9 de noviembre de 2014 - 00:00

Cruzar la calle y vernos desde otra perspectiva

El autor propone analizar qué tanta verdad hay en la propaganda de que fuera del oficialismo “no hay nadie”.

Hay un tópico reiterativo que nos obsesiona y al que regresamos la mayor parte de los periodistas con alguna pretensión de independencia, una y otra vez: el Gobierno, el oficialismo, el kirchnerismo, Cristina. Durante once años, la sociedad argentina ha tenido una dosis de kirchnerismo en sangre inusitada. Pero, precisamente para transitar por el otro lado, para cruzar la calle y vernos desde otra perspectiva, propongo comenzar a preguntarnos, cuando todavía tenemos tiempo, si es cierto que del otro lado “no hay nadie”.

Se reitera la frase hace años, a lo que ha contribuido en gran medida la totalidad de las fuerzas opositoras, generosamente apoyadas por un gobierno al que le interesa primordialmente instalar para siempre la idea de que no hay nadie a quien votar que no sea el oficialismo. Se suele menear como consigna periodística, o facilitador lingüístico, la idea de progresismo, palabra en torno de la cual hemos reflexionado poco en la Argentina, pero ha sido adoptada y -como muchas frases y consignas- es muy difícil sacársela de encima. ¿Es la palabra más adecuada? Tengo para mí que, en algún sentido, sí y en otro sentido, no.

La idea de progreso aparece asociada a relatos ideológicos muy diferentes. El gobierno que la Argentina tiene hace casi ya once años se define a sí mismo como parte del espacio “progresista”. Son cada vez más los argentinos convencidos de que este gobierno no lo es, sino que -en muchos sentidos- es retardatario. Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de progresismo? ¿Cómo lo definimos? ¿Cómo organizamos la topografía del progresismo argentino? Se hablaba durante una época de socialdemocracia, centroizquierda, frente radical socialista, pero lo cierto es que ese espacio existe, más allá de la polémica por el nombre, que no es pequeña. ¿Cómo caratularlo? ¿Cómo ubicarlo? ¿Cómo se colocan estas fuerzas de cara al papel del Estado? ¿Qué papel le asignan o qué rol creen que debe tener el mercado?

Cuando aludo al mercado hablo de fuerzas productivas privadas, de capital, sin darle a la palabra capital un sentido peyorativo que tienda a desconsiderarlo o subestimarlo. ¿Cómo asumen el diálogo como correa central de transmisión, como manera de conducirse en una sociedad compleja como es la Argentina del siglo XXI? ¿Cómo se sitúan de cara a la existencia de las instituciones, no como reiteración retórica y saludo a la bandera sino como profunda convicción de que no existe progreso sin instituciones que merezcan ser llamadas de esa manera?

Separación de poderes quiere decir lo que la Constitución Nacional Argentina establece claramente: el poder radica en una combinación de factores, uno de los cuales, desde luego central, es el Poder Ejecutivo, pero no el único, porque la voluntad del pueblo se expresa en el Congreso y porque además la República no es tal si no existe una Justicia positiva y fehacientemente independiente de los vientos políticos. Este espacio debe definir cómo se coloca ante el mercado, qué papel le asigna al Estado, dónde debe terminar el alcance del

Estado y dónde comenzar el verdadero y predicado diálogo, qué peso específico tienen las instituciones, qué tan separados están los poderes. Si hablo de instituciones y de diálogo, hablo de separación de poderes, otra frase utilizada a destajo y que en los últimos años de la Argentina se ha convertido en una virtualidad, en una abstracción.

Creo que éstas son cuestiones centrales a la hora de definir a qué se llama un esquema progresista, pero hay muchas otras: cómo colocarse ante el mundo. ¿El mundo es un enemigo o una oportunidad? ¿Está confabulado para conspirar contra nosotros o puede ser la puerta de entrada a la prosperidad? ¿Es el conjunto de países que oprimen, cercenan libertades y se manejan de manera despótica o -por el contrario- vamos a asociarnos a un mundo donde prevalecen libertades, garantías, respeto, serenidad y previsibilidad?

