26 de octubre de 2014 - 00:00

Corrupción con pretensiones de revolución

Acerca de la agonía y decadencia de un modelo político que durante su existencia nos hizo retroceder dentro de un continente que no cesó de avanzar.

Una cosa es la muerte y otra tan cercana como distante es la agonía. Uno podría imaginar que agonizar es tan sólo un prólogo, pero en rigor termina siendo una confrontación.

En los finales hay dolor y triunfo de la naturaleza, en las agonías se va imponiendo la decadencia. Cuando el taxista o el vecino me interrogan ansiosos sobre “cómo termina esto”, siento que me exigen una respuesta que no tengo. Un rostro televisivo se les presenta como alguien que habita en los oscuros espacios del conocimiento.

Ellos transitan la angustia del actual sin sentido, nosotros, los que gritamos en los medios, deberíamos tener una respuesta que los consuele. Y luego de la reiterada pregunta en la calle, viene un agregado con algo de siniestro, “todavía falta demasiado”. Y si nos cruzamos con un pesimista siempre aparece la peor de las frases del miedo, “van a volver a ganar ellos”.

Le agradezco a la vida que cada día sean muchos los que me interrogan en los bares o las calles, me tratan bien y muchos, demasiados, se refieren con elogios a mi valentía.

Es muy simple, se están refiriendo a sus miedos, a ese temor que el oficialismo con el discurso destemplado y reiterado de la Presidenta nos impone como castigo semanal. Es el drama de las sectas, amarran en abrazo cerrado a sus seguidores tanto como someten al miedo y la incomprensión a sus no creyentes.

Toda secta implica una fractura donde no sobreviven los grises, o con ellos o contra ellos, o con el Bien o con el Mal. Y hoy ya son demasiados los desencantados, los que esperan saber a quién tendrían que votar para vencerlos. A esos que en el hartazgo suelen elegir un verdugo, alguien capaz de vengarlos derrotando al portador de la soberbia.

Esta película ya la vimos; hubo un tiempo final de Menem cuando la sociedad ensayaba un absurdo recibimiento, una carta de presentación o muletilla, en lugar de saludarnos como siempre uno se presentaba diciendo con un poco de sorna, “yo no lo voté”. Y al final del día uno pensaba en cuántos le habían mentido, porque demasiados lo habían votado.

Pero esa frase era portadora de un mensaje político, expresaba la convicción de que ese modelo había llegado a su final. Aquella era la versión frívola del feudalismo, en el presente los jóvenes turcos y los izquierdistas oxidados, todos sumados a los burócratas de siempre, todos juntos insisten en avisarnos que se quieren quedar para siempre.

No sólo destruyen el presente, están convencidos que nos pueden arruinar el futuro. Y amenazan hacerlo.

Me irrito explicando que el modelo no puede vencer a nadie, que serán derrotados por cualquiera de los candidatos que les toque enfrentar. Que cuando desarmemos los medios estalinistas la realidad volverá a humanizarse, que como sociedad merecemos y podemos superar esta irritación desmesurada, esta absurda mezcla de corrupción con pretensiones de revolución.

Vencer el miedo al gobierno es el primer paso para vencer al gobierno; primero en nuestra conciencia y luego en el proceso electoral. Algunos son expertos en seducir, para ello utilizan la palabra.

Otros, como los kirchneristas, sólo intentan imponer, para ello tienen la corrupción y todas las variantes de la dependencia. Nuestro Gobierno ya ni siquiera intenta convencer a nadie, imagina que con asustar le alcanza.

Pertenezco al sector de los peronistas que imaginan que únicamente la derrota nos va a permitir un tiempo en la oposición para recuperar ideas y principios, para intentar liberarnos de los errores de las últimas dos décadas, cuando es indudable que nuestra sociedad retrocedió en relación con todos los países del continente, con la excepción de Venezuela, lugar donde también intentaron darle a la desmesura virtudes transformadoras.

Hay gente que imagina al desorden como un camino hacia la mejora social. Estamos discutiendo sobre el derecho a cortar las rutas, alguno se atrevió a pronunciar como verdad revelada “no criminalizar la protesta”, y en consecuencia terminamos devaluando el orden.

Para ellos es “la década ganada”, para nosotros, los demás, un absurdo retroceso en la historia. Resulta raro esto de estar debatiendo sobre cómo sentimos que nos fue a cada quién.

Los burócratas -queda a la vista- que tienen motivos de sobra para festejar. Pero estamos los otros, los que habitamos el mundo distante del Estado, o a veces, oprimido por el Estado. Esos, nos paramos a cada rato por la calle para interrogarnos con angustia, “¿y esto cuándo termina?”.

Falta mucho todavía y como tiempo es escaso para forjar soluciones. Queremos que se vayan para siempre cuando finalice su mandato. Nos atrevemos a formularlo ahora, que les quede claro, ni se nos ocurre ser destituyentes. Pero eso no impide que digamos la verdad, son de lo peor que nos ha pasado en nuestra vida política. Y sé que no estoy sólo al expresarlo.

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