3 de febrero de 2013 - 04:27

Cristina a la conquista del mundo

Así como Cristina Fernández se propone ideologizar su gobierno en nombre de una revolución que cree estar haciendo, ahora intenta algo parecido a nivel internacional a través de excéntricos acuerdos con Irán y ubicándose más cerca de Venezuela que de Bras

Angela Merkel, la dura canciller alemana, intenta mantener en pie la Unión Europea y, a la vez, seguir proyectando Europa al mundo en quizá el peor momento de ese continente desde la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la conservadora dama, a pesar de su inmenso poderío, no es especialmente amada por propios ni ajenos.
 
A los alemanes no les gusta que ayude al resto de los europeos, y al resto de los europeos no les gusta que les exija ajustes. El continentalismo de Merkel se enfrenta con nacionalismos de todo tipo: populistas, aislacionistas, de derecha, de izquierda, versiones políticas más adecuadas para formular relatos ideológicos cuando no se tiene ninguna respuesta concreta para desactivar una bomba que puede estallar tanto si se sigue gastando irresponsablemente como se hacía antes de la crisis, como si se ajusta tanto que al enfermo, en vez de curarlo, se lo termina matando. 

Así, pródiga y dispendiosa para los alemanes, imperialista y explotadora para el resto de los europeos, la Merkel viajó a América Latina, el continente que vive la crisis mundial bastante mejor que Europa, beneficiado por el alto costo de las materias primas, y que si es capaz de transformar esa nueva riqueza en desarrollo para sus pueblos, puede estar, en poco tiempo, más cerca del centro que a la periferia del capitalismo desarrollado.

En este contexto asistió Merkel a fines de enero a Chile a la Primera Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños y la Unión Europea, con la idea de establecer una nueva relación entre ambos continentes. La alemana vino a insistir en la necesidad de una gran zona de libre comercio entre Europa y América para lo cual ambos continentes deberían alejarse de sus respectivos proteccionismos.
 
Esa política fue mirada con simpatía por los países de la Asociación del Pacífico donde Chile es uno de los principales entusiastas y que la brasileña Dilma Rousseff no descartaría apoyar, aunque con más precauciones para que no afecte el desarrollo de su industria local. Sin embargo, Dilma sabe que para el liderazgo internacional de Brasil tal propuesta resulta positiva, porque todo país que intente ser potencia mundial dentro del capitalismo avanzado no puede hacerlo desde el proteccionismo sino exigiendo la eliminación de las barreras, en particular de los países centrales respecto de los países emergentes. Hoy es una buena ocasión para negociar porque la correlación de fuerzas favorece a  nuestra América.

El problema es que el gobierno argentino no piensa lo mismo. La Presidenta Cristina Fernández, si bien está en contra del proteccionismo europeo, cree que al mismo más que combatirlo exigiendo su reducción (cosa que no descarta pero que ve secundaria), de lo que se trata es de fortalecer los proteccionismos propios, cosa que, de hecho, la Argentina ya aplica con todos sus países vecinos.
Merkel debió sentirse apesadumbrada al ver que ante la crisis no sólo en Europa sino también  en América Latina la tendencia más general es la de mirar cada uno su propio ombligo en vez de pelear por integraciones políticas más amplias que frenen la especulación ya mundializada con una política igual de mundializada.

Así, en Europa, Inglaterra propone abrirse de la Unión Europea y cortarse sola. El nuevo presidente socialista francés se propone resucitar la Francia de De Gaulle militarizando al país para recuperar la estima nacional a falta de desarrollo nacional. España, además de estar al borde del estallido económico, tiene a todo su gobierno enredado en una súper corrupción "a la menemista". En Italia resurge Berlusconi proponiendo a su pueblo pelear contra las aspiraciones "imperialistas" de la Alemania de la Merkel ¡en nombre de la vieja Italia de Mussolini! En fin, más allá de las payasadas de algunos, cada cual quiere salvarse solo, lo cual patentiza políticamente muy bien la decadencia europea.

Pero en América Latina, la Merkel no encontró nada políticamente muy diferente, a pesar de que la economía pinta mejor. Allá tienen una sola Unión Europea aunque tambaleante. Acá tenemos unas cincuenta uniones, ninguna consolidada, bolivarianas, del Pacífico, del Mercosur, del Unasur. Con cada nueva unión que creamos nos dividimos más, aunque después en las fotos aparezcamos todos juntos.

