Los evacuados de 1986 por Chernóbil perdieron sus casas, sus pueblos y su mundo. Llamativamente, muchos eligieron una última revancha: ser enterrados donde nacieron, junto a sus ancestros, aunque el suelo esté contaminado para siempre. Una de las más increíbles historias funerarias que conocemos al cumplirse un nuevo año de la tragedia nuclear.
Un ataúd en el asiento de atrás
Era mediodía de un día de 2011 cuando el viejo automóvil avanzaba por una ruta bordeada de pinos, cerca de la frontera entre Ucrania y Bielorrusia. En el remolque que arrastraba iba un cajón de madera armado a las apuradas, una cruz tallada en un tronco y el cuerpo de su madre, Mariana. No iba a un cementerio cualquiera: iba a Zamochintzi, la aldea donde ella había nacido, vivido y de la que fue expulsada a los cincuenta y tantos años, un día de 1986, cuando las autoridades soviéticas le dijeron que se llevara lo mínimo porque supuestamente en tres días volvería a casa.
Nunca volvió. Hasta ese momento.
Para entrar a la zona de exclusión de Chernóbil —ese círculo de treinta kilómetros de radio declarado inhabitable después del accidente del 26 de abril de 1986— hace falta un permiso. La familia de Mariana lo tramitó días antes ante la Agencia Estatal de Gestión de la Zona de Exclusión para poder sepultarla en su pueblo, cumpliendo su último deseo.
Noventa y cuatro pueblos, noventa y cuatro cementerios
El caso de Mariana no es único, muchos antiguos habitantes obtuvieron y obtienen autorizaciones similares. Lo piden antes de morir. Sus hijos tramitan el permiso, cargan el cajón y entran. Es la única forma de cumplir ese último deseo.
Cada aldea evacuada tiene su cementerio. Son en total noventa y cuatro. Todos de tierra y cruces ortodoxas, donde descansan los abuelos, los bisabuelos y los tatarabuelos de los que fueron expulsados. Nadie los clausuró, nadie los trasladó, nadie movió una sola lápida. Quedaron ahí, del otro lado de la barrera, dentro de la zona prohibida, como si el tiempo se hubiera detenido hace cuarenta años.
Con el paso de los años, los camposantos fueron consumidos por la naturaleza. El bosque, que en la zona de exclusión creció sin ningún control humano desde hace cuatro décadas, avanzó sobre los senderos, los portones, las cruces. Hoy, las imágenes que los pocos fotógrafos que tienen acceso traen de vuelta muestran tumbas cubiertas de maleza, letreros soviéticos herrumbrados al lado de cruces de madera vencidas, y caminos que ya no existen.
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Sobrevivientes y exresidentes de la zona de exclusión regresan para rendir homenaje a sus seres queridos enterrados en cementerios afectados por Chernóbil.
Pierpaolo Mittica
Las últimas guardianas
Hubo, durante años, personas que se negaron a dejar esos cementerios solos. Se llaman samosely, que en ucraniano significa algo así como "los que se quedaron por su propia voluntad". Son los ancianos —en su mayoría mujeres, las babushkas, las abuelas— que regresaron ilegalmente a sus aldeas después de la evacuación, o que directamente se negaron a marcharse. Las autoridades soviéticas primero, y las ucranianas después, intentaron expulsarlos repetidamente. Con el tiempo, desistieron.
En su pico, llegaron a ser más de 1.200. En 2007 quedaban 314. Hoy son menos de 200, repartidos en once aldeas dentro de la zona, con una edad promedio que ronda los setenta y tantos años. Sobreviven con lo que cultivan en sus huertas contaminadas y lo que les llevan los pocos visitantes que se acercan. No tienen agua corriente, ni transporte, ni médico de cabecera. Pero están en casa.
María Shovkuta tenía 89 años cuando el fotógrafo italiano Pierpaolo Mittica la retrató en su casa en la aldea de Opachici, rodeada de las paredes de toda su vida. Murió en 2020, a los 92, dentro de la zona. Hanna Zavorotnya aguantó hasta los 92 también, falleciendo en 2024. Su amiga María, de 98 años, es hoy la última habitante de su aldea, Kupovate. Cuando ella muera, esa aldea quedará definitivamente vacía. Y su cementerio, definitivamente huérfano.
Lo que la guerra terminó de romper
Si la radiación fue el primer golpe y el tiempo el segundo, la guerra fue el tercero. Desde la invasión rusa de 2022, la zona de exclusión de Chernóbil se convirtió también en escenario bélico. Las tropas rusas avanzaron por allí en las primeras semanas, excavando trincheras en suelo contaminado. Los incendios forestales provocados por la caída de drones arrasaron 22.000 hectáreas de bosque, liberando de nuevo partículas radiactivas al aire. Varios puentes que cruzaban los ríos de la zona fueron destruidos, haciendo inaccesible la parte este del territorio. La frontera con Bielorrusia, antes permeable, fue parcialmente vallada.
Todo eso significa, en términos concretos, que hay cementerios de aldea a los que ya no se puede llegar. Familias que querían enterrar a sus muertos ahí y no pueden. Investigadores que estudiaban el estado de esos lugares y debieron abandonar sus trabajos. La guerra no solo mata a los vivos: también entierra, una segunda vez, a los que ya estaban muertos.
El cementerio que nadie puede olvidar
Lejos de allí, en Moscú, hay otro cementerio ligado para siempre a Chernóbil. Es el Mitinskoe, donde descansan los bomberos que murieron en los días inmediatamente posteriores al accidente. Fueron los primeros en llegar al reactor incendiado, sin saber bien qué los esperaba, sin el equipamiento adecuado, sin información. Murieron en cuestión de días o semanas, con el cuerpo destruido por enormes dosis de radiación. Fueron enterrados en ataúdes de cemento, sellados, para contener la radiactividad que seguían desprendiendo sus restos.
Los cementerios de Chernóbil no son solo lugares donde se entierra a los muertos. Son el mapa de todo lo que se perdió: las aldeas, las familias, las raíces, la vida entera de cientos de miles de personas. Y mientras el bosque sigue creciendo sobre las cruces y la guerra sigue quemando el bosque, esos muertos esperan, pacientes, a que alguien los recuerde.