La perestroika propuesta en Rusia por Mijail Gorbachov tenía como objeto reformar profundamente el sistema socialista soviético para preservarlo. Luego todo se fue de las manos cuando se supo que el sistema era irreformable. Cristina Fernández quizá esté
Al poco tiempo del deceso de Néstor Kirchner, a principios de 2011, la presidenta Cristina Fernández se sintió influenciada, un breve lapso, por el síndrome de la moderación. Como que quisiera comenzar un camino propio-propio, ya sin el cogobierno de su esposo.
Cuando Cristina quiso ser moderada. En esos momentos definió a un "político de veras" como "aquél que soluciona conflictos, no el que los genera", cuando todo el kirchnerismo ideológico (encabezado por el recientemente fallecido Ernesto Laclau) sostenía que la política es la permanente generación de conflictos para que quede clara la división entre el campo amigo y el enemigo. Cosa que Néstor Kirchner compró no tanto por ideología sino por conveniencia y también por temperamento, porque le gustaba pelearse con todos.
Cristina decía entonces de los piquetes que "cuando protestemos, hagámoslo un poco en la vereda y en el cordón para que la gente pueda circular y llegue a la escuela, al trabajo".
Algún tiempo después también pensaría en ir eliminando los subsidios a las tarifas públicas.
Cuando Cristina quiso ser Chávez. Todas esas actitudes de moderación estallarían en pedazos al poco tiempo, quizá cuando descubrió que la herencia de su marido incluía muchas más cosas non sanctas de las que imaginaba y entonces el camino para evitar una revisión de las mismas no era marchar hacia una "perestroika" sino hacia una "profundización" de la revolución para así ocultar, dentro de la épica del "vamos por todo", los negociados económicos imposibles de desmantelar por el carácter estructural que ya habían adquirido dentro del sistema K. Pero, aclaremos, nuestra hipótesis no sostiene que Cristina ignoraba en qué andaba su esposo, sino que no imaginaba la magnitud colosal, irreversible definitivamente, de sus andanzas.
Desde entonces Cristina buscó ser la imitadora y/o continuadora de Hugo Chávez en la región, vislumbrando a Venezuela como la meta hacia la cual avanzar, por más delirante que hoy suene. Sólo desde esa "visión estratégica" es posible explicar demencias geopolíticas como el acuerdo con Irán.
Cuando Cristina se hizo heterodoxa y contracíclica. En esa línea, a mediados de 2011 intentó consolidar su lugar "revolucionario" en el mundo protestando contra la reconstrucción económica europea luego de la crisis iniciada un par de años atrás, bajo la consigna de que "es absurdo solucionar los problemas con austeridad", proponiendo que "una de las claves del capitalismo está en el consumo", por lo que "todas las recetas tendientes a restringir el consumo afectan a los sectores populares y terminan por afectar a todos". También atacando cualquier tipo de ajuste para Grecia al decir: "Se insiste con ajustes que, creo, serán muy nocivos".
Influenciada por las ideas de los economistas Paul Krugman y Joseph Stiglitz, sostenía que en la crisis europea había que aplicar las teorías contracíclicas. En palabras simples, así como cuando una sociedad está en expansión hay que ahorrar todo lo que se pueda para los tiempos de vacas flacas, cuando una sociedad entra en una crisis recesiva lo peor que se puede hacer es ajustar porque lo único que se logrará es multiplicar la recesión.
Entonces, frente a la crisis europea Cristina se oponía al ajuste y proponía fórmulas expansivas, de estímulo al consumo, poniendo como modelo para Europa las políticas que se estaban aplicando en la Argentina, país que sólo había sido afectado de modo periférico por la crisis mundial y que entonces podía seguir apoyando un consumismo extremo, muy propicio para su reelección.
Cristina se definía, en términos económicos, como una heterodoxa contracíclica enfrentada a la ortodoxia neoliberal. Luego, al obtener de modo abrumador su reelección, comenzó a pensar en su eternización y como creyó que la heterodoxia había sido clave para su triunfo, intentó llevarla a sus extremos, ya convencida, sí o sí, de que su destino era Venezuela. Así, se aisló aún más del mundo, con controles de cambio y cierre de importaciones.
Con esa lógica estatizó YPF influenciada por un gurú ultra recontra heterodoxo, supuesto sintetizador de Marx y de Keynes, llamado Axel Kicillof (su nuevo metejón intelectual luego de la desilusión con el anterior, el tristemente célebre motoquero y cantor Amado Boudou) quien, para acrecentar su fama de enfant terrible (aunque de enfant sólo tenía la cara), dijo en el Congreso que la seguridad jurídica le parecía un concepto "horrible". Kicillof convenció a Cristina de que si estatizaba YPF a lo Chávez en una de ésas no habría que pagar nada por las acciones y hasta era posible que los españoles debieran indemnizarnos por daños ambientales.
De allí en adelante la Presidenta no dejó locura por cometer, convencida de que había encontrado la fórmula económica y también política para dar vuelta el país. Por eso fue por más, por muchísimo más. Mientras seguía su combate a muerte contra la prensa crítica convocando al 7D, intentaba una reforma judicial anticonstitucional hasta la médula con dos objetivos clarísimos: imponer su reelección indefinida y hacer olvidar el "sistema" económico en las sombras montado por Néstor.