No obstante, persistente y tesonera, la Merkel se sentó al lado de Cristina Fernández para ver si las divisiones internas de cada continente podían encontrar un parate en algún tipo de unión entre ambos. Pero la Presidenta argentina resultó la más dura oponente a un acuerdo con la Unión Europea no sólo por cuestiones ideológicas sino porque su mente se hallaba ensimismada en algo mucho más estratégico que la minucia de una integración entre americanos y europeos.

Su pensamiento entero estaba centrado en el acuerdo entre la Argentina e Irán, al cual calificaría diez veces seguidas de histórico, poniéndolo como modelo del Derecho Internacional (¡dos de los países con gobiernos más nacionalistas del mundo poniéndose como ejemplos de la internacionalización del derecho!), agradeciendo a Irán porque se prestó al mismo sin estar obligado por ningún instrumento ni organismo internacional (vale decir que Irán firmó el acuerdo para que se investigue a los suyos de puro bueno nomás). Cristina explicó por tweet que una de las diez razones históricas del acuerdo es porque "jamás permitiremos que la tragedia de la AMIA sea utilizada como pieza de ajedrez en el tablero de intereses geopolíticos ajenos". O sea, de ahora en más la tragedia sólo podrá ser utilizada por intereses geopolíticos propios, jamás por los ajenos, politizando de burdo modo un tema judicial.

Porque en el fondo de eso se trata, la presidenta argentina imagina para ella y su país un rol internacional más promisorio en la eventualidad de que Chávez no pueda reasumir su presidencia. Para eso le era clave destrabar la relación con Irán, uno de los países más cuestionados por el "imperio" y precisamente por eso, uno de los más defendidos por los detractores del "imperio".

Además, así como Brasil usa su acercamiento comercial con Irán para poner algún límite a EEUU, la Argentina pretende usar su creciente identificación ideológica con la política de Chávez para poner algún límite a Brasil. Para eso necesita acercarse a Irán, el aliado ideológico y estratégico más importante de Venezuela. No es que Cristina busque una relación tan intensa con Irán como la que tiene Chávez, pero sabe que le resultaría imposible intentar cubrir ella con su liderazgo la ausencia de Chávez, peleada con Irán.

Cristina no quiere pelearse con EEUU como lo hace Chávez, pero tampoco quiere acercarse como lo hace Brasil. Por eso anda en busca de una política propia inspirándose en viejas ideas peronistas. Se imagina la representante de aquella tercera posición con la que tanto insistía Perón. El problema es que en aquellos tiempos existía un mundo dividido en dos bloques de poder equivalente enfrentados ideológicamente, mientras que hoy la mayoría de los países pujan todos por ser capitalistas, aunque se enfrenten económicamente.
 
Entonces, para encontrar aliados de su tercera posición, primero Cristina tuvo el escaso tino de realizar un periplo internacional nada menos que por Túnez, Egipto y Libia (a Kadhafi lo llamó compañero de militancia) poco antes de que los dictadores ideológicamente "terceristas" de esos países fueran arrasados por las revoluciones populares de Oriente Medio. Hoy, ya que su tercerismo no puede coincidir con las revoluciones presentes, lo busca en las revoluciones del pasado, festejándolas en Angola o Vietnam. 

  Es cierto que Perón pensó durante toda su vida en una tercera posición, pero en sus últimos años cada vez menos habló de ella, más preocupado en ver cómo el mundo evolucionaba del nacionalismo al continentalismo y de allí al universalismo. Algo que a sus discípulos parece importar poco, más interesados por rescatar de Perón -tanto a nivel interno como externo- las ideas que éste iba dejando de lado para remplazarlas por ideas mejores. Es quizá por eso que el internacionalismo peronista de Cristina huele tanto a naftalina.

Mientras todo ello ocurre, con Cristina tratando de trasladar a nivel internacional la revolución que cree estar haciendo en la Argentina, el FMI presta un servicio a su causa, sancionándola por las cifras del INDEC. Porque es sabido que si a un revolucionario el imperio lo ataca, es porque se está en el buen rumbo, más aún si quien te ataca es el FMI, que no la pega en ninguno de sus consejos.
 La única salvedad es que, en este caso, podemos encontrarnos frente al hecho de que por primera vez en toda su historia el FMI esté diciendo la verdad, porque lo del Indec es sin duda una las mentiras mayores de la humanidad, lo diga quien lo dijera. Pero ésas son minucias para quien cree que la revolución es la única verdad y que, por lo tanto, la mentira al servicio de la revolución es revolucionaria, aunque sea una revolución de mentiritas.

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