La teoría sostenida por los nestoristas expulsados del paraíso, referida a las diferencias sustanciales entre uno y otra no resiste el análisis. Es cierto que la presidencia de Néstor fue muy distinta a las de Cristina, pero tan cierto como que dos tercios de la primera presidencia de ella fueron políticamente conducidas por él, con tanta o más pasión de la que puso en su propia y anterior gestión. O sea que, en todo caso, podría hablarse de un primer Néstor y un segundo Néstor, enfrentados entre sí, pero eso tampoco es verdad.
A los pocos meses de asumir Cristina, Néstor decidió iniciar otra etapa, que comenzó con la guerra declarada al campo, continuó con la guerra al periodismo y desde allí no cesarían jamás las guerras inventadas (o al menos autodeclaradas) como principal método de supervivencia K. Si bien Cristina fue la primera, principal y más convencida “soldada” de tales guerras, el inventor fue su esposo, no ella. En todo caso, ella explicaba en largas parrafadas discursivas lo que él ejecutaba en los hechos. Así ella iba construyendo el relato de la gesta K, que ya sin él, devendría -de lejos- su principal política. Y es desde allí donde aparece un primer gran sello distintivo de ella, que a la larga sería el basamento principal de Cristinópolis.
Aunque se complementaran perfecta y armoniosamente, las relaciones que tanto Néstor como Cristina quisieron establecer con el país por ellos gobernado, no fueron iguales.
Néstor, como buen caudillo y peronista, pero con una ambición que superaba a todos sus pares, desde que asumió la Presidencia buscó ser el dueño, el patrón de la Argentina, se la quiso comprar entera, hacer de todo lo público su propiedad privada. En otras palabras, hacer de sus intereses privados y los públicos una sola y única cosa. Un caudillo rey, con lógica feudal pero con fines imperiales, donde democracia y república se separaban drásticamente en tanto organización institucional de la Nación.
Carlos Menem creyó que siendo el principal testaferro de todos los poderes reales de la Argentina, sería el hombre más poderoso del país. Mientras que Kirchner -casi en sus antípodas- supuso que para ser el hombre más poderoso del país (y de ser posible, el único) debería lograr que todos los poderes sectoriales fueran testaferros suyos. Con la zanahoria de la lucha contra las corporaciones, lo único que quería es que existiera una sola corporación llamada Kirchner y Familia SA.
Ese proyecto de Néstor no es lo principal en la visión nacional de Cristina. No lo rechaza salvo en algunos de sus efectos, pero tampoco la obsesiona, excepto en tanto heredera y para honrar la memoria de su esposo. Aunque sabedora también de que si quisiera desarmar esa estructura toda su construcción volaría por los aires. O sea, por afecto o por necesidad, ella también se siente partícipe de la idea de que la Argentina es de su propiedad, aunque quiere tener menos “testaferros” que su marido, y de allí su mayor estatismo.
Pero su verdadero proyecto es menos ambicioso, materialmente hablando, que el de Néstor, aunque culturalmente es hasta el infinito más ambicioso. Cristina no se interesa tanto por ser la propietaria de la Argentina, sino que la Argentina sea como ella, a su imagen y semejanza. Que la Nación sea una prolongación de su persona, pero no transformando a su persona para identificarse con el país, sino transformando al país para que se identifique enteramente con su persona.
Desde esa lógica, todos los habitantes del país serían células del único cuerpo realmente existente, el de ella. Hay células sanas, que son las que contribuyen a darle vida a su proyecto, y las que se le resisten serían células enfermas, a las que se debe combatir. La identificación entre país y persona alcanza con Cristina ribetes inmensamente superiores incluso a los que alcanzó con Néstor.
Desde el inicio de los tiempos K, ella le dio justificación ideológica al modo de acumulación de Néstor. Él, como Menem, tomó una ideología políticamente minoritaria pero social o culturalmente muy influyente dentro de determinado sector social (empresarios o intelectuales, según el caso) y la puso al servicio total de su proyecto de poder. Ella siempre fue una setentista periférica, parte de esos cuadros políticos de los años ’60 y ’70 a los que les bastaba leer algún opúsculo de veinte páginas de Carlos Marx para explicar mejor que su autor los tomos enteros de “El Capital”, sin haberlos leído jamás.
Ese “solaperismo” juvenil (de leer sólo las solapas de los libros para explicar todo su contenido) con el cual miles de jóvenes de clase media se sintieron peronistas y revolucionarios de un día para el otro cuando hasta el día anterior eran, en su mayoría, antiperonistas y conservadores, Cristina lo conservó por siempre, como una adjetivación para explicar por izquierda a las gobernaciones santacruceñas de Néstor, no demasiado izquierdistas por cierto.
Pero al llegar a lo más alto en la Nación, se tomó en serio su papel hasta entonces adjetivo, y su vocabulario políticamente correcto, progre, esquemático y aburrido, devino en mítico y legendario a partir de los adornos y oropeles con que a todas las cosas pinta el poder. De tan anticuado su discurso devino posmoderno.
Tanto se creyó su papel que mientras les da a algunos de los testaferros de Néstor especializados en concesiones de obras y servicios públicos el dominio cultural de medios de comunicación, por el otro lado le entrega a ideólogos abstractos el manejo de la economía real. A Néstor no le hubiera molestado que algún testaferro suyo deviniera zar de medios, pero sí hubiera retado a Cristina por ideologizar el manejo de la economía. Aunque fuera un reto leve.
Con su ideologismo a cuestas, Cristina busca remover la tierra todos los días y en todo momento, aunque al final nada se mueva en serio. Remueve, no forja cimientos. Dicho de otro modo, como no puede o no sabe cambiar nada sustancial, entonces busca ofrecer una imagen de movimiento perpetuo (en el fondo su propuesta es conservadora porque su ideología, que quizá fuera progresista hace 40 años, hoy es retardataria porque no se actualizó, o si se actualizó ella tomó la versión desactualizada, mucho más útil para forjar mito y relato que para cambiar la realidad).
Es, además, incapaz de institucionalizar su propio modelo porque el mismo se basa en la desinstitucionalización, o en la personalización absoluta. Y también es incapaz de la “revolución permanente” porque eso implicaría autocrítica, algo que no figura en sus genes políticos. O sea, no puede consolidar su modelo porque no lo sabe despersonalizar ni rectificarlo porque no sabe autocriticarse.
Tanto Néstor como Cristina coincidían en que la política no es conducir (persuadir), ni transformar, sino básicamente acumular. Dinero y poder, todo lo tangible él, mientras que ella le da mucha importancia también a lo intangible, a lo simbólico. “Vamos por todo” es nada más que eso, siempre correr hacia adelante porque si en algún momento se detiene, se puede ver al rey o la reina desnudos. Se va por todo porque no se sabe ir hacia adelante. Y se reinterpreta el pasado porque no se lo requiere para entender el presente sino para, tergiversando uno, tergiversar el otro.
Sin embargo, con todo esto le alcanza y sobra a la Presidenta para haber transformado la Argentina política en su particular y amada Cristinópolis. Por lo cual, volviendo al interrogante que dio lugar a esta nota, no se trata tanto de hablar mucho o poco de Cristina o de sus por ahora inexistentes alternativas, sino de la Argentina y los argentinos todos, porque ya sea para defender como para criticar a las políticas K, es indispensable analizar previamente las condiciones sociales que permitieron que lo que ocurre esté ocurriendo.