Lamentablemente para ella, a finales de 2013 no sólo se le acabó el sueño reeleccionista al ser derrotada en los comicios sino que, al mismo tiempo, comenzaron a acabarse los recursos internos con los que se permitió financiar el festín revolucionario que la enloqueció luego de esos breves y sensatos momentos de principios de 2011 cuando podría haber aplicado a tiempo y sin grandes costos el ajuste a destiempo y claramente dirigido contra los sectores populares que está intentando aplicar ahora: con las devaluaciones que juró jamás realizar, la austeridad que repudió en el caso griego y el achique salarial por debajo de la inflación, primera vez en la década K, entre otras linduras.
Cuando Cristina se volvió ortodoxa y procíclica. Así, Cristina, la supuesta heterodoxa anticíclica, ahora se transforma en la dirigente más ortodoxa y más procíclica del país, no porque le guste (¿a quién le puede gustar dejar de jugar a la revolución para dedicarse a pagar las cuentas impagas con las que se quiso financiar la chifladura?) sino porque no tiene otro remedio. Es que al carecer de más recursos internos, no le queda otra que ir a buscar recursos externos. Pero estos vienen con ajustes previos, aquí o en Grecia.
Ahora es cuando se verifica que Cristina no aplicó nunca una verdadera política contracíclica, como se solía vanagloriar. Porque para ser anticíclico se lo debe ser siempre, cuando hay expansión y cuando hay crisis. Si sobra dinero, ahorrar para cuando falte; y si falta, usar lo ahorrado para reactivar la inversión y el consumo. En cambio nosotros hacemos al revés, como en casi todas las cosas: cuando hay expansión gastamos de más y, cuando hay recesión, gastamos de menos.
Cuando se tiene de dónde sacar recursos, explicamos que gastar todo lo que hay está rebién porque de lo que se trata es de sostener e incrementar el consumo popular, no esa "tontería" de ahorrar que es cosa de "especuladores". Pero cuando se acaban los recursos y hay que dejarse de macanear, allí nos volvemos superortodoxos porque no tenemos ni un mango para aplicar las políticas contracíclicas con las que proteger de la crisis a los más pobres.
Esta política es la defensa del eterno presente en contra de cualquier previsión de futuro; es el populismo festivo en su máxima expresión: tiramos manteca al techo cuando sobra plata hasta que nos quedamos sin nada y cuando llega la crisis, meta ajuste nomás, a los de más abajo posible. A pasar el invierno como quería Alsogaray. A recibir los elogios de Cavallo que alienta a Cristina diciéndole que "va por el buen camino".
A Cristina le gusta más Putin que Gorbachov. Aunque esté intentando muchos cambios, Cristina no está haciendo una Perestroika porque no se halla convencida de nada de lo que debe ejecutar. Sólo lo hace porque, si no, el mundo no le prestará ni un peso, pero aún así no pierde las esperanzas de llegar a tiempo y conseguir los recursos para seguir gastando todo lo que sea necesario en 2015, a fin de, si no puede imponer un sucesor, condicionar de modo sustancial al que resulte nuevo presidente.
O sea, más que dejar de gastar, lo que pretende es conseguir recursos para seguir gastando. No quiere que le presten para cambiar sino que le presten para no cambiar. Una antiperestroika disfrazada de ella, para seducir prestamistas.
En su interior Cristina no ha sufrido ninguna transformación (como sí la sintió Gorbachov); simplemente tuvo la sensatez de detener la locura con que gestionó los dos primeros años de su segundo gobierno. Y, para ello, además de la falta de recursos y de la derrota electoral, debe haber incidido el ejemplo venezolano, cuando descubrió que avanzar hacia ese modelo era marchar hacia la inflación y la violencia social más altas del mundo.
Dos cosas en las que, desgraciadamente, hemos copiado bastante bien a Venezuela aunque no hallamos llegado a tanto, y que ahora parece queremos dar vuelta atrás aunque no tengamos ni idea de cómo hacerlo.
En síntesis, Cristina está haciendo todo lo que le pidió no hacer a Europa con respecto a Grecia.
A la vez, cuando vio lo que estaba pasando en Venezuela con el insensato de Maduro, es vez de seguir yendo por todo decidió negarlo todo, pero ahora sin saber a dónde ir.
A principios de 2011 Cristina podría haber hecho un ajuste con rostro social ya que tenía recursos para ello, que habría sido coherente con su modelo o por lo menos no tan intruso como lo es hoy. Lo pensó pero no se atrevió y ahora todo suena más forzado, más fingido, tarde y para colmo tendrá que ser un ajuste bien pero bien neoliberal. Quizá no sea tan irresponsable como ir por todo, pero lo van a pagar los de abajo, sobre todo.
Para hacer una revisión profunda, una Perestroika en serio, se necesita también reconvertir la mente de los ejecutores. En la Argentina actual la revisión no ha reconvertido ninguna idea de los reconversores, por lo que, apenas vuelvan a tener un poco de dinero a disposición, lo más seguro es que volverán a las andadas. Los delirios del gasto compulsivo con los cuales jugar a la demagogia electoral disfrazada de épica revolucionaria, sólo fueron archivados temporariamente hasta que el imperio nos preste el dinero suficiente para desarchivarlos.