19 de mayo de 2019 - 00:00

Cristina vice: ¿repliegue táctico o declinación? - Por Edgardo R. Moreno

La ex presidenta anunció una fórmula en la que aparece segunda, con antelación suficiente como para cambiarla antes del cierre de listas.

¿Qué resolvió Cristina?  ¿Ingresar a su postulación presidencial por la puerta chica o huir de esa candidatura por la claraboya?

La expresidenta anunció por sorpresa una fórmula en la que aparece segunda, con antelación suficiente como para cambiarla antes del cierre de listas para las primarias de agosto.

Es una señal intensa, al mismo tiempo que reversible. Destinada a recuperar una centralidad política amenazada. Si se tuviese que señalar un momento en el que Cristina comenzó a ocupar ese espacio, habría que remontarse al “momento Isonomía”. Cuando una encuestadora afín al oficialismo pronosticó un amplio triunfo del kirchnerismo en el balotaje. El oficialismo se durmió en Semana Santa y dejó correr las dudas. La encuesta era poco creíble, aclararon después sus autores. Ya era una acotación menor. Los tenedores de bonos le creyeron y vendieron sus activos argentinos. Y eso fue el dato fáctico. En favor de Cristina. Una inconfundible demostración de poder.

El kirchnerismo diseñó entonces su paso de campaña. Una ola indetenible y en ascenso, motivadora para los propios, intimidante para los ajenos. En la Feria del Libro, con una multitud a sus pies, consolidó esa imagen. Mientras en el oficialismo azotaban a Macri las dudas de sus electores y las operaciones de sus aliados para negociar posiciones con cargo a la debilidad de su candidatura.

Cristina creció pero apareció. Comenzó a hablar como candidata.

Arreció entonces el “momento Córdoba”. Una elección en la que la expresidenta fue la tercera excluida: ganó con amplitud el gobernador peronista más distante de sus derivas autocráticas. Consolidando un espacio de moderación política donde Macri todavía cree posible trabajar su reelección.

El kirchnerismo reaccionó rápido al desafío discursivo que plantó el gobernador cordobés, Juan Schiaretti. Con el aval de un triunfo contundente, Schiaretti postuló que el peronismo será republicano, o no será. Cristina respondió con una visita al Partido Justicialista. Consiguió el aval de una minoría de gobernadores, poco significativa. Y el respaldo de algunos opositores a los gobernadores actuales que, a diferencia de Schiaretti, todavía disputan la retención de sus distritos.

El pleito del peronismo quedó expuesto. Y aunque Cambiemos se desangraba en esas mismas horas en una interna impiadosa a cielo abierto, la centralidad de Cristina perdió viento.

Fue dicho y en este mismo espacio: la polarización de la campaña por la Presidencia comenzaba a adoptar un formato reconocible: Cristina elocuente y un kirchnerismo coercitivo, frente a un electorado silencioso. En Córdoba, esa expresión silenciosa tomó forma en un distrito de peso relativo imposible de desconocer.

Sin embargo, no fue ese el último de los instantes críticos que atravesó en estos días el proyecto de Cristina Fernández. Por unas horas la expresidenta festejó el “momento Lorenzetti”. En un fallo inédito la mayoría de la Corte Suprema de Justicia intentó hacerle un favor: demorarle hasta después de la campaña la imagen incómoda de su comparecencia en el banquillo de los acusados en un juicio oral y público. Al lado de Julio de Vido y Lázaro Báez.

La Corte Suprema de Justicia se enlodó con esa decisión en el fango de la campaña, destrozó retazos de su alicaído prestigio y se enfrentó con una opinión pública que percibió sin ambages un acuerdo orientado a la impunidad.

El retroceso de los cortesanos fue también indecoroso. En un comunicado publicado a la apuradas, pese a su pretensión insólita de carácter normativo, aparecieron hasta las dudas del borrador, entre paréntesis. “Ojo con esto, por si hubiera alguna disidencia”, alertaba el redactor oculto al publicador incauto.

Por segunda vez en menos de una semana, el electorado silencioso volvió a hablar. Lo que vino después fue el “momento Alberto”, el anuncio de la fórmula cristinista.

En el Gobierno, siguieron la secuencia con expectativa. De pronto, el escenario de la polarización contra Cristina aparece por primera vez seriamente disminuido. María Eugenia Vidal teme que la secuela del anuncio sea la sumatoria de Sergio Massa al espacio de la dupla Fernández-Fernández. En las cercanías de Rogelio Frigerio advierten: Cristina está dando muestras de la flexibilidad que se le exige al macrismo.

Cada vez se restringen más los espacios para dogmatismos y ortodoxias. Si Cristina confirma su decisión en junio, no estará en el debate presidencial y puede bajar el perfil para no espantar indecisos.

Pero no es la única mirada posible. La contracara de la flexibilidad es que al diseño de campaña napoleónico, con el tirano de Elba acercándoselo a París le entraron dos balas en zonas sensibles: Córdoba y tribunales.

En el cristinismo puro y duro el alineamiento es absoluto, pero las dudas silenciosas carcomen igual que en el resto del escenario.

¿Y si en lugar de un repliegue táctico, Cristina ya está preparando su salida estratégica? 
El kirchnerismo conoce de memoria ese escenario. Llegó al poder cuando el mismo síndrome del balotaje interruptor se adueñó del expresidente Carlos Menem.

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