¿Creemos, realmente, que alentar el consumo irresponsablemente es la única manera de progresar? Ahí también hay una definición de progresismo. Finalmente, ¿pensamos que la inflación, aunque sea “un poquitito”, es buena o es nefasta, como quiera que sea? Estos son tópicos sobre los que centrar el debate de cara a 2015.

Un espacio que aspira a denominarse verdaderamente progresista y no un revival de la Alianza de fines de los años ’90, debe pensar seriamente en la vigorización del partido político como esquema central de una sociedad democrática. Y debe hacerse preguntas que pueden ser incómodas. ¿Cuánta disciplina y cuánta lealtad tienen que existir en un partido y en una fuerza para recibir la respetabilidad de la gente? O, dicho al revés, ¿cuánta indisciplina e infidelidad tiene que verificarse para quitarse de encima conductores que no nos plazcan? Nos ha pasado con el centroizquierda, con el progresismo. El radicalismo, por ejemplo, ¿procesó a fondo lo que pasó con Julio

Cobos en 2007, y no solo con él sino también con el santiagueño Gerardo Zamora y los gobernadores que, elegidos por el radicalismo, se pasaron con armas y equipaje a las filas del nuevo oficialismo peronista?

Habrá que pensar en las condiciones personales, la trayectoria y la competencia personal de los que quieren representar estos nuevos espacios progresistas en 2015. Hay un tema de carisma, de “ángel”, pero sobre esto no se puede racionalizar mucho, tiene que ser en todo caso el eslabón final de un proceso previo. Las tres figuras que aparecen claramente posicionadas con mayor vigor como presidenciables, son las del abogado Ernesto Sanz, que tiene 56 años y tendrá 58 en 2015, el ingeniero Julio Cobos que tiene 58 y tendrá 60 en 2015, y el médico Hermes Binner que tiene 70 y tendrá 72 en 2015.

¿Qué se le puede objetar a estas fuerzas del denominado progresismo? Las objeciones son conocidas y mencionarlas no es necesariamente convalidarlas, pero es un prurito de prolijidad y corrección periodística. Hay quien dice que, en definitiva, este progresismo es un kirchnerismo prolijo, porque no objeta en el fondo mucho del espíritu que ha marcado las políticas populistas de estos años, incluyendo la Ley de Medios, la nacionalización de Aerolíneas Argentinas e YPF y la eliminación de las AFJP. Mucha gente no olvida la vicepresidencia del ingeniero Cobos con Cristina. También este progresismo tendrá que plantearse si puede seguir pensando que la palabra liberalismo es un insulto y si el terror al mercado puede ser más importante que el terror a la omnipresencia del Estado.

¿Qué tienen en definitiva a favor, o qué podría llegar a tener a favor, esta conjunción en un mediano-largo plazo del llamado centroizquierda o del progresismo? Las convicciones y los valores; se habla mucho de ellos pero están tan poco en vigencia: decencia personal de los conductores de este proceso, razonabilidad de sus propuestas, la auténtica convicción y praxis de un pluralismo no declamado sino practicado en la vida real, poder coexistir con otros sin pensar que el que no piensa exactamente como yo es mi enemigo y, desde luego, la moderación.

La Argentina viene de casi once años de excesos. Reclama de manera intensa, fuerte y poderosa que haya moderación para encarar los tremendos problemas que nuestra sociedad afronta. Esto es para inspeccionar lo que está sucediendo, para dejar de lado la obsesiva recriminación a las cosas que hace mal el Gobierno, que son muchas, y situarse aunque tan luego sea, mínimamente, en las otras posibilidades.

Muchos de estos razonamientos e interrogantes los verbalicé, con parecidas o diferentes palabras, en un editorial por Radio Mitre a comienzos de año. En esencia, no me rectifico en nada. Diez meses después, siguen siendo básicamente vigentes.

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