda que se había instalado en su casa, las órdenes de la vieja no se discutían.

Entró. El calor del salón le pegó en la cara, olía a tostado y a plata. Buscó el blanco fácil entre las mesas, gente con el pelo brillante, recién lavado, ropa que nunca había visto un remiendo y manos suaves, de esas que no saben lo que es levantar un ladrillo. Estaban ahí, en su burbuja de risas, viviendo una primavera que no era para su bolsillo. Él, en cambio, traía el frío pegado en la piel.

Se plantó frente a un grupo, dándole la espalda al resto del salón, pero sentía las cabezas de los otros clientes dándose vuelta. Lo miraban como se mira una hormiga que camina por arriba del mantel. Eligió a la mujer que tenía más cara de madre, la que —según su vieja— era más fácil de ablandar.

Y soltó el verso. El mismo monólogo de siempre.

Algunos hicieron esa mueca de “pobrecito” que no cuesta nada. Le respondieron un “No tengo nada” mientras negaban con la cabeza, haciendo sonar los dijes de oro. Hubo quienes evitaron mirarlo a los ojos, como si no verlo fuera suficiente para que el pibe dejara de existir.

Una mujer abrió la cartera y sacó unos pesos. Los tuvo ahí, colgando, mirándolo como quien espera que el perro dé la patita antes de tirarle el hueso. —Tomá —dijo con esa voz finita y sobradora—, pero úsalos bien: que tu papá no se los gaste en la bebida.

Al pibe le subió una risa negra por la garganta. La masticó hasta tragársela. En lugar de escupir, dibujó la sonrisa de nene bueno que el guion exigía. Agarró la limosna, una miseria que iba a tener que dividir entre ocho y que esa noche iba a ser la diferencia entre dormir con algo en la panza o quedarse vacío.

No dijo nada. Sintió una mezcla de asco y lástima por esa gente. Tipos que se piensan que, si estás en la calle, es porque querés. “El que no labura es por vago”, dicen. Y ahí los tenés, sentados, tomando café, dándose palmaditas en la espalda entre ellos. Creyéndose que se las saben todas.

Ya se estaba yendo cuando vio un clavel apoyado sobre una servilleta. En la mesa de al lado había otro. Y otro más allá. Siguió el rastro de flores hasta que se chocó con ella: una nena chiquita, con el pelo negro tapándole media cara y un ramo de claveles envueltos en diario.

La nena iba de mesa en mesa murmurando algo que el pibe no entendía. Detrás de la cortina de pelo, le vio los ojos. Como de hojalata. Ojos sin brillo, vacíos, puestos ahí por obligación. Se reconoció en esa mirada y sintió un nudo en la panza.

Le dio asco verse así, desde afuera. Ver esa humillación necesaria. Pero no pudo enojarse con ella. Se acercó un poco, esperó hasta que ambos se vieran a los ojos.

La nena ni lo registró. Pasó por al lado suyo como si fuera un poste y fue levantando los claveles de las mesas donde no le habían dado nada. El pibe recordó que a su edad él también escribía notas que dejaba en las mesas: “Somos ocho”, “No tenemos nada”. La vieja siempre decía que de chico daban más lástima; que de grande ya no te daban ni la hora. Pensó en su hermano mayor, que ya andaba vendiendo bolsas de consorcio en los semáforos para rascar unos pesos.

La nena juntó los claveles y salió del café. Sonó la campanita de la puerta como un aviso. El pibe se quedó ahí, mudo, hasta que un mozo con cara de ortiba lo sacó a los gritos a la vereda.

Buscó a la nena, pero la calle ya se la había tragado. Lo único que quedaba era, a lo lejos, un clavel tirado en el piso; resaltaba lo pulcro que era entre la mugre de la vereda. Caminó hasta ahí y lo levantó. Entonces la vio: estaba subiéndose al micro, en una parada a dos cuadras.

Se fijó en el bolsillo. Tenía lo justo. No lo pensó. Corrió, aunque le doliera el tobillo por salir tan de golpe, aunque le doliera debajo de la costilla por correr agitado. El micro esperaba a que terminara de subirse la cola de pasajeros; en una de esas llegaba. El pibe cruzó un semáforo en verde; un auto frenó de golpe cuando pasó y el conductor le tiró una puteada que se perdió.

El micro arrancó y aceleró por la avenida. Se fue. Vio el micro irse y se quedó con el clavel en la mano. Un pedazo de color entre tanta vereda gris. Lo apretó hasta que el tallo se quebró. Metió el tallo y los pesos en el bolsillo y empezó a caminar para otro lado. Ya iba a pasar otro micro. O quizás no.

Álvaro Luis Palazzo

Sobre el autor: Álvaro Luis Palazzo

Álvaro Luis Palazzo nació en Mendoza, el 10 de octubre de 2007. Desde niño su fascinación por el cine lo llevó a querer ser actor y, a los 11 años, comenzó a escribir guiones como pasatiempo. Sin embargo, fue durante la pandemia cuando se volcó definitivamente hacia la literatura. En un taller de producción de textos en la secundaria; allí ganó la confianza necesaria para participar en concursos literarios. De esta experiencia, Álvaro concluyó: “El mundo se divide entre quienes se concentran en lo que los demás piensan de ellos y quienes, absortos en sus propias ideas, no dan importancia real a lo que hace el resto”.

Declaración del autor sobre uso de inteligencia artificial (IA)

Este cuento fue escrito con asistencia de herramientas de inteligencia artificial generativa, representando dicha intervención menos del 30% del total del trabajo final.

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