En la tumba en que fueron sepultados hace pocos días los restos mortales de Adolfo Suárez, el presidente del Gobierno español que llevó a su país a la democracia, el estadista hizo tallar en la piedra la frase que he utilizado como título.
En la tumba en que fueron sepultados hace pocos días los restos mortales de Adolfo Suárez, el presidente del Gobierno español que llevó a su país a la democracia, el estadista hizo tallar en la piedra la frase que he utilizado como título.
Suárez llegó a la presidencia del Gobierno español, convocado por el rey Juan Carlos, a los pocos meses de la muerte del dictador Francisco Franco que, desde 1936, al encabezar la rebelión contra la República española, regía con mano dura y mediocre los destinos de España.
La Guerra Civil costó un millón de muertos y trescientos mil más con la represión posterior al triunfo fascista. El exilio y la cárcel agregó otras centenas de miles de víctimas. Bastantes exiliados vinieron temporalmente a la Argentina, aunque una parte significativa volvió a emigrar luego del golpe fascista del 4 de junio de 1943.
En las conversaciones sobre el futuro de España a medida que el dictador envejecía se temía el regreso de la violencia. Se trataba de un país atrasado, pobre y con altos índices de analfabetismo, al punto que se decía que Europa terminaba en los Pirineos. Veinte años después del final de la guerra civil, vivía en la precariedad.
La Guerra Fría dio al régimen un respiro al recibir ayuda de los Estados Unidos a finales de la década de los cincuenta a cambio de bases militares. El proceso de unificación europea no la tenía en cuenta por su régimen político, sin libertades civiles ni políticas y donde el imperio de la censura ahogaba la cultura y la creatividad.
Curiosamente, ese régimen mediocre, anacrónico, de atraso y oscuridad era admirado por no pocos sectores que quisieron imitarlo en 1966 con el golpe militar que encumbró al general Onganía, un mediocre militar que ni siquiera había aprobado el ingreso a la Escuela Superior de Guerra, golpe que sedujo a sectores sindicales que aborrecían la democracia y colaboraron con la desestabilización del gobierno civil y a pequeñas grupúsculos que se creyeron con derecho a gobernar, por creerse mejores, aunque mostraran siempre en el poder usurpado, pequeñez y aldeanismo.
Adolfo Suárez llega al poder con 42 años desde las entrañas del régimen, pues su cargo anterior era el de ministro del "movimiento". Con el total respaldo del monarca inicia el desarme del régimen dictatorial con audacia e inteligencia y demostrando una capacidad de persuasión y paciencia pocas veces vista.
Promete al pueblo español conducirlo a la modernidad, llevándolo a la democracia y vinculándolo con Europa. Promueve el diálogo, no proscribe a nadie, regresan los dirigentes exiliados, algunos de ellos partícipes de la Guerra Civil, y al año de asumir el cargo tienen lugar las primeras elecciones democráticas desde 1936.
Preserva la unidad de España dentro del respeto a las regiones y legitima la monarquía en el plebiscito que aprueba la Constitución que se fortalece con la renuncia del padre del rey a sus derechos dinásticos. La monarquía española ya no es la instaurada por Franco. Ahora tiene la legitimidad dinástica y la constitucional que emana del respeto a la soberanía popular.
Con los pactos de La Moncloa promueve los acuerdos para conciliar políticas de Estado con las fuerzas políticas, el poder económico y los representantes sindicales. Así en su gobierno, que dura cinco años, pone los pilares que modernizan a España con políticas que el socialista Felipe González sabrá continuar y llevan a la incorporación a la Comunidad Europea y a la OTAN. España vuelve al mundo después de varios siglos de aislamiento y mejora espectacularmente sus condiciones de vida.
Suárez logró evitar los revanchismos, los ajustes de cuenta, la cultura del odio y la venganza. Siempre se habló de las dos España. El mérito del estadista fallecido fue lograr la convivencia, preservar la unidad respetando los particularismos, el diálogo y la búsqueda de acuerdos en lo fundamental.
Luego del abandono del poder, su fuerza política se convirtió en minoritaria. Poco antes demostró su entereza cuando en el Tejerazo, ese manotazo de ahogado del anacronismo español (que ocupó el recinto donde sesionaban las Cortes ordenando a punta de fusiles a los diputados a que se arrodillaran en sus bancas) permaneció en el estrado de pie, actitud similar al entonces jefe de la oposición socialista Felipe González y el veterano jefe de los comunistas, Santiago Carrillo. Esa actitud y la del rey consolidaron la democracia española.
Al retirarse de la política partidaria Juan Carlos lo honró otorgándole el título de duque de Suárez. En su vida familiar sufrió la pérdida de un hijo y de su mujer y desde hace una década sufría de Alzheimer.
El pueblo español ante su muerte se ha conmovido. Decenas de miles de personas concurrieron a su velatorio y entierro y otros tantos se agolparon en las calles para el último homenaje. Hacía tiempo que carecía de votos, pero logró al final de su vida el reconocimiento por la labor realizada como uno de los padres fundadores de la España moderna.
Desde hace un tiempo se observa en la política española una decadencia, tanto en la izquierda como en la derecha. Incluso personajes menores, buscando réditos mediáticos y popularidades efímeras, quieren reinstalar el revanchismo, el odio o la destrucción de la unidad del país.
Por eso la actitud de los españoles, al adherir al duelo por Adolfo Suárez, es un mensaje a las dirigencias actuales que no están a la altura del legado de este estadista que demostró "que la concordia es posible". Es que la concordia clausura las discordias del pasado, posibilita el desafío de construir un porvenir mejor, la edificación del futuro.
Las opiniones vertidas en este espacio no necesariamente coinciden con la línea editorial de Los Andes.