¿Cristina Kirchner perdió el timing?, esto es lo que se preguntan opositores y oficialistas por estas horas. Para unos y otros es difícil de entender por qué la jefa del Estado eligió como eje de la inminente batalla electoral una muy polémica reforma del Poder Judicial que ni siquiera enamora a sus más fieles soldados, justo cuando en la opinión pública y en la Justicia arrecian denuncias de lavado de dinero, enriquecimiento ilícito y dineros mal habidos sobre todo el círculo áurico del poder K.
Y por qué redobló la apuesta cuando giró la semana pasada al Congreso un proyecto para que los evasores blanqueen sus dólares comprados en el mercado ilegal sin preguntarles el origen de los fondos. ¿Acaso el Gobierno no se da cuenta de que las clases medias urbanas, de las que depende toda victoria electoral, están expresando un descontento generalizado?
La interpretación que hacen tímidamente algunos kirchneristas abreva en el pragmatismo que caracteriza la genética peronista. Según esta lectura, la Presidenta prefiere hablar de "justicia legítima" versus "justicia corporativa", apelar a temas a priori abstractos y complejos, porque la crujiente marcha de la economía no le da tranquilidad en las urnas.
Esta interpretación podría enmarcarse en la teoría del mal menor. Por eso el Gobierno busca que los temas más acuciantes para la ciudadanía, como la inflación o la incertidumbre laboral, pasen a un segundo plano. Es lógico: el escenario hoy es totalmente diferente al de 2011, cuando la Presidenta consiguió ser reelecta por goleada hablando de crecimiento y logros de gestión.
Desde que Cristina Kirchner asumió como presidenta, en diciembre de 2007, la inflación creció 195% y el peso puesto frente al dólar cayó un 67%. La devaluación negada por el kirchnerismo con énfasis es en rigor un hecho consumado, como lo es la pérdida de poder adquisitivo del salario de los trabajadores.
Esta falta de resultados de la política económica, admitida por el propio Gobierno a través del proyecto que habilita a evasores a declarar sus dólares -luego de haber intentado sin éxito "pesificar" la mente de los argentinos-, llevó a la Presidenta a usar una estrategia que a la oposición no le dio resultados en 2011: hablar de instituciones y valores.
Esta semana, sin ir más lejos, Cristina Kirchner llevó su atril a dos populosos distritos del conurbano, La Matanza e Ituzaingó, y allí disparó contra la Justicia "corporativa" que "no sirve a los ciudadanos sino a los poderosos". Se permitió incluso abordar un tema que planteó el 1° de marzo cuando visitó el Congreso. En aquella oportunidad acusó a los jueces de dejar salir a los delincuentes para que vuelvan a cometer ilícitos y, alejándose de sus referentes intelectuales en la materia como Raúl Zaffaroni, pidió no hablar más de garantismo y de mano dura.
La inseguridad, que para el Gobierno antes era sólo una sensación, es ahora culpa de los jueces, que no hacen bien su trabajo, y de los policías provinciales, que tienen connivencia con el delito organizado.
¿Hay otra manera más sencilla de acercar la propuesta de una "nueva Justicia" que hablar de delincuentes que entran por una puerta y salen por otra? Claro que quien lo pregona es la misma persona que lleva diez años en el poder y que propuso seis leyes de "democratización de la Justicia" que no modifican ni el Código Penal ni el de Procedimientos ni le hacen más accesible a la ciudadanía la posibilidad de litigar cuando se le vulnera algún derecho.
Estas normas sólo generan un diseño institucional que le permita al partido que gane las elecciones controlar el organismo que nombra y suspende jueces. Pero el cinismo y la ironía forman parte de cualquier tradición política.
Evidentemente, Cristina Kirchner teme más que el debate gire en torno a la gestión y la economía. Las encuestas señalan que tras las inundaciones en La Plata, quien era su principal candidata para la batalla bonaerense, su cuñada Alicia Kirchner, cayó estrepitosamente. El apellido Kirchner ya no rinde como hasta hace solo un año, dicen los sondeos.
Por eso llamó mucho la atención que, también esta misma semana, la Presidenta mantuviera dos videoconferencias con Sergio Massa, el político que mejor mide en la provincia de Buenos Aires, territorio del que dependerá la performance electoral del oficialismo y la posibilidad del "cristinismo" de continuar en el poder más allá de 2015.
A diferencia del discurso del 1° de marzo en el Congreso, cuando la jefa del Estado cuestionó al intendente de Tigre por el "mal uso" de las cámaras de seguridad que hay en dicha localidad, esta vez el trato fue cordial. La apuesta de la Casa Rosada es que Massa se preserve, al igual que Daniel Scioli, de jugar en estas elecciones para que le despejen el camino al kirchnerismo, que aún no tiene candidato, en la batalla que deberá dar frente al verdugo de Néstor Kirchner, Francisco De Narváez. Pero Massa duda y en su entorno dicen que está tentado de ser quien inicie el post-kirchnerismo jugando con un partido propio.
La Presidenta también mira con preocupación lo que pueda pasar en Mendoza, pese a que este año el kirchnerismo sólo renueva la banca de Omar Félix en la Cámara baja y es la oposición la que pone más en juego. Pero el hecho de que Julio Cobos esté decidido a ser candidato a diputado convulsiona al peronismo entero. Por estas horas, los popes del PJ local definen cómo cerrar una lista que le pueda ganar a Cobos. Creen que sea quien fuere el candidato del Frente para la Victoria que pueda conseguir esto, Cristina no lo vetará.
El problema es que ningún dirigente cumple por ahora este requisito. Algunas voces se entusiasman pensando en que el candidato que ponga la Presidenta para el Consejo de la Magistratura, lista que irá a la derecha de la boleta K, podría ayudar al PJ local. Pero son más los que creen que incluso esto podría complicar más al Gobierno provincial y a los intendentes peronistas, que necesitan ganar para controlar tanto la Legislatura como los respectivos Concejos Deliberantes.
La posibilidad de desdoblar las elecciones provinciales de las nacionales no está en la cabeza de nadie. Pérez no está en condiciones de desairar a la Casa Rosada, bajo ningún punto de vista. Pero el Gobernador sí piensa en otro posible desdoblamiento: la elección de los convencionales constituyentes que deberán redactar una nueva Constitución.
Claro que antes deberá definir si usará el plebiscito hecho en 2001 por Roberto Iglesias (que según la interpretación de la Suprema Corte no tuvo la cantidad de votos suficientes para permitir una reforma). Cerca del Gobernador creen que el tema pasará para 2014 porque de hacerlo ahora -jugando la carta del referéndum de 2001- la puja Cobos versus kirchnerismo y la pelea Justicia K versus Justicia independiente podría echarle a perder el sueño reeleccionista al Gobernador.